De ovnis a cohetes, un descubrimiento personal de la ciencia y el pensamiento crítico

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Normalmente cuando conozco a una persona, me gusta saber qué cosas le gustan, le motivan, qué sueños quiere cumplir en esta vida, etc. Una de las peguntas que más me gusta hacer es por qué eso y no cualquier otra cosa. Yo os voy a contar las razones por las que me resulta imprescindible a la par que divertida la ciencia, esa gran desconocida a la que tanto le debemos los seres humanos.

TEXTO POR ALBERTO MADRIGAL
ILUSTRADO POR JESÚS PADILLA
ARTÍCULOS
OPINIÓN
8 de Diciembre de 2014

De pequeño siempre me había gustado despiezar cualquier juguete que pasaba por mis manos, ver las partes que lo componían y descifrar cómo funcionaba. Más mayorcito y con internet a mi alcance, el número de horas que pasaba delante de la pantalla buscando experimentos, curiosidades o fenómenos extraños, era considerable. El tema de los ovnis siempre llamó mi atención, me gustaba poner mi mente a pasear imaginando cómo sería un contacto extraterrestre. También me apasionaba la posibilidad de que al estar mirando las estrellas algún ser en otro mundo estuviese también mirándolas y haciéndose las mismas preguntas que yo en ese instante. Pero internet era muy extenso, igual que mi curiosidad: Gobiernos malvados que planeaban deshacerse de la humanidad fumigando con productos químicos la atmósfera mediante aviones aparentemente comerciales (chemtrails); dispositivos que anulaban los efectos nocivos de estos compuestos químicos con los que nos fumigan y de las ondas electromagnéticas (orgonites); pactos con sociedades extraterrestres en los que entregaban parte de su tecnología a cambio de que experimentaran con humanos; terapias sanadoras ancestrales; energía eléctrica obtenida con dispositivos que violaban leyes fundamentales del universo, terapias pseudomédicas, reptilianos, antivacunas y muchísimas más historias.

Yo lo leía todo, y me lo creía casi todo, no tenía una referencia con la cual guiarme a la hora de separar si todo esto era verdad o mentira

Podías, y sigues pudiendo, encontrar todo este tipo de cosas por internet. Datos que suscitan indignación y esperanza basados en argumentos difícilmente comprobables y sin lógica alguna, pero con, aparentemente, tantos seguidores que te siembran la duda. También di con páginas en las que se ponía en tela de juicio todas estas conspiraciones basándose en “la ciencia”, pero de un modo en el que se ridiculizaba y trataba con poco respeto a la gente que las defendía. Llegué a un punto en el que no sabía dónde posicionarme: yo quería creerme estas historias porque en cierto modo algunas denunciaban injusticias y problemas que amenazan a nuestra sociedad, y si alguien se molestaba en criticarlas, tendría un buen motivo. Yo lo leía todo, y me lo creía casi todo, no tenía una referencia con la cual guiarme a la hora de separar si todo esto era verdad o mentira.

Tras mucho tiempo buscando “la verdad” por internet y redes sociales conocí la divulgación científica: blogs, podcasts y webs donde científicos explican conceptos curiosos, desde genética hasta astrofísica, de forma sencilla y accesible al público en general. Pero si un gato se queda corto en curiosidad, quiere saber más y más… Y ahí fue donde me di cuenta de que a pesar de que no entendía muy bien cómo lo hacía, la física tenía respuestas para casi todas las preguntas que rondaban mi cabeza. Por esa época yo sabía lo justo sobre física, en el instituto era una asignatura que explicaba movimientos rectilíneos uniformes, acelerados, etc. Había muchas fórmulas y letras griegas… asustaba. Después de darle muchas vueltas, buscando consejo en la gente de mi entorno (consejos que iban desde: “puf cómo te puede gustar eso”, “es muy complicado, no lo vas a sacar” a otros como: “si crees que es lo que te gusta, a por ello”) tomé una decisión: estudiaría física.

