Se buscan hombres para viaje peligroso

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«Sueldo escaso. Frío extremo. Largos meses de completa oscuridad. Peligro constante. No se asegura el regreso. Honor y reconocimiento en caso de éxito».

TEXTO POR YERAY SANTANA
ILUSTRADO POR ÁLEX FALCÓN
ARTÍCULOS
14 de Diciembre de 2015

Más de un siglo ha pasado desde que este anuncio apareciera impreso en las páginas del Times. Por aquel entonces, los misterios del mundo eran aún mayores, y las herramientas avanzadas de las que hoy disponemos eran, en el mejor de los casos, rudimentarias, y en el peor, inexistentes. Un viaje a lo desconocido, a tierras pisadas por nadie antes, al continente antártico. A un lugar con un clima desolador, penetrante, asesino. Esa era la oferta.

El afán por lo desconocido y las ansias de inmortalidad, llevaron a Ernest Shackleton a grabar su nombre en la leyenda universal de las exploraciones antárticas. A pesar de la dureza de su anuncio, el rudo explorador irlandés recibió unas 5000 respuestas con las que constituir su tripulación, e intentar su tercer y más recordado asalto al sur. Anteriormente, Shackleton había sido tercer almirante en la expedición de Robert Scott e, incluso, había liderado la Expedición Antártica Imperial Británica en su segundo intento por alcanzar el polo sur. En esta última, llegó a completar hitos importantes alcanzando la isla de Ross y realizando incursiones en el continente, quedando a tan solo unos kilómetros del ansiado polo. A pesar de que el noruego Amundsen se le adelantaría en 1911, el intrépido explorador no cesó en su empeño y partió en 1914 desde Londres para alcanzar una meta aún más ambiciosa: cruzar el continente Antártico de costa a costa pasando por el polo sur. La inmortalidad de nuestro célebre protagonista le vendría dada no por cruzar el continente helado, sino por su heroica gesta.

Para este tercer asalto, la grandilocuente Expedición Imperial Transantártica, el Endurance, capitaneado por Frank Worsley, aunque con Shackleton como gran líder de la expedición, viajaría rumbo a las desconocidas costas del Mar de Weddel, concretamente a la bahía Vahsel, a través de aguas argentinas. Desde allí, una partida de seis hombres liderada por el propio Shakleton cruzaría el continente pasando por el polo sur. Balleneros de la zona advierten a la expedición de la dificultad de atravesar las islas Sandwich del Sur debido a la presencia de grandes bloques de hielo, y aconsejan llevar a cabo la travesía a finales de febrero. Con ello en mente, y la idea de encontrar un amarre seguro en Vahsel, parten a la mar, sin embargo, el 5 de diciembre de 1914.

Las adversidades comenzaron ya en los primeros días, en los que se vieron rodeados de enormes bloques de hielo antes incluso de cruzar los 60º de latitud sur. Aunque consiguen sortear este primer grupo de bloques desviándose al este, la frustración de la tripulación es evidente tras un mes de navegación en el que tan solo han conseguido avanzar unas cuantas millas hacia el sur. La odisea se acentúa cuando, el 19 de enero, el Endurance queda inmovilizado en una banquisa con veintiocho hombres a bordo, y los más de sesenta perros que portaban para ayudar en la expedición continental. Atrapado, el buque es arrastrado hacia el suroeste con la deriva del hielo, mientras va siendo peligrosamente dañado por la presión ejercida por sus «garras». La tripulación trabaja incansable manteniendo la esperanza de proseguir con la expedición al liberarse éste del hielo. El 25 de enero, y tras observar una enorme grieta cercana a la ubicación del buque, Shakleton ordena poner a trabajar los motores a máxima potencia en un intento desesperado por liberarlo que, no obstante, resulta estéril.

A pesar de la cercanía con las Malvinas y de ver tierra al este y sur los días claros, el Endurance y sus mermados tripulantes van siendo arrastrados hacia el oeste. El 22 de Febrero, la deriva les lleva a 77º S a tiempo de terminar el verano, cayendo las temperaturas a unos gélidos -23ºC. Es durante el transcurso de esos días en los que Shackleton, obligado por el confinamiento de su nave y la lejanía a tierra firme, es consciente de que deben aguantar el hastío y las penurias del clima hasta la llegada de la primavera. Así, el 24 de febrero ordena el abandono del buque convirtiéndolo en estación invernal. El Ritz, como apodan al Endurance, sigue atrapado fuertemente por enormes témpanos que podrían romperlo fácilmente, obligando a los hombres a continuar trabajando. El fútbol y el hockey aliviaban la frustración de la tripulación, hasta que, en el primer día de mayo, el Sol se despide dando comienzo los 70 días de noche invernal antártica.

