Yo, humano

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La serie de televisión Cosmos, coescrita y presentada por el astrónomo y divulgador Carl Sagan, no fue simplemente una serie de documentales sobre ciencia; fue también una obra profundamente humanística que abrazó el concepto de «tercera cultura» antes de que se acuñara. Emitida en una época convulsa, apetece pensar que pudo influir al menos un poco en las conciencias de quienes podían apretar botones rojos durante la locura nuclear de la Guerra Fría, una cuestión que le preocupaba hondamente.

TEXTO POR VANESSA POMBO
ILUSTRADO POR LAURA WÄCHTER
ARTÍCULOS
COMUNICACIÓN
14 de Octubre de 2015

Empecemos por los fríos números: Cosmos, presentada por Carl Sagan en 1980 (y coescrita por él, Ann Druyan y Steven Soter), es una de las creaciones más exitosas de la historia de la televisión. Emitida en 60 países y vista por 500 millones de espectadores en todo el mundo, fue una de las primeras iniciativas ambiciosas de divulgación científica, por lo que sorprende la madurez de su propuesta y su eficacia.

¿Cómo no había de ser eficaz? A los espectadores se les regaló una Nave de la Imaginación que llevaba como combustible un cóctel único y explosivo: la voz de Carl Sagan, serena, honesta y enamorada de lo que narraba (en España, la del doblador José María del Río ejerció el mismo influjo mágico en nuestras mentes, sobre todo en las infantiles); la música evocadora de Vangelis; las maravillas del cosmos y de la curiosidad humana como temas principales y el modo poético y profundo con los que el divulgador decidió narrarlas. Gracias a este poderoso combustible, nuestra propia Nave de la Imaginación voló hacia espacios inmensos y fantaseó con las posibilidades del infinito, retrocedió millones de años para comprender de dónde veníamos, se asombró de todo lo que quedaba por descubrir del mundo microscópico y admiró sus propios logros, preguntándose hasta dónde podríamos llegar en el futuro gracias a ella.

Cronistas del universo

Sagan seguía una estrategia divulgativa infalible: empleaba sus experiencias personales como ejemplos, apoyaba sus poéticas narraciones con hechos científicos y hacía que sus lectores sintieran una afinidad personal por los escenarios que les mostraba, reales o hipotéticos. Para esta última táctica no hay mejor ejemplo que el de la propia serie de televisión. Uno de sus aciertos es que no se trata solo de un documental «sobre ciencia», sino también de una obra profundamente humanística que homenajea al intelecto, la curiosidad, el pensamiento crítico y el inconformismo como vehículos para llegar a donde estamos. En unos pocos miles de años estas capacidades, que todos los seres humanos poseemos, han empujado las fronteras de nuestros conocimientos y han desvelado algunos de los engranajes del mundo para hacernos seres menos temerosos y más libres. Cosmos, en definitiva, nos hace enorgullecernos de nosotros mismos.

Había muchas formas de contárnoslo y Sagan eligió un estilo llano con el que le gustaba experimentar. En la introducción a una extensa entrevista publicada el 25 de diciembre de 1980 por la revista Rolling Stone, el periodista Jonathan Cott comenzaba diciendo que el divulgador empleaba en la serie «un enfoque popular con una extraordinaria ausencia de condescendencia para presentar información científica, desplegando lo que un poeta define como el estilo homérico: “eminentemente rápido, llano, directo en cuanto a pensamiento, expresión, sintaxis, palabras, temática, ideas, y noble”. Este ha resultado ser un estilo eminentemente adecuado para comunicar ideas básicas y profundas sobre el universo».

Pero un estilo llano resulta monótono si no se modula, si no pellizca la atención del espectador de vez en cuando. Sagan añadió un poco de sal por aquí y por allá, imprimiendo un tono poético a su narración: «Estamos hechos de polvo de estrellas, y somos el medio para que el cosmos se conozca a sí mismo»; «los libros derrumban las barreras del tiempo. Un libro es la prueba de que los humanos podemos hacer magia»; «hasta ahora solo escuchamos la voz de la vida en un solo mundo. Pero por primera vez, iniciamos una seria búsqueda científica de la fuga cósmica». Esta poesía desafiaba en ocasiones nuestra atención con ideas que casi parecían koan budistas: «Si se quiere hacer una tarta de manzana partiendo de cero, hay que inventar primero el Universo».

