Los parias de la ciencia

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Los parias de la ciencia no cobran por trabajar, y lo más cómico: lo hacen voluntariamente. La vocación se ha convertido en su esclavitud y su curiosidad en las invisibles cadenas que los atan al trabajo científico en este país.

TEXTO POR QUIQUE ROYUELA
ILUSTRADO POR LAU FER
ARTÍCULOS
CIENCIA | OPINIÓN
3 de Marzo de 2016

Gran parte de la población imagina la ciencia como ese trabajo idílico, casi hobby, que practican chalados con gafas en camisa hawaiana gozando de libertad absoluta en sus horarios y pasándolo piruleta. Sin embargo, aunque ciertamente predominan los chalados (casi siempre en el buen sentido), en ese mundo maravilloso se han escondido y se esconden situaciones de degradación laboral que rozan lo humillante.

Desde principios del siglo XX, cuando se inicia el despegue de la investigación como tal en las universidades, ya hay testimonios de trato degradante, falta de reconocimiento, machismo y explotación. Casos muy llamativos, aunque probablemente no los más injustos, son los de la falta de reconocimiento premeditada en descubrimientos importantes. Es el caso de Albert Schatz, uno de los primeros en sufrir en sus carnes el síndrome del precario. Corría el año 1943 y Albert, por aquel entonces un chaval, se mete en un sótano de la Universidad de Rutgers (New Jersey), en condiciones infrahumanas, con el encargo de encontrar en bacterias aisladas del suelo un antibiótico para combatir lo que por entonces era una plaga de proporciones bíblicas: la tuberculosis, causada por la bacteria Mycobacterium tuberculosis, conocida como el bacilo de Koch (bautizada así en honor a su descubridor Robert Koch). Para no tener contacto con el peligroso microorganismo, su jefe, un gigante de la ciencia llamado Selman Waksman, lo recluye durante meses en un sótano, donde ni siquiera le visita. Jugándose el pellejo, Albert encuentra un aislado bacteriano que produce un compuesto que inhibe el crecimiento de la bacteria, la estreptomicina y salva millones de vidas en los años posteriores. Sin embargo, Waksman recibe todo el reconocimiento, incluido el premio Nobel de Medicina, mientras Schatz es marginado y solo parcialmente reconocido en los años finales de su vida.

Gran parte de la población imagina la ciencia como ese trabajo idílico, casi hobby, que practican chalados con gafas en camisa hawaiana gozando de libertad absoluta en sus horarios y pasándolo piruleta.

Otros célebres cócteles, en este caso de machismo aderezado con la falta de reconocimiento, son las historias de Rosalind Franklin o Lise Meitner que hicieron aportaciones fundamentales en el descubrimiento de dos hitos esenciales en la historia de la ciencia: la estructura del ADN y la fisión nuclear, respectivamente. Sin embargo, en ambos casos, la perversa combinación de la desigualdad entre hombres y mujeres y la jerarquización feudal en el trabajo científico produjeron una absoluta falta de reconocimiento a su labor.

Batallitas aparte, si pensamos que eso eran situaciones del pasado, visitemos la realidad española. Un centro de investigación de cuyo nombre no quiero acordarme, un día cualquiera; al entrar huele a compuestos químicos, a laboratorio, a aventura. Avanzas por los pasillos y encuentras a los primeros chavales y no tan chavales en bata, pesando compuestos, observando al microscopio el comportamiento de una bacteria, pipeteando… sin embargo, bajo esta apariencia de utopía científica se esconde la dura realidad: muchos de ellos son parias de la ciencia.

