Cómplices de un asesinato

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Siempre he sido una persona resolutiva, de esas que encaran los problemas buscando la solución más adecuada, y si para ello debo acudir a mis compañeros no veo reparo en hacerlo.

TEXTO POR GALIANA
ILUSTRADO POR MARÍA JOSÉ RUZAFA
ARTÍCULOS
RELATO
7 de Enero de 2016

Hace unas semanas teníamos reunión en la sala de juntas de Principia. Nada trascendental que tratar en el orden del día, pero de vez en cuando toca verse las caras. Estábamos casi todos; cosa poco habitual ya que mis compañeros cuando no están divulgando ciencia por medio mundo con sus charlas, se encuentran dando clases en las aulas de universidades de prestigio, o en sus laboratorios impulsando investigaciones que nos dejan ojipláticos al resto de los mortales.

El caso es que ante mí tenía un auditorio perfecto para ayudarme a resolver un problema que venía arrastrando desde meses atrás, y del que solo podría salir si la ciencia me echaba una mano.

Les expliqué a mis compañeros que necesitaba de sus conocimientos para mi nueva novela, esta vez con tintes criminales.

Alguno de los allí presentes apuntó:

—¿Has cambiado el amor por la muerte, o tal vez se trata de un crimen pasional?
—La idea la saqué releyendo el relato de El Clavo, de Pedro Antonio de Alarcón.

No todos mis compañeros conocían el relato del escritor español, por lo que en lugar de hacer spoiler les sugerí leerlo, ya que me parece una joya de la literatura de mitad del XIX y está considerado el germen de la novela policiaca española. Ante la insistencia de muchos de ellos por conocer la trama, solo les dije que la investigación gira en torno al hallazgo de un clavo insertado en un cráneo, un juez y una mujer.

—¿Vas a escribir sobre esos tres elementos?
—No, para nada. Necesito vuestra ayuda para cometer, literariamente hablando, el crimen perfecto.

La mayoría de mis compañeros negó la posibilidad de que pudiera llevarse a cabo, pero tratándose de ficción todo puede ser. Les insistí que entre todos podríamos conseguir que mi asesina —porque la protagonista era una mujer— quedara impune ya que la ciencia iba a ser su aliada y la policía no podría relacionarla con el crimen cometido. Es más, ni siquiera podría saber si se trataba de un acto delictivo o de una muerte accidental. Alguno apuntó que, siendo el asesinato cometido por una mujer, la cosa cambia porque solemos ser más calculadoras, menos impulsivas, incluso alguno apostilló el calificativo de sibilinas.

—Cuéntanos el argumento para que nos hagamos una idea y podamos ayudarte.

Debo reconocer que la atención que me prestaban mis compañeros era completa, ni uno de ellos estaba ni siquiera ligeramente distraído. Les relaté que la trama giraba sobre la herencia que recibe una escritora cuyos padres mueren de forma repentina en el descarrilamiento de un tren. El testamento lega a su mellizo, y único hermano, una afamada bodega en tierras riojanas y a ella un lujoso y carísimo piso con vistas al parque de El Retiro en Madrid.

—¿Pretendes que apliquemos la física para que el descarrilamiento del tren sea provocado y parezca un accidente?
—No, el tren descarrila por un fallo humano y no tiene más importancia.
—¿Entonces…?
—La escritora está molesta porque el reparto de la herencia no es equitativo, ya que está convencida que sus padres han favorecido a su hermano. El caso es que ha decidido asesinarle y quedarse con todo porque no hay más herederos directos. Lo que os pido es que me digáis cómo podríamos matar al hermano sin que la trincase la policía por mucho que aplicase la ciencia.
—¿Sabes que la bioquímica en este caso sería tu enemiga?
—Haz que no lo sea, que se convierta en mi aliada.
—Difícil nos lo has puesto.
—No será para tanto.

No acababa de decir esa frase cuando la primera opinión estaba sobre la mesa.

Un inciso antes de seguir: no voy a revelar los nombres de quiénes estábamos allí, ni quién era el autor de las propuestas, más que nada porque lo importante no es quién lo propuso sino el qué y el cómo.

