No es entorno para la evolución

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La mayoría de las especies siguen viviendo en el entorno donde han evolucionado durante miles de años  y de esta manera han optimizado su organismo para sobrevivir y reproducirse en él. El ser humano, capaz de desarrollar su propia cultura gracias a la conciencia, supone una curiosa excepción, sobre todo en las ciudades del mundo occidental. Este desajuste, al olvidar nuestro entorno original, promueve conductas artificiales, que no siempre son beneficiosas.

TEXTO POR MARIO FERNÁNDEZ SÁNCHEZ
ILUSTRADO POR ANDRÉ E. STEFANINI
ARTÍCULOS
ADAPTACIÓN | NEUROCIENCIAS
2 de Noviembre de 2015

En este vídeo con formato timelapse se ve a dos perritos cuando van a comer. La misma escena se repite según van creciendo:

Como vemos, al tomar la curva del pasillo los perros se resbalan en el suelo una y otra vez. La razón se halla en que sus patas no están adaptadas para ese tipo de superficie. Esta situación nos sirve de ejemplo para poder explicar el término Environment Evolutionary Adaptedness (EEA), esto es el entorno donde evoluciona una especie. En este sentido, como especie, nuestra vida en las ciudades occidentales del siglo XXI está llena de situaciones similares a la de los dos cachorros. Día tras día sufrimos las consecuencias de no vivir en nuestro EEA.

Todas las especies de seres vivos, desde una mosca hasta el ser humano, han evolucionado dentro de un entorno o ambiente que dirige, adapta y optimiza el organismo para sobrevivir en él. Es el que ofrece las posibilidades y desafíos de moverse, alimentarse y reproducirse con un resultado muy evidente: sobrevivir y dejar descendencia. Por ejemplo, en un EEA acuático encontramos especies con aletas u otros órganos que facilitan la natación, mientras que en la selva viven animales capaces de trepar a los árboles. Obviamente, la evolución acontece a lo largo de millones de años de manera muy dinámica, aunque sin duda de forma muy lenta para nuestra escala temporal.

La forma, el tamaño, la fisiología de su organismo, la conducta y —lo que es más importante— los procesos cognitivos y las emociones. En definitiva, todos y cada uno de los aspectos de una especie–se explican en relación al medio donde esta ha evolucionado. Del éxito de su adaptación ha dependido su supervivencia y la posibilidad de dejar descendencia. Por ejemplo, lo normal es asociar un camello al desierto y un oso polar a la nieve de manera que si intercambiásemos los entornos de estos animales no sobrevivirían más allá de unas horas.

Pero ¿qué pasa con el Homo sapiens? Por alguna extraña razón no reflexionamos sobre el entorno donde hemos evolucionado a lo largo de miles de años. Ese entorno está bastante alejado de aquel en el que vivimos actualmente, sobre todo en el mundo occidental. Durante el 99% de nuestra existencia hemos evolucionado y vivido en la sabana africana, en grupos pequeños de adultos cazadores—recolectores, emparentados entre sí, con una fuerte cooperación social y altruismo y siempre  acompañados de niños de varias edades que interactúan entre ellos para aprender. Ahora, en cambio, habitamos en comunidades grandes, poco o nada emparentadas, influidas por diversas culturas y socioeconómicamente estratificadas, con tendencia a entornos cada vez más aislados. Como consecuencia de ese cambio, también comemos otros alimentos, estamos expuestos a patógenos y toxinas nuevos y tenemos patrones de actividad física diferentes. Nuestro entorno, en apenas unos cientos de años, ha cambiado drásticamente. 

Un ejemplo es la obesidad que padecemos en el mundo desarrollado. Engordamos con facilidad y adelgazamos con dificultad pues la disponibilidad de hidratos de carbono y lípidos, que ha sido esporádica durante miles de años, ahora está a nuestro alcance en cualquier frigorífico. Nuestra fisiología —hormonas, enzimas o mensajeros neuronales— está optimizada para acumular energía en forma de azúcares y grasas. Es decir, nuestro cerebro «ansía» las bombas calóricas de manera instintiva porque durante la mayoría de la existencia del Homo sapiens no se sabía cuándo sería la próxima vez que habría alimento disponible. No se trata de una elección razonada: está en nuestros genes. 