Me matriculé con 22 años, la edad con la que acaban muchos estudiantes, pero nunca es tarde, dicen. Estaba entusiasmado por todo lo que iba a aprender, pero algo me decía que aquello no sería fácil. El ambiente universitario me intimidaba muchísimo, toda las personas que encontraba por la facultad parecían decirme con sus miradas que lo iba a pasar mal, y no se alejaban de la realidad. En aquella clase de primero no había nada de lo que me esperaba, los chavales con los que compartía aula eran 4 años menores que yo y venían del bachiller tecnológico, unos estaban allí por vocación, otros por moda (la serie The Big Bang Theory se veía mucho aquel año) y luego estaba yo, el que no sabía de quién fiarse y que además venía de la rama de sociales. Sí, una locura, pero yo estaba convencidísimo de que si conseguía entender ese idioma de ecuaciones y variables la física podía llegar a gustarme mucho.

Ese año lo pase bastante mal, no porque me estuvieran intentando convencer de nada, sino porque quería comprender los contenidos, pero mi nivel de conocimientos no era el adecuado. Llegué a plantearme dejar la carrera (¿quién iba a pensar que entender el universo necesitara tantas matemáticas?), pero aguanté. Entre buenos y malos profesores y buenos y malos compañeros (que me ayudaron mucho), numerosos suspensos y escasos aprobados, el año terminó con resultado desastroso: aprobé solo tres asignaturas de ocho que componían el primer curso. Pese a todo, en este primer curso también me demostraron de dónde salen la mayoría de las ecuaciones más importantes con las que se rige el universo; me enseñaron que la intuición a veces no es la mejor manera de observar el mundo, que hay mucho más de lo que vemos a simple vista. Aprendí que este universo no es así solo porque lo ponga en los libros: personas del pasado que llevaron su curiosidad al límite se molestaron en observar el mundo, entenderlo a la medida de sus posibilidades, poner a prueba las hipótesis anteriores y divulgar ese conocimiento. La experiencia, en resumen, ha sido traumática y enriquecedora a la vez, y a día de hoy creo que es la mejor decisión que he tomado en mi vida.

Hay que tener la mente abierta pero no tanto como para que se te caiga el cerebro al suelo

Actualmente he aprobado las asignaturas que me quedaron pendientes de ese primer año y he empezado el segundo año del grado. Tengo clarísimo que el camino que aún me queda por recorrer va a ser duro, pero eso no me hace cambiar la idea de que quiero dedicar mi vida a saciar mi curiosidad por medio de la ciencia y el conocimiento. Después de estos años, el Alberto que comenzó no es el mismo que el que ha escrito estas palabras. A día de hoy soy más crítico y escéptico, lo que no quiere decir que ahora no crea nada de lo que me cuentan: como decía Feynmann, “Hay que tener la mente abierta pero no tanto como para que se te caiga el cerebro al suelo”. Lo que ahora me parece increíble es que con la cantidad de conocimiento que la ciencia ha acumulado y lo accesible que es con internet, haya gente que reniegue de ella. Pero a la par que me parece increíble, lo entiendo, porque yo fui uno de ellos. Es cierto que para las personas no cercanas a la ciencia el primer contacto es un buen golpetazo. La idea de que a través de las matemáticas se puede llegar a entender el universo es difícil de asimilar, pero si el ansia de saber vence a la pereza, no es difícil adquirir conocimientos fundamentales en ciencia.

Para terminar, para mí la ciencia es una herramienta que nos permite acercarnos a la realidad tanto como queramos, limitados únicamente por los aparatos de medida que somos capaces de construir o las observaciones que podemos realizar. Una herramienta que se apoya en el método científico, con el cual se coge antes al mentiroso que al cojo. Ya no me creo historias de ovnis ni reptilianos, porque conozco las dimensiones del universo y sé lo difícil que es viajar por él a seres que se han desarrollado en un planeta y han tardado millones de años en adaptarse. Ahora disfruto cuando la neurociencia me explica cómo funciona nuestro cerebro, cuando veo el lanzamiento de un cohete o cuando la física me narra la historia del universo. Ahora me doy cuenta de que todo lo que nos rodea, desde el retrete hasta el mejor ordenador, es fruto de la ciencia. Sin ella, seguiríamos bailando en taparrabos para pedir a los dioses buenas cosechas.

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