Carolina, White y yo

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Hace un par de noches, mientras estaba preparando la cena a mi hija Carolina, se presentó en la cocina muy enfadada. 

TEXTO POR GALIANA
ILUSTRADO POR JOHANNA SELLÉN
ARTÍCULOS
CAMBIO CLIMÁTICO | RELATO
19 de Noviembre de 2015


—Papi ¡eres un mentiroso! —me gritó desde la puerta, lanzando su recién estrenado oso de peluche al suelo.
—¿Qué ha dicho papá de entrar en la cocina cuando hago la cena?
—No he entrado, solo mi osito White —dijo muy enfadada, con la boca torcida y los brazos apoyados en la cintura.
—¿Por qué has tirado a White al suelo? La abuela te lo ha traído de su viaje a Noruega esta tarde y no le va a gustar lo que has hecho.
—Porque me has dicho que es blanco porque es un oso polar y que los osos polares son grandes y eso es mentira porque acabo de ver en la tele que los osos del polo norte son flaquitos.
—¿Estás segura? ¿No sería otro animal?

Ella asintió con la cabeza, con esa seguridad que tienen los niños que no deja resquicio para la duda.

—Y la tele ha dicho que era una hembra de oso polar, famélica, debido al cambio climático —repitiendo la frase como un loro sin ser consciente de lo que estaba diciendo.
—¿Todo eso han dicho en la tele? —­exclamé, intentando no dar importancia a la terrorífica frase que acababa de escuchar.

Quité la sartén de la vitrocerámica, recogí a White del suelo, le di la mano a la niña y le pedí que me enseñara en qué cadena había visto la imagen. Buscamos el canal durante unos segundos hasta que no recuerdo en cuál de ellos vimos la fotografía que había llamado la atención de mi hija. Y no era para menos.

—¿Ves, papá, cómo los osos son flaquitos y feos? No como White, que es gordito y bonito.
—No, cariño, esa osa está enferma porque no ha comido y por eso está flaquita.
—Seguro que su mamá se ha enfadado con ella como mami conmigo cuando no me lo como todo.

En ese momento eché de menos un manual con instrucciones para hacerle entender a una niña, sin herir su sensibilidad ni destrozar su inocencia, que la imagen tomada por la fotógrafa Kerstin Langenberger es atroz porque muestra las consecuencias terribles del cambio climático. No hay palabras para hacerle comprender a una hija que está viendo una osa hambrienta, desnutrida, que será pasto de otros animales por su debilidad y todo porque los mayores nos estamos cargando el planeta por nuestra mala cabeza.

—Carolina, esa osa no es que no quiera comer, es que no tiene para comer.
—¿No hay comida en la nevera de su casa?
—No.
—Pues va al supermercado como nosotros y ya está.
—El problema es que tampoco hay comida en el supermercado.

La niña abrió mucho la boca, con esa expresión de asombro que ponen los niños cuando algo es imposible y que en un supermercado no haya alimentos para ella lo es.

—¿Por qué no hay comida en el supermercado de osos polares?

Sentí que estaba metido en un lío.

Cómo explicarle, en un lenguaje que ella pueda entender que debido al cambio climático —provocado por el hombre (quema de combustibles fósiles, tala indiscriminada de regiones como el Amazonas), causas naturales (las erupciones volcánicas o el incremento de la temperatura del Sol) e internas (las corrientes marinas o la circulación atmosférica)—, la temperatura de la Tierra aumentó casi un grado centígrado durante el siglo pasado, lo que ha llevado a una subida del nivel del mar debido a que los polos se están derritiendo. Que la emisión de dióxido de carbono, causante de todo este desastre, ha aumentado más de un 30% desde la era preindustrial, lo cual supone entre otras cosas, que nos estamos cargando el hábitat del círculo polar ártico.

—Carolina, papá te lleva en su bici a la guardería, ¿verdad?
—¿Eso hace que haya comida en el supermercado de osos polares?
—Si todos los papás hicieran lo mismo que yo, probablemente.
—¿Y qué más pueden hacer los papás para que las osas no estén flaquitas?
—Pueden poner bombillas de bajo consumo, no dejar la tele con la luz roja encendida, echar cada tipo de basura en su cubo, usar menos bolsas de plástico, cerrar el grifo del agua cuando te estoy enjabonando o cuando nos lavamos los dientes, no poner la lavadora o el lavavajillas hasta que no están llenos, no abrir cuarenta veces la puerta del frigorífico, no estar en casa en invierno en manga corta con la calefacción encendida…
—¿Si hacemos todo eso no habrá más osos delgaditos como el de la tele?
—Probablemente.
—Bien, papá, estaba segura que sabrías como llevar comida al supermercado de osos.

Después cogí a White y juntos le hicimos montones de cosquillas. Necesitaba escuchar la risa de Carolina para hacer más llevadera la fotografía de Kerstin Langenberger. Necesitaba olvidar, aunque fuera por un momento, las barbaridades que el ser humano está haciéndole al único planeta habitable, por ahora, para nosotros.

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