Un cadáver en la tres catorce

Portada móvil

«Houston, we have a problem», pronuncié equivocadamente hará no más de una hora después de mi conversación con Anita. Mira que la frase la decimos mucho y siempre mal porque le adjudicamos su autoría al astronauta Jack Swigert. 

TEXTO POR GALIANA
ILUSTRADO POR DABIZ MOLINERO
ARTÍCULOS
RELATO
5 de Octubre de 2015

Él no la pronunció de esa manera una vez descubrió encendidas las luces del panel de control, indicando que dos de las tres fuentes de energía de la nave Apolo XIII se habían averiado. Estaba como para esas gaitas, intuyendo que tanto él y sus compañeros, T. Kenneth Mattingly II y Fred W. Haise Jr., de volver a casa sanos y salvos de su paseíto por la Luna iba a ser que no.

Dejaré a un lado los avatares del Apolo XIII porque todos sabemos que regresaron felizmente a la Tierra, ya que hemos visto la película protagonizada por Tom Hanks, dirigida por Ron Howard en 1995. Trataré de centrarme en lo que me tengo que centrar porque el comportamiento de Anita me ha desbordado completamente y todavía no sé ni lo que debo hacer al respecto.

El caso es que estaba escribiendo un relato sobre un asesinato en la habitación tres catorce de un motel cuando se presentó en mi despacho con esos aires de superioridad que se gasta.

El nombre de la habitación es evidente que lo escogí adrede. Eso de ponerle a un cuartucho mugroso de motel las tres primeras cifras del número pi es una tentación a la que no he podido resistirme. La verdad es que me encantaría poder ver las caras del matemático galés Sir William Jones que empleó la letra griega de marras como símbolo matemático, la del ministro anglicano William Oughtred, el primero en utilizarla para expresar el cociente entre las longitudes de una circunferencia y su diámetro o la del físico y matemático alemán Leonhard Euler que la popularizó, al ver como incluyo el dichoso número irracional en uno de los relatos más absurdos e ilógicos que he escrito jamás para Principia.

Vale, vale, ya voy dejando a un lado el número pi, el Apolo XIII y demás distracciones relacionadas con la ciencia para concentrarme en lo que de verdad tenía entre manos.

Regreso al punto en el que estaba en mi despacho, delante del ordenador, centrada en la escritura de un relato sobre un asesinato en la tres catorce cuando entró a toda prisa Anita, la protagonista del mismo, con un arma en una mano.

Que nadie se asuste, no me estaba apuntando con ella. La depositó sobre mi mesa con sumo cuidado. Por cómo echaba humo supuse que había sido utilizada no hacía mucho y miedo me daba preguntar.

Junto a ella colocó un frasco pequeño de cristal cerrado y con líquido en su interior. En su interior había arsénico, el fatal elemento químico de número atómico 33, compuesto por un único nucleido estable y de masa atómica 74,922.

Arrimó una silla, la que tengo al lado de la puerta del despacho, a la mesa hasta colocarla en el lado derecho de la misma y me dijo:

—Galiana, ¿me puedes explicar por qué tengo que matar al viajante, que se acuesta con la mujer del propietario del motel los viernes alternos, con veneno? Lo suyo es que entre en la habitación cuando está con ella y le pegue un tiro en la cabeza con el arma que se dejó olvidada un tipo mal encarado que pasó por aquí hará un par de años, justo la noche en que la tormenta destrozó parte del tejado de la zona norte.

—Anita, Anita, Anita… Me encanta que como personaje quieras tener iniciativa pero verás, las mujeres asesinas de hombres no suelen utilizar una pistola, ni tan siquiera un cuchillo, son más de envenenar.

—Yo quiero sentir la adrenalina de empuñar un arma y disparar.

—Eres una mujer con una inteligencia excepcional, con un cociente intelectual superior a 160, por lo que no puedo entender que vengas con esa exigencia. ¿Acaso has olvidado que eres menuda y el tipo del que me estás hablando mide casi dos metros? Es viajante, sí, pero antes fue jugador de rugby, por lo que cuando te oiga entrar se girará y el arma va a durar en tus manos nada y menos.

—Pues haz que en lugar de ser un tipo fuerte y rudo sea un alfeñique.

—Dejando a un lado que la mujer del dueño del motel no se enredaría con un tipo que abulta nada y menos, haz el favor de pensar un poco lo que me estás pidiendo. Si cedo a tus ruegos debo cambiar toda la trama del relato y no estoy por la labor de hacerlo.