Los parias son personas de naturaleza diversa. Esta tropa de invisibles con bata la componen principalmente: recién graduados que trabajan gratis para ganarse el favor de los jefes de ese laboratorio a la espera de una oportunidad en forma de contrato (o becas no hace tanto) para hacer la tesis doctoral que puede tardar años en llegar; contratados predoctorales a los que sus jefes alargan la lectura de la tesis más allá de los años de contrato, a menudo con chantajes del tipo «si te vas ahora no te corrijo la tesis» o «si no haces estos cambios que te digo no te firmo la tesis»; doctores que trabajan mientras cobran el paro (en ciencia, de forma casi general, se considera el paro como un sueldo que te permite trabajar más tiempo en el laboratorio) y finalmente, voluntarios, ya doctores, que por simple estupidez, síndrome de Estocolmo o por «amor a la ciencia» (un amor absolutamente denigrante y destructivo), trabajan esperando el maná de un contrato o proyecto que les permita hacer lo que les gusta, que para su desgracia es investigar en España. Debido al reconocido interés del presidente de gobierno y sus colegas por la prensa deportiva y su inversamente proporcional preocupación por la ciencia, probablemente este momento nunca llegue y muchos de estos últimos acaben emigrando o incluso reemigrando al extranjero. A estas situaciones se suma, en ocasiones, el trabajo sin seguros médicos, la ausencia en las publicaciones o como codirector de tesis del paria que ha hecho la parte principal del trabajo y el trato degradante por parte de los terratenientes del laboratorio.

A pesar de los aires de renovación que muchos científicos han traído en los últimos años a algunos laboratorios, la estructura general de la ciencia en España sigue siendo un sistema de castas (también podemos llamarlos cortijos si queréis) en el que por debajo de los investigadores de plantilla, los técnicos, los escasos investigadores postdoctorales contratados y los becarios predoctorales (todos ellos cada vez más escasos y peor tratados), sobrevive un último eslabón de individuos que trabajan sin cobrar pero cuyo peso en trabajo y aportaciones es enorme y ha crecido considerablemente tras el marianista desmantelamiento programado del sistema científico patrio.

Los parias resultan mano de obra regalada para los centros de investigación cuyas direcciones pocas veces mueven un dedo por ellos. También algunos investigadores principales y apoltronados catedráticos universitarios, aprovechan esta situación para poder llevar a cabo sus proyectos con mano de obra semiesclava sin hacer el mínimo esfuerzo por ayudar a sus parias a encontrar un sueldo. No protestan, no utilizan la voz que tienen para contar lo que está pasando y exigir un cambio, miran para otro lado e incluso las directivas de algunos centros fomentan este tipo de ilegalidades participando en el reclutamiento de peones gratuitos. Es justo señalar que a ellos se oponen diametralmente otros jefes de grupo e investigadores principales que se dejan la piel por los suyos ayudándoles en todo lo posible y cuya frustración por no poder mantener a su personal en condiciones dignas roza lo insoportable. Estos son muchos, cada vez más, pero el desinterés institucional que ha reducido a lo anecdótico los recursos destinados a la Investigación, hace que, por el momento, el lado oscuro de la ciencia en España vaya ganando la batalla, e incluso que científicos de comportamiento intachable no puedan evitar situaciones degradantes.

A pesar de los aires de renovación que algunos científicos han traído en los últimos años a algunos laboratorios, la estructura general de la ciencia en España sigue siendo un sistema de castas.

Los parias no tienen esperanza. La combinación de desidia gubernamental y falta de ética del personal científico de algunos centros ha llevado a situaciones degradantes, alegales y en muchos casos humillantes para los investigadores (tampoco ha ayudado la falta de conciencia crítica de muchos precarios respecto a su situación). Muchos de mis excompañeros de casta finalmente abandonan la patria en busca de un estado con mayor interés por el conocimiento o buscan en otros campos profesionales el sustento que su pasión no puede darles.

La solución pasa fundamentalmente por incrementar la partida presupuestaria dedicada a proyectos científicos y a las ayudas pre y postdoctorales, medida que por sí misma, reduciría drásticamente el número de aspirantes a científicos ahora en el limbo. Además, es necesario un cambio en las estructuras del poder científico para que se dejen de ver como normales situaciones más propias de un cuento de Dickens, así como una legislación más tajante que vele por los derechos de esos jóvenes chalados con hambre de conocimiento. Con ello, España no se posicionaría ni de lejos a la cabeza de la investigación mundial, pero al menos, frenaría la sangría de exiliados científicos y abandonos de la carrera investigadora de miles de jóvenes extraordinariamente preparados, dignificando además el ejercicio de la Ciencia, con mayúsculas, un pilar imprescindible en el desarrollo de cualquier sociedad.

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