2 + 2 = libro

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Si uno miraba hacia la derecha desde el mismo centro del sendero se encontraba con la casa de Marié, una chica de catorce años bastante peculiar. En la casa de Marié siempre se había hablado de números ya que creció entre problemas de trenes y límites que tendían a infinito. Por las noches, en vez de cuentos, su padre le preguntaba por las raíces de los números que tocaban. Solo había un problema: a Marié no le gustaban las matemáticas sino la literatura.

TEXTO POR ÁNGEL ABELLÁN
ILUSTRADO POR MARÍA PENALVA
ARTÍCULOS
MATEMÁTICAS | RELATO
25 de Febrero de 2016

Si uno miraba hacia la izquierda desde el mismo centro del sendero se encontraba que limitaba con la casa de Tonyo, un chico de quince años también un tanto particular. En la casa de Tonyo siempre se hablaba de libros. El chico creció entre cuentos, fábulas y lecciones de vida. Por el día, en vez de estudiar, su padre le obligaba a leer a Unamuno. Solo había un problema: a Tonyo no le gustaba la literatura, sino las matemáticas.

Era junio y en la casa de Marié sus padres ultimaban los preparativos para ir al campamento de matemáticas. Era un lugar fascinante, repleto de aulas con pizarras desgastadas de tanto escribir fórmulas. Allí solo tenían cabida los que gozaban de verdadero talento para los números, tanto para los reales como para los imaginarios.

Al mismo tiempo, en la casa de Tonyo sus padres ultimaban los preparativos para ir al campamento de literatura. Era un lugar apasionante, repleto de lugares naturales que incluso en verano seguían siendo muy otoñales. Allí solo eran bienvenidos los que gozaban de verdadero talento para expresar ideas, tanto las que quieren entretener como las que pretenden desahogar.

Puede que lo que voy a contar a continuación parezca demasiada casualidad pero es la verdad: al igual que ocurría con sus casas, los campamentos estaban separados por un estrecho sendero, una mínima distancia.

Marié y Tonyo deambulaban por sus respectivas clases prestando poca atención. Como cada año, cuando daban las cuatro −lo que significaba tiempo libre−, corrían a un lugar secreto donde podían estar solos y hacer lo que realmente les motivaba. Tonyo devoraba libros de matemáticas y se perdía entre logaritmos neperianos y ecuaciones de cada vez más grados. Por el contrario, Marié unas veces se estremecía ante la aventura narrada por Jim Hawkins y otras viajaba a los confines del mundo de la mano del Capitán Cook.

Para alcanzar su escondrijo, ambos seguían el sendero que separaba los campamentos y, en cierto punto, se ocultaban tras un árbol o una gran piedra. Un día, Marié estaba demasiado despistada descubriendo que a Scarlett le gustaba mucho que le besasen el cuello. Caminaba mirando su libro hasta que escuchó un grito un tanto desagradable:

—¡Eh tú! ¿Te importaría mirar por dónde vas?

Marié miró hacia el lugar del que procedía el grito a la vez que apartaba lo más rápido que pudo su pie de un siete dibujado en la tierra fina.

—Lo siento, no te había visto —se disculpó Marié.
—No pasa nada —refunfuñó Tonyo sin levantar la mirada mientras trazaba de nuevo en el suelo un siete con un palo de madera.

Marié reconoció en aquel gesto la frustración propia de quienes no terminan de comprender bien las matemáticas y decidió burlarse.

—Eres un poco mayor para eso, ¿no?
—Lo sé, pero se me da muy mal retener números. Y no quiero estar usando la calculadora todo el rato.

Marié notó enseguida la vergüenza que atosigaba al chico y comprendió  que se había excedido. Con una sonrisa, le dijo:

—¡Parece que te gustan mucho los números!
—Sí, pero en el campamento de escritura pocos números hay, salvo los de las páginas de los libros. Por eso vengo a estudiar aquí.

Tonyo pareció relajarse un poco y al levantar la vista de su pizarra de tierra pudo ver en su totalidad a Marié. Es bastante guapa para ser chica, pensó Tonyo. De repente, Marié lo sacó de su ensimismamiento con un grito:

—¡¿Qué?! ¡Yo hago lo mismo! En el campamento de matemáticas no permiten leer otra cosa que no sean libros de problemas. Y son un rollo —se quejó Marié.
—Pues en el mío no hay más que literatura… menudo aburrimiento —se lamentó Tonyo.

Los dos miraron al suelo, tristes por la injusta (y tediosa) situación.

—Por cierto, mi nombre es Marié —dijo alzando la mano.
—Yo me llamo Tonyo —respondió este mientras la estrechaba con ternura.

No pasaron más de cuatro segundos en silencio cuando Marié tuvo una gran idea.

—Escucha, tú quieres aprender matemáticas —y es evidente que te viene bien— y yo quiero leer libros y aprender a escribir. ¡Cambiemos nuestros puestos!

Tonyo miró a Marié de arriba abajo.

—Pero… no me parezco mucho a ti —apuntó suspicazmente Tonyo mirando los pechos de Marié, lo que le costó un buen guantazo.

¡Ay! —gritó Tonyo, antes de llevarse la mano a la cara y aceptar que se lo tenía merecido.

—Eso da igual tonto, en mi campamento no pasan lista, solo hacen recuento, así que lo que importa es que siga habiendo el mismo número de personas.
—No sé… —titubeó Tonyo nada convencido con la idea—. Venga, vale, por probar no perdemos nada, aunque intuyo que nos vamos a arrepentir de esto…
—Cobardica —le espetó Marié con una mirada de desaprobación. ¡Mañana nos vemos aquí a la misma hora y nos contamos! ¿Qué puede salir mal?