Te recuerdo que vives en este motel de carretera porque tus padres ya lo regentaban desde antes que nacieras. Eras una niña cuando sorprendiste a tu madre engañando a tu padre con uno de los huéspedes en la habitación tres catorce y aquello te convirtió en lo que eres.

Aquel pobre infeliz que se acostó con tu madre fue tu primera víctima. Por aquel entonces empleaste matarratas en el café y dado que ingirió un rodenticida anticoagulante, con compuestos con nombres tan raros como difacinona, warfarina o bromadiolona, murió a causa de unas hemorragias internas que ni el mejor galeno del mundo le hubiera podido salvar.

Tu madre, cuando se enteró de la muerte de aquel tipo por boca de otro huésped con el que también se acostaba, como descubriste con posterioridad, siempre sospechó que algo raro hubo en todo aquello pero lo dejó pasar.

Tienes que comprender que era una niña y ese tipo tuvo el mismo final que las ratas porque era como ellas, asqueroso.

No te estoy pidiendo que justifiques tu comportamiento porque las dos nos conocemos demasiado bien.

Estoy cansada de ir por ahí envenenando hombres que se acuestan en este motel con mujeres casadas. No pretendo dejar de ser una asesina porque no podría…

No podrías porque eres una psicópata asesina incapaz de tener sentimientos por nadie.

Has venido hasta aquí porque intentas controlarme a mí, que soy tu creadora y es por eso que quieres dejar de envenenar y me exiges que ponga en tus manos un arma.

Eres lo que un psiquiatra denominaría una psicópata secundaria; impulsiva, te gusta correr riesgos para probarte a ti misma. Quieres dispararle a una persona por el hecho de tener que reaccionar ante una situación imprevista que te genere estrés. Me propones usar un arma ya que sabes que si te lo niego, en cuanto me descuide vas a utilizarla porque tu ansiedad aumenta hacia todo aquello que se te prohíbe y necesitas que lo haga para incrementar tu deseo de hacerlo.

—No soy una psicópata descontrolada, no tengo inestabilidad emocional, ni tampoco impulsos sexuales fuertes y obsesivos, ni tomo sustancias ilegales que aumenten mis niveles de endorfinas…

—No, no eres esa clase de psicópata. Eres embaucadora, mentirosa y manipulas a tus víctimas, egocéntrica, sin empatía e incapaz de sentir culpa o remordimiento de lo que haces. Harías las delicias del psiquiatra suizo Adolf Guggenbühl-Craig, pero vas a seguir envenenando con arsénico. ¿Sabes por qué?

—Porque quieres castigarme.

—No soy tan cruel. El arsénico lo adquieres como herbicida para acabar con las malas hierbas del jardín, con lo que no tenemos a la policía dando vueltas por el motel cada vez que cometes una de tus fechorías. Te pone mirar por el agujero, ese que tienes camuflado en la pared de la habitación contigua donde cometes tus crímenes y ver cómo el desdichado sufre de terribles espasmos y convulsiones provocados por las hemorragias que el veneno provoca en los órganos internos antes de dejar esta vida.

Como bien sabes, el arsénico es un metaloide que se halla en la naturaleza en estado sólido combinado con otros elementos químicos formando minerales como el rejalgar y el oropimente cuando se combina con azufre o la arsenolita en una de sus formas oxidadas. Precisamente, su olor a almendras dulces se debe a la arsenolita, también conocida como «el polvo de la sucesión» y se camufla con mucha facilidad en el hipotético caso que te pillara la policía.

—Olvidas que el toxicólogo Mateu Orfila fue pionero en la aplicación del ensayo de March para la determinación de arsénico en la química forense, lo cual permitió el esclarecimiento del envenenamiento del señor Lafarge por parte de su esposa en 1840.

—Anita, no sé cómo voy a decírtelo, vas a seguir asesinando con arsénico y no se hable más.

—Tú ganas. Antes de dejarte con tus escritos y tu ordenador, ¿puedo hacerte una última pregunta?

—Rapidito, que tengo que terminar de resolver el asesinato en la tres catorce antes que acabe la noche y me has hecho perder mucho tiempo.

—Galiana, el cadáver de la tres catorce es el de tu amante. Le he pegado un tiro por los motivos que ambas conocemos, dime si quieres que le entierre con los otros cadáveres en el jardín, junto a la piscina, antes o después de limpiarlo todo.

Deja tu comentario!