Tomando café con Ansiedad

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Me senté en la silla de enfrente y observé con muchísimo respeto a aquel gigantesco monstruo que me observaba con una mirada helada que me producía escalofríos. 

TEXTO POR ÁNGEL ABELLÁN
ILUSTRADO POR MARTHA RIVAS
ARTÍCULOS
NEUROCIENCIAS
3 de Diciembre de 2015


—¿Prefieres té o café?

No me importa, lo que más miedo te dé.

—Entonces café, que me pone nervioso y sé que eso te encanta.

Eso es lo que crees pero es justo al revés.

—No te creo.

Lo sé. Por eso estoy aquí, para que nos conozcamos mejor. Siéntate, por favor.

Me senté en la silla de enfrente y observé con muchísimo respeto a aquel gigantesco monstruo que me observaba con una mirada helada que me producía escalofríos.

Mira, si estoy aquí es porque has llegado a un límite muy peligroso y, puesto que mi intención es ayudarte, creo que deberías saber qué hago aquí. Algunos monstruos hemos estado charlando y llegado a la conclusión de que necesitas conocernos mejor porque nosotros a ti te conocemos muy bien y no es justo.

Mi objetivo no es hacerte infeliz, al contrario. Sin mí no serías tan precavido ante situaciones de riesgo. Yo soy el que te advierte de los peligros y el que hace que estés alerta… Por cierto, me llamo Ansiedad Adaptativa y aparezco cuando tienes un miedo justificado.

—Pero resulta que yo no tenía miedo hasta que te conocí.

Eso no es cierto. Si estoy aquí es precisamente porque llevas demasiado tiempo viviendo con miedo. Por eso ahora estamos los dos asustados y yo confundo tu miedo ante situaciones reales de riesgo con tu temor a circunstancias cotidianas que no deberían asustarte. Vamos, que por tu falta de control me estoy «desadaptando» y juntos hemos creado lo que se conoce como trastorno de ansiedad generalizada.

—Vaya, sí que sabes un montón de mí. Pero no vayas de bueno porque anoche me hiciste pasar la experiencia más terrorífica de mi vida. Me despertaste súbitamente, en medio de la noche, y me provocaste una taquicardia horrible, haciéndome creer que moriría. No pretenderás que te dé las gracias.

Debo decir en mi defensa que no fue culpa mía. Ni tuya. En realidad fue culpa de ambos. Como últimamente le tienes miedo a todo, yo me pongo manos a la obra (te acelero el corazón, te produzco sudoraciones…). Pero entonces comienza el problema: yo mismo empiezo a darte miedo y cuanto más miedo tienes más trabajo me das. Y al final no sabemos cómo parar el uno al otro.

Por eso he pensado que si me conoces mejor tal vez dejes de tenerme miedo.

—¿Y por qué simplemente no te vas y acabamos con esto?

No puedo, lo siento. Sin embargo, tal vez si me cuentas qué te ocurre pueda tomarme unas vacaciones bien merecidas…

—Lo que voy a hacer es tomarme una pastilla, para que me dejes en paz.

¿Una pastilla?

—Sí, un antidepresivo.

¿Sabes cómo funciona? ¿O la tomas sin más?

—Yo… bueno, te hace estar menos triste y eso.

Ansiedad se llevó su enorme zarpa a la frente y yo pensé que al final iba a ser verdad aquello de que el monstruo sabía más de mí que yo mismo.

¿Sabes qué es un neurotransmisor? Las neuronas están comunicadas entre sí mediante unas ramificaciones. Las conexiones entre ellas se denominan sinapsis y permiten, mediante impulsos, el intercambio de sustancias que se acoplan en el lugar idóneo de tus neuronas para actuar de la forma adecuada. Estas sustancias son los neurotransmisores. Lo que yo hago es desencadenar un proceso en tu cerebro que reduce la producción de serotonina, uno de estos neurotransmisores (conocido popularmente como sustancia de la felicidad), agravando los síntomas de tu trastorno. No lo hago queriendo, espero que sepas perdonarme.

Pues bien, tus pastillas permiten que generes más cantidad de serotonina para compensar.

—Eeeeh… vale, eso está muy bien. Pero no sé por qué me cuentas todo esto.

Porque si dejas de tomar esas pastillas se produce un efecto rebote que agrava el problema. El tratamiento con pastillas es una solución en aquellos casos donde no queda otro remedio, pero no es el tuyo. Tú necesitas ayuda para saber de dónde vienen tus miedos y aprender a gestionar tus emociones. El problema está en tu cabeza, a tu cuerpo no le pasa nada.

Le conté a aquel gigantesco monstruo mis problemas, uno por uno. Le hablé de mi pareja, que había perdido hacía tres días. De mis amigos, que también había perdido uno a uno. Le hablé de mi familia, que no sabía cuánto tiempo aguantarían a mi lado.

—Y todo esto es culpa tuya.

¿Mía? ¿De qué hablas?

—Desde que apareciste me empecé a obsesionar con toda clase de enfermedades.

En realidad, eso es culpa de otro monstruo, Hipocondría. Te contaré un secreto: a nadie le cae bien pero yo sé cómo tratarla. El truco está en aprender a ignorarla. Al final siempre se cansa y, conforme viene, se larga. Ah, déjame darte otro consejo, evita utilizar internet para averiguar qué te pasa porque entonces te va a costar horrores que se marche. Ella adora Google.

Simplemente guarda siempre en tu cabeza esto.