El listado de cómo asesinar y salir impune comenzó con la utilización de cianuro de sodio o cianuro de potasio. Escuchar la palabra cianuro y relacionarla con muerte es innato, por muy lego que sea uno en ciencia. Los síntomas letales de este anión monovalente constituido por un átomo de carbono unido a otro de nitrógeno a través de un enlace triple comienzan con dolores de cabeza, somnolencia, vértigo, ritmo cardíaco rápido y débil, respiración acelerada, enrojecimiento facial, náusea y vómitos; continúa con convulsiones, dilatación de pupilas, piel fría y húmeda, ritmo cardíaco rápido y respiración superficial; y finaliza con la víctima teniendo pulsaciones lentas e irregulares, la temperatura corporal descendiendo, los labios, la cara y las extremidades azuladas, hasta entrar en coma y morir. De usarlo debería comprarlo personalmente, no es algo que se le puede pedir a la secretaria de una, con lo que habría que utilizar un disfraz o algo parecido para evitar reconocimientos y esas cosas. Lo de administrarlo no sería complicado porque tiene un fuerte olor a almendras amargas y como al hermano de la asesina le gusta tomar un traguito de licor de almendras después de comer sería fácil de camuflar. Luego habría que deshacerse del líquido de la botella. Demasiado engorroso como para no dejar cabos sueltos y que la policía acabase por trincar a la escritora.

En estas cavilaciones rápidas me encontraba cuando otro compañero soltó:

—Mejor prueba con Conium maculatum.

No sería mala idea, pensé. La ingestión de cicuta provoca trastornos digestivos, vértigos y cefaleas, parestesias, descenso de la temperatura corporal, reducción de la fuerza muscular y finalmente, una parálisis ascendente. La muerte sucede entre convulsiones, destrucción muscular, insuficiencia renal hasta la asfixia. El problema estaba en que matar al heredero de las bodegas como si fuera el gran filósofo Sócrates sería muy presuntuoso, incluso para mí.

Sin solución de continuidad lo siguiente que salió a la palestra fueron los organofosforados. No era la primera vez que escuchaba este nombre ya que mi hermano, experto bodeguero, una vez me habló sobre ellos diciendo que son sustancias orgánicas de síntesis, conformadas por un átomo de fósforo unido a cuatro átomos de oxígeno o, en algunas sustancias, a tres de oxígeno y uno de azufre; que son de toxicidad elevada, de baja estabilidad química y nula acumulación en los tejidos, característica esta que lo posiciona en ventaja con respecto a los organoclorados de baja degradabilidad y gran bioacumulación. También me comentó que lo utilizan en las bodegas para controlar no sé qué plaga de insectos que abundan entre las vides. Nuestra escritora asesina no tendría que adquirirlo, ni tampoco deshacerse del producto. En caso que la policía averiguase que la muerte del bodeguero fue por esto siempre podría ser calificado como accidental, nada de asesinato.

Otros compañeros apuntaron a un fallo en los frenos, en el airbag, en la combustión del vehículo… Pero todo eso me pareció que, o sabes de mecánica o tienes un socio que sepa, y en cuanto hay más de uno involucrado en un asesinato la cosa suele terminar con los huesos del asesino en chirona y no era ese el final que tenía destinado a mi protagonista. Por una vez, el malo malísimo iba a salirse con la suya y ninguna mente tipo Holmes, o ningún listillo del CSI, iba a dejarla sin disfrutar de su herencia.

Ayer volví a coincidir con mis compañeros de Principia en el velatorio de mi hermano. Todos mantenían la mirada fija en el suelo y un silencio sepulcral del que debo reconocer disfruté muchísimo. Jamás ninguno mencionará lo que sucedió en la sala de juntas de Principia la pasada primavera. Dudo que en mucho tiempo tengamos una asistencia como aquella por la redacción.

Ahora que estoy sentada en el despacho de mi hermano pienso en telefonear al director de Principia. Le propondré celebrar unas jornadas sobre divulgación científica en mis nuevas bodegas riojanas, que nunca hubieran pasado a mis manos sin la inestimable complicidad de mis compañeros científicos de redacción.

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