Sagrados destructores

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Hace muy pocos días pudimos ser espectadores de uno de los fenómenos naturales más impresionantes relacionado con la actividad geológica en las entrañas ardientes del planeta. Nos referimos a las erupciones volcánicas. Si hasta al más mínimo elemento que conforma la naturaleza se le ha otorgado un simbolismo, cómo no iban a poseerlo los volcanes. En este artículo trataremos, pues, de desentrañar el papel que han jugado estos gigantes de fuego en las creencias y tradiciones humanas durante el devenir de nuestra corta historia.

TEXTO POR LUCÍA TRIVIÑO
ARTÍCULOS
GEOLOGÍA | SIMBOLOGÍA | VOLCANES
21 de Mayo de 2015

Pero antes de desentrañar su simbolismo nos preguntamos ¿qué es un volcán?, ¿cómo se forman?, ¿a qué se deben sus erupciones? Los volcanes se conciben como los respiraderos del planeta. Su estudio se encuadra en la teoría de las placas tectónicas, ya que muchos volcanes se sitúan en las zonas donde dos placas entran en contacto, como las zonas de subducción (en la que una placa se hunde por debajo de otra) y los rifts (en los que las placas se  construyen a través del magma ardiente). Las erupciones volcánicas expulsan al exterior una amplia variedad de elementos: magma, cenizas, rocas, gases…pero, ¿por qué se producen estas violentas sacudidas? En la erupción intervienen tres factores: el aumento de temperatura, la disminución de la presión y el descenso del punto de fusión por la acción de algún elemento.

El grado de violencia de la erupción dependerá del contenido del magma en sílice y el agua, a mayor cantidad de ambas, más violenta será la erupción

Por supuesto, los volcanes no erupcionan de una misma manera (por ejemplo, la dinámica de una erupción es muy distinta bajo el mar o en tierra firme), habiendo descritas hasta siete tipos distintos de erupción volcánica. Depende también el estado del propio volcán pues es posible encontrar una erupción de lava líquida en su juventud y una erupción explosiva en su vejez. Obviamente, los volcanes y sus erupciones tienen un gran impacto en el paisaje. A veces tendemos a asociar el volcán con una montaña ya establecida pero lo cierto es que muchas veces el montículo que observamos es fruto de la solidificación de los materiales expulsados por la chimenea. En el peor de los casos, estos materiales pueden arrasar ecosistemas enteros, cambiando el verde selvático por el gris ceniza

Tormenta bajo la montaña
Tormenta bajo la montaña

El simbolismo del volcán está, como es lógico, íntimamente ligado al de la montaña. Su imponente figura, su altura y posición le hacen ser un nexo entre el mundo de los hombres y el cielo (como también ocurre con el árbol), además de simbolizar el centro y la trascendencia. Además su altura lo convierte en la residencia predilecta de los dioses de numerosas culturas, tanto en la cima de la montaña como en su interior, como es el caso de Éfeso. En el caso concreto de los volcanes, se los considera nexo entre las entrañas ardientes de la tierra, inhabitadas, y el mundo habitado que se desarrolla cerca de sus laderas. De igual modo es curiosa la relación entre dos elementos antagónicos: el fuego y la nieve, ya que las cimas de los durmientes volcanes se tornan blancas y se funden cuando el fuego aprieta.

Volcán Hekla
Volcán Hekla

¿Qué sensación provoca el volcán en la mente humana? Como ocurre con el simbolismo asociado a la naturaleza, el volcán posee una doble faceta: sagrada y destructora. La naturaleza se admira y se respeta pero a la vez se teme pues las fuerzas que la desbocan escapan al control humano. En el caso concreto del volcán, es especialmente temido pues su erupción es imprevisible y puede provocar catástrofes de grandes dimensiones. Ya Virgilio describía la erupción del Etna de la siguiente manera:

Es este puerto grande y está libre del acoso
de los vientos, mas cerca ruge el Etna en horrible ruina
y, si no, lanza hacia el cielo negra nube
que humea con negra pez y ascuas encendidas,
y forma remolinos de llamas y lame las estrellas;
Otras veces se levanta vomitando piedras y las entrañas
que arranca del monte y al aire con estruendo amontona
masas de roca líquida y hierve en el profundo abismo”