Ansiedad me dio una nota escrita a bolígrafo, que rezaba, con una ortografía monstruosa:

 «No te pasa absolutamente nada, todo está en tu cabeza».

—Eso tiene sentido… ¿Pero qué me dices de los mareos? Estoy mareado a todas horas y parece que vaya a perder la consciencia.

A veces sucede. Cuando te ocurra, simplemente lee la nota.  

—También me dan pinchazos en el pecho y en el brazo izquierdo, y leí que eso eran síntomas de un infarto. ¿O era en el derecho? Dios, estoy empezando a sentir pinchazos en el brazo derecho ahora mismo.

Eso también es normal, pero relájate que ahora no me apetece trabajar.

—¿Y también es normal tener pensamientos horribles?

Según qué pensamientos.

—Resulta que tengo un miedo atroz a perder el control. A volverme loco y hacerle daño a alguien.

Te diré algo que te vendrá bien: es imposible volverse loco cuando uno tiene miedo a la locura,  porque un loco no es consciente de que lo está.

—También he perdido mis habilidades sociales. Ya no sé cómo estar con la gente y me apetece estar solo. Por no hablar de una sensación terrible de irrealidad. Siento que mi mente deja de estar presente, que todo lo que veo es una película ajena a mí. Me miro al espejo y no me reconozco…

Eso sí que puedo estar provocándolo yo…lo siento. ¡Pero solo intento avisarte!

—¿Avisarme? ¿De qué?

De muchas cosas que no quieres ver. Para empezar, deberías quererte un poquito más a ti mismo. O mejor dicho, un montón más. Seguro que así aprenderías a querer mejor a los demás.

—¿Y qué me dices del insomnio?

Que también es normal. Y que si conseguimos relajarnos te dejaré dormir como un tronco.

Ante esa tesitura, no sabía qué decir. Si ese monstruo no tenía la culpa de lo que me ocurría, quería decir que el responsable era yo. Y eso era algo que no quería aceptar.

—Por tu culpa no podía salir a ningún sitio. Ni siquiera podía beberme una cerveza porque al día siguiente me encontraba tan mal que creía que iba a morir. Un día se me cerró la garganta y no podía respirar… La gente cree que exagero pero no es así.

Es que eres un quejica, la gente tiene razón. Si no salías era porque no querías. Igual que separarte de tus amigos, fue tu voluntad. No puedes responsabilizarme a mí. Tal vez deberías plantearte que no todo es culpa mía.

—Vale, pero ¿podrías irte? Por probar solamente.

No puedo, ya te lo he dicho.

—¿Y qué puedo hacer para solucionarlo?

Para empezar, deja de eludir tu responsabilidad y pregúntate que hago aquí.

—No lo sé. Pero he llegado a un punto en el que ya no me apetece levantarme. Me pesa el cuerpo, las piernas se me entumecen. Lloro constantemente sin razón alguna y cada noche es una tortura porque tengo miedo a no volver a despertar. Cuando voy en el coche solo, temo estrellarme, o pienso lo sencillo que sería girar el volante y estamparme contra el quitamiedos, y eso me da mucho miedo. Yo no sé qué hacer.

¿Y qué tal si te mueves?

—No te entiendo.

Pues ya sabes, podrías hacer el esfuerzo de levantarte de la cama, aunque te cueste. Buscar la ayuda de un profesional aunque te cueste. Empezar con ese libro que siempre quisiste escribir, aunque te cueste; llamar a tus amigos y disculparte por haberte comportado como un imbécil, agradecerle a tu familia su apoyo, en lugar de exigirles cada día más. Aunque te cueste mucho.

Deberías enfrentarte a tus miedos y empezar a aceptar que ya no eres el mismo. Aunque te cueste mucho, muchísimo.

Y te puedo asegurar, palabra de Ansiedad, que entonces verás que estoy aquí porque me necesitabas. Hasta puede que me agradezcas todo lo que he hecho por ti…

Tenía razón, no podía negarlo. Había sido quejica y egoísta y utilizaba mi trastorno para librarme de toda culpa. De repente lo comprendí todo. Al volver a mirar hacia aquel monstruo, me di cuenta de que había perdido los colmillos y las garras. El monstruo ya no era tan monstruoso. Sentí la necesidad de sincerarme.

—Gracias. Aunque sigo pensando que deberías irte para siempre.

Para siempre he de quedarme, me temo. Pero ¡eh!, podemos llegar a un trato si quieres.

—¿A qué trato?

Podemos aprender a llevarnos bien el uno con el otro, ¿qué te parece?

No tenía muchas más opciones.

—Trato hecho.

Ansiedad me dio la zarpa y entonces, desapareció sin tan siquiera probar el café.

En ese momento, sentí un pinchazo muy fuerte y empecé a asustarme, olvidando lo que el monstruo me había enseñado. Me llevé la mano al pecho y, sin querer, palpé una nota que tenía en el bolsillo de mi camisa.

«No te pasa absolutamente nada, todo está en tu cabeza». Lo repetí una y otra vez, hasta que cesaron los pinchazos. Al final nos íbamos a llevar bien y todo, Ansiedad y yo. Fui a guardar la nota de nuevo en mi bolsillo, cuando me di cuenta de que había algo escrito en el reverso:

«Se me olvidaba decirte que es posible que venga a conocerte mi colega Depresión. Es muy maja y muy guapa. Entre tú y yo, creo que estoy enamorado de ella. No se lo digas o me enfadaré. Siempre tuyo, Ansiedad. P.D. Ella prefiere té».

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