Entre magos y ladrones

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¿Crees que tienes una vista de halcón? ¿Crees que eres capaz de darte cuenta de todo lo que sucede a tu alrededor? No es por desilusionarte pero realmente vemos poco. El mundo real nos envía una cantidad increíblemente grande de información, está lleno de formas, colores y texturas. Existe tanta información que nuestro cerebro no puede abarcarlo todo y simplifica una parte importante de la misma. Y lo peor es que lo hace sin que nos demos cuenta.

TEXTO POR DANIEL GÓMEZ
ILUSTRADO POR JESÚS PADILLA
ARTÍCULOS
NEUROCIENCIAS
16 de Marzo de 2015

Extiende el dedo pulgar y estira el brazo. Si miras al pulgar podrás comprobar que es la única área que vemos realmente enfocada. Si acercas lentamente la otra mano sin dejar de mirar el pulgar verás que todo menos el pulgar está desenfocado y difuso. Esos pocos centímetros cuadrados es lo único medianamente fiable en tu campo visual.

Nuestro cerebro sigue siempre una ley: ser lo más veloz posible. Ser rápido significa evitar depredadores y salir airoso en situaciones de peligro. Pero para ser el más rápido nuestro cerebro debe recurrir a varios trucos. El área enfocada es uno de ellos, así no se molesta en leer de manera fina toda la información que llega a través de la vista y solo lo hace con la región central. No nos damos cuenta de este “truco” porque cada vez que vemos una escena estática (como un cuadro) nuestros ojos se pasean por la misma quedándose con la información esencial y creando la ilusión de una imagen completa y enfocada al 100%. Aun así, este proceso requiere tiempo, por eso puede existir el pasatiempo de buscar las 7 diferencias y que resulte mínimamente complicado.

El escaneo que realizan nuestros ojos en una escena no es aleatorio, existen puntos concretos que atraen rápidamente nuestra atención y otros detalles que pasan más desapercibidos. Al registrar con una cámara el movimiento de las pupilas en personas que se ofrecieron voluntarias en un estudio, se comprobó que lo primero que nos llama la atención son las caras humanas. Nuestro cerebro adora reconocer caras, tanto que existe gente que ve a Jesucristo en una tostada o caras en las manchas de humedad de una pared. Lo último en lo que nos fijamos de una imagen es en el fondo, por eso los pintores suelen centrarse más en la expresividad de sus personajes que en el entorno.

No solo los pintores se han aprovechado de estos patrones de observación. Existen dos oficios milenarios que conocen y explotan los secretos de la atención humana desde mucho antes de que los neurocientíficos planteáramos nuestras hipótesis. Hablamos de los ilusionistas y los ladrones.

En este cuadro de la época medieval un mago distrae a su público mientras un ladrón provecha para robar.
En este cuadro de la época medieval un mago distrae a su público mientras un ladrón provecha para robar. Fuente: Nature Neuroscience.

Da igual lo perfecto que sea el movimiento de manos de un ilusionista: si un espectador está atento en el momento adecuado puede ser descubierto. Por eso, los ilusionistas no necesitan tener una habilidad de manos perfecta, como mucha gente piensa, sino tener en su cerebro un tratado completo de percepción visual. Ellos buscan métodos para desviar la atención en los momentos en los que corren peligro de ser descubiertos, aprovechándose precisamente de estos patrones de escaneo visual. Por ejemplo, saben de nuestra afición por los rostros. Si un mago mira a los ojos al espectador, sabe que este le devolverá la mirada, evitando que vea el movimiento secreto. Este fenómeno forma parte de nuestra biología y se observa incluso en pacientes autistas severos con poca interacción social.

Los ilusionistas no necesitan tener una habilidad de manos perfecta, como mucha gente piensa, sino tener en su cerebro un tratado completo de percepción visual

Con el control adecuado de la atención, los magos pueden hacer efectos como este:

En el vídeo el mago hace desaparecer bolas de esponja ante los ojos de la espectadora, aunque realmente las está lanzando por encima de su cabeza. El truco no es difícil técnicamente pero requiere de mucha psicología. El mago ofrece a la voluntaria el reto de detectar en qué mano esta la bola (provocando que centre su atención en el momento de separar las manos y no antes) y realiza movimientos naturales con las manos a la hora de lanzar la bola para que no llamen la atención de la espectadora. Por supuesto, el lanzamiento de la bola sucede en la visión periférica y borrosa a la cual no prestamos casi atención, como comprobaste con tu dedo pulgar.