 ¿Y por qué los niños tienden a alejarse de las serpientes y de las arañas pero no de las pistolas o de los enchufes? La respuesta es que la evolución, a lo largo de cientos de miles de años, ha programado a los organismos para sobrevivir y reproducirse en su entorno de la manera más eficaz posible. Apartarse de las arañas y serpientes es eficaz para la supervivencia, al igual que lo es sentir miedo al asomarnos a un precipicio. Nuestro cerebro ha desarrollado evolutivamente unos mecanismos muy veloces, donde ni siquiera hace falta para apartarse de todas esas amenazas. El cerebro promueve conductas para sobrevivir, no para estar contento. En concreto, las neuronas de una estructura situada en el interior del lóbulo temporal, en la amígdala, se activan cuando vemos una araña, provocando que al modo de un mecanismo de alerta, sintamos miedo. A partir de ahí, hay dos respuestas posibles: atacar o huir, que en términos biológicos son las únicas efectivas para la supervivencia. Es decir, aquellos que lucharon o huyeron ante las serpientes tuvieron más posibilidades de sobrevivir y reproducirse y fueron los que a la larga dejaron descendientes que a su vez se reprodujeron y transmitieron ese carácter, almacenado en los genes, de miedo a las arañas. En términos científicos se dice que esa conducta se encuentra wired —literalmente, cableada— en nuestro cerebro, por lo que produce una conducta innata que no necesita ser razonada y/o aprendida de nuestros semejantes, al igual que no necesitamos aprender a tener sed o a sentir el deseo sexual. Sin embargo, como apuntábamos antes, la evolución no ha tenido tiempo para producir cambios físicos que optimicen nuestra supervivencia en relación con las armas o enchufes. Tendrá que ser mediante procesos culturales de aprendizaje como aprenderemos conductas que al no ser instintivas, necesitaran de más tiempo para ejecutarse. 

La evolución, a lo largo de cientos de miles de años, ha programado a los organismos para sobrevivir y reproducirse en su entorno de la manera más eficaz posible.

Y hay más ejemplos: dormir solos cuando somos muy pequeños no es natural, de la misma manera que nuestros antepasados durante millones de años no dejaban a sus hijos en la galería de una cueva llorando hasta que se dormían. Es necesario el contacto con los padres. Y dormir cerca de ellos es lo que se halla pautado en nuestros genes, lo que los bebés demandan, pues es lo que saben instintivamente.

Durante la infancia el cerebro promueve conductas parar ayudar al organismo a sobrevivir en su EEA. Por ejemplo, trepar a los árboles, correr o saltar. Lo más parecido en una ciudad a su EEA son los columpios. Por eso les encanta al cerebro de los niños. Estimulan el sistema vestibular, los hace más ágiles y modulan el sistema del neurotransmisor de dopamina que les sirve para superar retos y no hundirse en el primer revés de la vida. Igualmente estudiar en un aula ocho horas al día no tiene nada que ver con su EEA. 

En la juventud, por lo demás, nuestro cerebro nos empuja al riesgo de manera innata. La conquista de nuevos espacios o la rivalidad por la mejor pareja solo se puede conseguir asumiendo ciertos riesgos. En la sociedad actual el cerebro juvenil se encuentra con estímulos muy recientes, como los coches o las drogas, que nada tienen que ver con nuestro EEA. O sea, sustituir los riesgos originales del EEA por riesgos artificiales es peligroso para la supervivencia, pues se da un desequilibrio —o un desconcierto— que nuestro organismo no es capaz de descodificar adecuadamente. 

Más ejemplos: nueve de cada diez células que hay en nuestro cuerpo no nos pertenecen. Pertenecen a organismos que viven sobre y dentro de nosotros. Muchos de ellos son beneficiosos y necesarios para vivir, como las bacterias de nuestro intestino. Al contrario de lo que sostiene el cliché, en una ciudad occidental tocar a un perro, chupar un tenedor que ha caído al suelo o sentarnos en la taza de un retrete público suponen muy pocas posibilidades de aportarnos algún «bicho» nuevo a nuestro organismo. No en vano, en los restaurantes nos metemos en la boca una cuchara, a veces mal lavada, que ha estado en la boca —donde anidan más patógenos— de cien personas, con diferentes edades y enfermedades. Sin embargo, no nos provoca tanto rechazo. Es una actitud esencialmente cultural. Tampoco es natural beber bebidas azucaradas, comer carne todos los días o vivir al lado de una autopista. Si lo hacemos, lo más probable es que acabemos enfermando.

En resumen, es útil tener la perspectiva de lo que somos: un mamífero homínido que ha evolucionado en África durante millones de años y que está adaptado a ese entorno. Es verdad que tenemos mayor capacidad cognitiva, aunque a veces no lo parezca. Pero esa capacidad debe usarse para entender por qué sobreponernos a determinados riesgos nos cuesta mucho más que otras tareas supuestamente más fáciles. 

Bibliografía

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