La geometría fractal de Julia

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Julia, así te nombré la primera vez que te percibí como una sombra con el rabillo del ojo. No soy demasiado original: era el mes de julio. Aquí y allá, en el viejo caserón, mientras desvestía armarios y desnudaba cajones, tú me seguías curiosa.

TEXTO POR MARÍA PENALVA
ILUSTRADO POR MARÍA PENALVA
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10 de Marzo de 2016

Es fácil desvestir una casa, lo difícil es amontonar recuerdos en la cabeza. En plena mudanza salen los esqueletos de los armarios con ganas de bailar. Se te pegan en la boca como un caramelo blando y caliente. Y yo llevaba ese regusto dulzón incrustado en mi alma-paladar con cierta ligera alegría, con leve pesar.

Estaba contento de librarme del viejo caserón. Lo que siempre había sido la casa familiar en las afueras de la ciudad se había convertido en objeto de especulación. Los solares en venta me rodeaban. Al final conseguí venderla por un precio desorbitado. Deshacerme de los viejos recuerdos, cambiar, mudar, salir del envoltorio. Eso es una mudanza: una metamorfosis. Cada cierto tiempo deberíamos dejar la piel, abandonar la fina crisálida, mudarla, para librarnos de tantos pesos-recuerdos que vamos acumulando.

Miro la casa y está vacía. Pocas cajas quedan ya en el pequeño vestíbulo con vidriera de colores. Todas están catalogadas con pequeñas pegatinas que indican su contenido: recuerdos, olores, sabores, salivas y almas. Las almas son lo más importante, así que las transportaré yo mismo. ¿Pero dónde estás tú, Julia? ¿Enfadada porque no te llevo conmigo? ¿Molesta porque no me quedo? 

Sabes que eso es imposible.

La geometría fractal define matemáticamente las complicadas formas de la naturaleza: tus rojos pulmones tridimensionales, tu pupila negra unidimensional y tu cuerpo transparente. Te percibo en porciones que me dan idea de tu todo e intento integrarte en este mundo. Mi propio conjunto Julia, con todos tus elementos incluidos en él, tendiendo hacia el infinito. Mi semilla en ti. Y todo en nuestro conjunto. 

Sabes que eso es imposible.

Nunca he conseguido verte entera, solo trozos, miembros, elementos de ti. Una mano ligera que se apoya en mi hombro, una risa divertida cuando me probaba las viejas pamelas con tapafeas, un olor dulzón a flores muertas, una melena suave y polvorienta y tu hálito helado. Esa eres tú: trocitos de espíritu en un caserón antiguo que no visitaba desde hacía más de veinte años.

Sin embargo, eres más real, tienes más detalle que cualquier objeto de esta casa. No se me ocurre la manera de traerte a mi dimensión. Y no se me ocurre la manera de marcharme contigo ¿Qué posibilidades tengo de encontrarte en el multiverso?

Considerando tu destino, pienso que estás en el infinito. Con dimensión cero, en un pequeño punto negro del antiguo espejo. Si pensara en ti como el follaje del viejo eucalipto que veo desde la vieja ventana del primer piso, sabría aplicar la geometría fractal para encontrarte en las cavidades, en la disposición de los pétalos de las flores o en las telarañas de la vieja cocina, en el conjunto de Julia. Pero no tienes nada a lo que me pueda asir. Nada que me detenga.

Porque ni siquiera tú, mi fantasma áureo, eres más importante que el dinero.

Te estoy abandonando porque no sé cómo retenerte, cómo conservarte entera. También porque soy un cobarde. Porque gusto de mudar a pesar de tu atracción infinita. Porque creo que tú y yo no tenemos otro futuro que el caos.

Aún así, llevaré el viejo espejo astillado. Por si decides venir conmigo con tus múltiples reflejos. Por si eres capaz de hacerlo.

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