¿Qué puede salir mal? ¡Todo!, se respondió Tonyo a sí mismo.

Decidieron probar el experimento y partieron cada uno al campamento del otro.
Al día siguiente, tal y como acordaron, Marié y Tonyo se vieron en medio del sendero que limitaba con los campamentos para comprobar cómo había ido la treta. Ella parecía jubilosa y llena de alegría.

—¡Tonyo, ese sitio es genial! Me encanta estar todo el día leyendo y escribiendo.

Tonyo parecía más cabizbajo que ayer, triste. Marié torció el gesto y le preguntó con delicadeza.

—¿Qué te pasa Tonyo?
—Que no valgo para los números —sollozó el joven—. Allí todo el mundo sabe muchas cosas y yo muy pocas. Un chico ha dicho que le gustaría aprender matrices y yo le he dicho que también, pero en realidad no sabía qué era un matriz. Y lo que es peor… mañana me van a preguntar la tabla del nueve. ¡La del nueve! ¡Pero si voy por la del siete!

Marié sonrió de lado a lado primero y después rompió a reír a carcajadas. Tonyo se enfadó un poco.

—¡No tiene gracia!
—No seas tonto, claro que la tiene ¡si la tabla del nueve es la más sencilla! Mira.

Marié le enseñó a Tonyo que sólo había que tener dos cosas en cuenta: primero, que si sumas los dos números de cada resultado, siempre daba nueve.

9x2 = 18 / 1+8 = 9

9x3 = 27 / 7+2 = 9

9x4 = 36 / 3+6 = 9

—¡Vaya! —se sorprendió Tonyo.

Marié se sintió muy bien al poder enseñar a Tonyo esa regla mnemotécnica tan básica. Algo se despertó en su interior:

—¡Aún hay más! Cada número inferior será el resultado de sumar 1 al primer número que lo compone y restar 1 al segundo. Mira.

9 x 2 = 18 / 1 + 1 = 2 / 8 – 1 = 7 (27)

9 x 3 = 27 / 2 + 1 = 3 / 7 – 1 = 6 (36)

9 x 4 = 36

—Si te fijas, ¡no es necesario que los aprendas de memoria!

Si Marié se hubiese fijado también, se habría percatado de que Tonyo atendía lo justo a lo que le estaban enseñando, porque —sin querer— estaba absorto mirando a su profesora, que no podía quitarse de la cabeza desde ayer.

Los dos se dieron un abrazo y regresaron como polizones a sus campamentos. Marié se sentía sumamente bien por haber podido enseñar aquello que se le daba tan bien, y Tonyo estaba preguntándose por qué se sentía tan raro desde que conoció a Marié.

En los campamentos, las cosas no iban como debían. Marié rehuía la clase de poesía para poder preparar nuevas lecciones de matemáticas para Tonyo. Y Tonyo se escabullía en las clases de números enteros para poder escribir sobre esos sentimientos que lo tenían tan embelesado. Así pasaron el verano entero, escondiéndose en el campamento contrario para hacer lo opuesto a lo que creían querer hacer. Marié enseñaba a Tonyo numerosos trucos de matemáticas y Tonyo le pasaba interminables listas de todos los libros que se había leído, aunque en las clases hacía el caso justo mientras sonreía como un bobo al ver a esa niña dibujar en la tierra el símbolo de infinito.

 Infinito…, pensó él al tiempo que soltaba un leve suspiro.

Marié lo miró con una ceja arqueada preguntándose qué demonios le pasaba mientras Tonyo disimulaba avergonzado.

Ese verano sería el último que volverían al campamento, pero ellos no lo sabían. Tonyo quiso besarla durante un millón de años en los segundos que pasaron mirándose, pero no lo hizo. Y no volvieron a verse más…

…Hasta 12 años después.

Era junio de nuevo, cuando Tonyo decidió saber que había sido de aquella niña un tanto prepontente pero infinitamente hermosa y la localizó a través de las redes sociales y gracias al amigo del amigo de un conocido.

En un sendero en medio de la ciudad, si mirabas a la izquierda podías llegar hasta el piso de Tonyo donde se dedicaba a escribir novelas. Si mirabas a la derecha podías llegar hasta la universidad donde Marié daba clases de matemáticas.

Un día Tonyo se presentó después de clase.

—Hola Marié… yo… no sabía si venir.
—¡Tonyo! ¡Dios mío, no me lo puedo creer!

Marié abrazó al eternamente tímido Tonyo, que llevaba una novela entre las manos.

—Te he traído esto. Me he inspirado mucho en ti, ¿sabes?
—Vaya, es un honor. Yo soy profesora gracias a ti, ¿sabes?

Pasaron mucho tiempo poniéndose al día y, antes de irse, prometieron verse pronto. Tonyo apretó el puño antes de marcharse y se dio la vuelta, muy decidido:

—Oye, sé que te parecerá una locura pero ¿puedo besarte?

Tras una carcajada, Marié respondió, algo abrumada:

—Lo siento Tonyo, pero estoy felizmente casada. Si lo hubieses hecho hace 4383 días…

Tonyo sonrió, cabizbajo, y dijo a modo de despedida:

—Siempre fuiste demasiado calculadora…
—Y tú demasiado romántico…

Justo antes de salir, Marié lo volvió a llamar:

—¡Eh Tonyo! ¿Qué tal un último acertijo?
—¡Claro! Adelante.
2 + 2 =
—Esa me la sé, tú mismo lo escribiste en tu blog de literatura: 2 + 2 = libro

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