Un bello amanecer anuncia la llegada de julio y sus ansiadas nuevas condiciones, y despierta las esperanzas de la tripulación. Sin embargo, la tormenta más severa de cuantas han pasado tiene lugar durante la segunda semana del mes y la nave es presionada por el hielo, los escandalosos vientos, y las más de 100 toneladas de nieve que se apilan sobre él, al tiempo que los intrépidos hombres soportan temperaturas de 30ºC negativos. Los siguientes meses transcurrirían lentamente mientras la tripulación, hambrienta e impotente, veía cómo el Endurance iba siendo engullido por los hielos. A finales de octubre, y muy a pesar de las ilusiones de Shackleton, este se ve obligado a ordenar el abandono definitivo del barco tras 281 días atrapado. En sus propias palabras: «Después de largos meses de incesante angustia, nos hemos visto obligados a abandonar el barco, que está aplastado más allá de toda esperanza de ser reparado. Estamos vivos y bien, y tenemos por delante la tarea de llegar todos vivos a tierra. Es difícil describir lo que siento».

El 21 de noviembre de 1915, hace un siglo, los restos del maltrecho Endurance desaparecen definitivamente bajo el imponente blanco ante la mirada de la consternada tripulación. Un mes después, Shackleton decide desplazar su campamento hacia el oeste para acercarse, según sus cálculos, a la isla Paulet. Su última comida en los siguientes ocho meses la compartirían el 22 de diciembre como celebración de Navidad. Por si la temperatura derretía la superficie, se arrastraron dos botes, de apenas 6 metros de longitud, desde la zona en la que el barco se hundió. Al empezar a romperse el hielo, el tercer bote también fue recuperado ya que el abandono de la zona era inminente. En abril, el deshielo les obliga partir en los botes, consiguiendo alcanzar isla Elefante, pisando tierra firme por primera vez en 16 meses. Isla Elefante, no era, ni mucho menos, su destino final. Shackleton decide intentar llegar, en bote, a la isla de San Pedro, de Georgia del Sur, donde había una estación ballenera. 1300 kilómetros surcando el océano sur de Cabo de Hornos, conocido como el más tempestuoso del mundo, les esperaba. Sus hombres intentarían alcanzar isla Decepción si no regresaban.

Era Semana Santa cuando Shackleton, Worsley y cuatro más de sus hombres, comienzan un viaje desesperado, casi suicida, hacia la salvación. El bote se desplaza a unos «vertiginosos» 5 km/h entre icebergs, completando unos 100 kilómetros al día con el frío, el hambre, y las extremas condiciones de la mar, como fieles compañeros. Las severas tormentas obligaban a los marineros a emplearse sin descanso en sobrevivir, mientras el gélido spray marino congelaba el bote cubriendo todo por una capa de hielo, tan pesada, que debían utilizar cualquier herramienta disponible para mellarla. El bote, convertido poco más que en un leño, debía aguantar las embestidas del clima y los hombres hacer frente a la congelación, ya no solo de sus herramientas, sino también de sus dedos y manos. El undécimo día, una enorme ola a punto estuvo de ahogarles, pero, de alguna forma, salvaron la vida una vez más para ver cómo, en la mañana del 8 de mayo, dos pájaros se apoyaban sobre una gran masa de quelpo. Tras catorce insufribles días de navegación, Georgia del Sur era una realidad que se abría delante de ellos.

Alcanzan la costa a 30 km de la estación ballenera tras más de dos días de lucha con incesantes vientos. Un viaje sobre las montañas y glaciares de la isla les esperaba. Shackleton, junto a Worsley y Crean, después de dejar a los otros tres compañeros, demasiado débiles para afrontar el viaje, en la costa, escalan las heladas montañas. Las condiciones durante el camino les imposibilitaban descansar, a riesgo de quedar congelados en las alturas olvidados por el tiempo. Las grandes dotes de orientación de Shackleton los dirigía firmemente hacia la Bahía Stormness, en la que la estación debía encontrarse. A las 7:00 de la mañana, 36 horas después de partir, oyeron el sonido más dulce que oirían en sus vidas; la llamada al trabajo de la estación ballenera. Después de haber perdido el buque y todo su equipo; de haber tenido que sacrificar sus queridos perros para alimentarse; de haber perdido sus esperanzas y deseos; de haber conocido la inclemencia de la naturaleza, y la fortaleza del alma humana, habían alcanzado su objetivo, la salvación.

Quedaba mucho por hacer sin embargo. El resto de la tripulación del bote seguía aguantando al otro lado de la isla, mientras los demás hacían lo propio en isla Elefante. Worsley iría a por sus tres compañeros, mientras Shackleton preparaba el rescate del resto de sus hombres. Tuvo que acometer el viaje no una, sino hasta cinco veces, debido a la crueldad de la tempestuosa mar. Por fin, el 30 de agosto de 1916, y tras ser dejados en isla Elefante durante 105 larguísimos días, Wild aseguraba: «Todos a salvo, todos bien», ante la pregunta del jefe Shackleton.

Shackleton no consiguió su primer objetivo. No obstante, sus dotes de liderazgo, su capacidad para afrontar las inclemencias que la naturaleza imponía, de apaciguar confrontaciones entre su tripulación mermada por la incertidumbre de su destino, y su amor y valor demostrados para salvar a todos, pasaron a la historia.

El viaje resultó extremadamente peligroso. Afrontaron frío, oscuridad, y miseria. La gesta les otorgó el honor y reconocimiento prometidos. Regresaron a salvo a Inglaterra. 

Puedes visitar la galería fotográfica sobre la exposición en La Royal Geographical Society.

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