Pero su faceta destructora no ciega su simbolismo sacro. Como se apuntó en líneas anteriores, las montañas y volcanes son el hogar de la divinidad o de espíritus de la naturaleza por lo que reciben el culto de las poblaciones que habitan cerca de ellos y depositan allí sus creencias. Casi todas las poblaciones tienen un ejemplo de montaña o volcán sagrado, desde lo que ahora es Europa, con el Olimpo clásico, pasando por Oriente Próximo, donde las montañas ocupan un importante papel en la cultura mesopotámica, hasta Japón con el Monte Fuji o Mesoamérica y Hawai. Los truenos y rayos, la expulsión de gases, la lava, todo aquello que ahora se explica a través del conocimiento científico, eran elementos susceptibles de interpretarse como presagios de la divinidad. En otras ocasiones, los volcanes no se concebían como simples residencias sino como una entidad sagrada en sí. Las poblaciones cercanas al volcán lo honraban con ofrendas y sacrificios en sus laderas.

Erupción del Vesubio de Turner
Erupción del Vesubio de Turner

De igual modo, la estructura y los elementos que conforman el volcán lo presentan como perfecto escenario infernal. El fuego, la lava, el humo y la oscuridad de las entrañas subterráneas configuran la imagen prototípica infernal establecida en Occidente. No es de extrañar que los volcanes sean considerados como una de las entradas tradicionales al infierno, como es el caso del volcán Masaya, en Nicaragua, o el islandés Hekla.

El fuego, la lava, el humo y la oscuridad de las entrañas subterráneas configuran la imagen prototípica infernal establecida en Occidente

También encontramos ejemplos en la literatura en los que se asocian algunos fenómenos naturales con estados anímicos de los seres humanos. Así pues, el volcán será signo de un sentimiento desbocado, bien sea amor o ira. Buen ejemplo de ello podemos verlo en la poesía de Quevedo, más concretamente en su Parnaso Español:

Ostentas, de prodigios coronado,
sepulcro fulminante, monte aleve,
las hazañas del fuego y de la nieve,
y el incendio en los yelos hospedado.
Arde el hibierno en llamas erizado,
y el fuego lluvias y granizos bebe;
truena, si gimes; si respiras, llueve
en cenizas tu cuerpo derramado.
Si yo no fuera a tanto mal nacido,
no tuvieras, ¡oh Etna!, semejante:
fueras hermoso monstro sin segundo.
Mas como en alta nieve ardo encendido,
soy Encélado vivo y Etna amante,
y ardiente imitación de ti en el mundo
”.

Pero la admiración por los volcanes no se queda en el ámbito de las mentalidades, pues muchos fueron los que se acercaron al “corazón” del coloso para descubrir qué ocurría de verdad en sus entrañas. El conocimiento real de estos gigantes de fuego aumentaba con el paso de los años, pero junto a él seguía adherido el simbolismo, menor o mayor según la época. Sin duda, el siglo XIX fue uno de los momentos que mayor veneración recibió la figura del volcán. Su estado colérico, en plena erupción, era el culmen de lo sublime romántico, entendido como la naturaleza desbocada. Los fenómenos naturales desatados evocaban en los románticos una larga lista de sentimientos a través de los cuales alcanzarían lo absoluto. Aquello que los demás temían, ellos lo admiraban, como bien expresa Goethe en sus palabras:

"Mientras se pueda permanecer a buena distancia, era un gran espectáculo que eleva el espíritu. Primero retumbó un violento trueno en el fondo del abismo, después fueron proyectadas al aire piedras grandes y pequeñas, en medio de nubes de ceniza".

En conclusión, el volcán se concibe como motor creador y destructor de vida. Su violenta erupción aterroriza a unos y admira a otros, de lo que no cabe duda es que la naturaleza inspira de muy diversas maneras a las poblaciones que viven en ella.

Bibliografía:

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