Carl Sagan junto a una réplica de la sonda Viking
Carl Sagan junto a una réplica de la sonda Viking Fuente: NASA

Un homenaje a nuestro potencial

No se trata de convertir el discurso en una retahíla de frases ingeniosas que extenúen la capacidad de maravilla de la audiencia, pronunciadas en tono de excesiva grandilocuencia. No se trata de llegar por la vía rápida y tramposa a su emocionalidad. Sagan concibió Cosmos a su imagen y semejanza (no por nada la subtituló «Un viaje personal»), y en esa honestidad está su triunfo. Al ser su creador un comunicador tan fuera de lo común, la serie conmovió nuestros cimientos e hizo nacer incontables vocaciones científicas en todo el mundo. Cosmos fue una llamada de atención a los niños que en los años 80 desmontaban las radios para ver cómo funcionaban por dentro  y hoy, quizás, se estén asomando a las entrañas de nuestro iPad (ya nos lo confesarán dentro de unos años): gracias a vosotros, -les dice-, el progreso de nuestro futuro está garantizado. La serie dio forma a esa inquietud que surgió entre los años 60 y 70, cuando las primeras fotografías de la Tierra tomadas desde el espacio plantaron la semilla de la conciencia ecológica y la idea de que, si frágil es nuestra casa, también deberían serlo nuestras diferencias, precisamente por eso, quizá pudo influir en las conciencias de personas poderosas durante la Guerra Fría.

Mientras hacía todo esto, nos sumergía en el interior de los anillos de Saturno, creaba una maqueta del Sistema Solar del tamaño de un plató de televisión para explicarnos de dónde vienen los meteoritos, ilustraba con piezas cinematográficas lo apasionantes que fueron los logros de las mayores figuras científicas de la historia, sobreimpresionaba infografías dinámicas en la pantalla para explicar el movimiento de los planetas alrededor del Sol, levantaba un inmenso calendario cósmico para poner en su sitio nuestros aires de grandeza. Sus efectos especiales, los más avanzados de la época, fueron muy bien apreciados por los críticos… aunque parece que no todos los recursos fueron de su agrado. A su muerte, en 1996, el ex ilusionista y azote de la parapsicología James Randi recordaba cómo en una ocasión, conversando ambos sobre la serie, Sagan se preguntaba qué pretenderían el director y los editores del material al insertar tantos planos suyos con la mirada perdida en horizontes lejanos, la mano sobre la frente para protegerse los ojos del Sol. «Un plano más conmigo de pie en una nave de cartón cavilando sobre el futuro…», le contó, al parecer, a Randi «¡y habría sufrido un pequeño ataque de rebelión artística!».

Un plano más conmigo de pie en una nave de cartón cavilando sobre el futuro…¡y habría sufrido un pequeño ataque de rebelión artística!

La fascinación de la realidad

Era aquella una época en la que los científicos daban la espalda a los colegas que se comprometían con la divulgación y afirmaban que pocas cosas había que quebrantaran más la reputación de un investigador que dedicarse a semejante frivolidad. Sagan se enfrentaba a esta actitud con firmeza, sin comprender la extraña idea de que los conocimientos científicos debían preservarse para la élite.

En la entrevista de Rolling Stone, Sagan explicaba qué había detrás de la concepción de la serie: «Tengo motivaciones altamente éticas. Pero una buena parte de mi motivación consiste en que entender la ciencia es divertido. Es una diversión que se puede comunicar. […] Tal y como se divulga en algunos lugares, suena a la última cosa en el mundo sobre la que una persona razonable querría saber más. Se la muestra como algo en lo que es muy difícil entrar y que, en cierta forma, inutiliza tu cerebro para cualquier interacción social positiva».

Más adelante, afirma: «Creo que la razón por la que nos planteamos preguntas religiosas es que somos científicos por naturaleza. Es lo único que hacemos sustancialmente mejor que otras criaturas».

Creo que la razón por la que nos planteamos preguntas religiosas es que somos científicos por naturaleza.

La reciente película La vida de Pi (atención, spoiler) defiende la idea de que necesitamos convertir la cruda realidad en un fábula para hacer menos penoso el viaje vital (¿y tú qué prefieres, la historia con tigre o sin tigre?). Sagan demostró que se podían contar historias fascinantes con la realidad del mundo tal como es. No dejó de ser escéptico ni cuando ya la muerte estaba próxima y  le preguntaban si había cambiado sus ideas con respecto al más allá respondía: «El mundo es tan exquisito, tiene tanto amor y profundidad moral, que no hay razón para engañarnos a nosotros mismos con historias bonitas para las que hay muy pocas evidencias». Consideraciones religiosas al margen, Cosmos nos mostró esa exquisitez de una forma magistral.

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