Por otro lado, los ladrones de guante blanco requieren más habilidad que los magos. Mientras un mago puede dirigir la atención a sí mismo para distraer al espectador, el ladrón debe evitarlo. Los ladrones conocen estos patrones de atención y lo aprovechan para estudiar maneras de esquivar las miradas. Si se quedan de espaldas, entran en lugares llenos de gente y evitan mirar a los ojos, tienen más posibilidades de que la víctima no se percate de su presencia. Además, existen acciones que puede realizar su víctima como leer o escribir en el móvil que atraen toda su atención y hacen pasar desapercibido cualquier pequeño empujón o tirón.

Los ladrones conocen estos patrones de atención y lo aprovechan para estudiar maneras de esquivar las miradas

Existe un campo del ilusionismo llamado pickpocket, en el cual el mago y el ladrón se vuelven uno. Los magos/ladrones invitan a un espectador a subir al escenario y le despojan de todas sus pertenencias en minutos, sin llamar la atención de dicho espectador. Es más complicado que el robo en la calle ya que el espectador sabe que le van a robar, así que estará con todos sus mecanismos de atención enfocados en no ser robado. Por eso, en los números de pickpocket se observa una batalla del control de la atención entre el espectador y el mago. Puedes ver este vídeo como ejemplo:

Entre otras técnicas, el mago/ladrón se aprovecha de otro de los atajos que usa nuestro cerebro para percibir la realidad: los movimientos sacádicos. Estos movimientos oculares nos permiten desplazar la mirada rápidamente del punto A al punto B, pero a cambio estamos temporalmente ciegos durante la transición. Nuestros ojos realizan movimientos sacádicos constantemente, por ejemplo al cambiar de línea mientras lees este texto. En un experimento clásico se les pedía a un grupo de voluntarios leer una página de texto en un ordenador mientras se registraba su movimiento ocular. Cuando se producía el movimiento sacádico al cambiar de línea, el ordenador automáticamente ponía un texto diferente. Ninguno de los voluntarios notaba el cambiazo, demostrando que durante estos lapsos del tiempo realmente no somos capaces de prestar atención a nada.

Si observamos un movimiento lento, nuestros ojos son capaces de seguir de manera continua todo el proceso pero si el movimiento es rápido y predecible (como en línea recta) nuestro cerebro prefiere ahorrar tiempo y directamente esperar al objeto en el sitio de (supuesta) llegada. Como ves en el vídeo anterior, el ladrón usa movimientos rápidos y rectos para acercarse a los bolsillos y no robar nada. Esto activa el movimiento sacádico del espectador, llevando sus ojos y su atención a la mano del mago. La invasión tan repentina de la intimidad hace que el espectador esté completamente concentrado en la acción de la mano, el único problema es que es la mano equivocada. Un instante después del desplazamiento rápido de la mano, la otra mano se mueve de una manera mucho más suave y curvada, evitando llamar la atención y robando algún objeto en el bolsillo contrario. La concentración del espectador es tan intensa que ni siquiera nota como le roban en el bolsillo contrario, y tampoco si le roban las gafas o el cinturón.

Lo que antes ayudaba a robar relojes, ahora nos ayuda a estudiar el cerebro

Lo más interesante es que estas técnicas llevan entre nosotros siglos pero, aunque son muy eficaces, los neurocientíficos nunca se habían molestado mucho en investigar sobre el tema. Actualmente, hay varios laboratorios estudiando todos estos procesos. Lo que antes ayudaba a robar relojes, ahora nos ayuda a estudiar el cerebro. Si no nos dimos cuenta antes es porque realmente estamos un poco ciegos.

Esta entrada participa en la II edición del Carnaval de Neurociencias que organiza José Ramón Alonso en su blog 

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