Lavoisier despertando vocaciones

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Fría tarde de un domingo de invierno. En cualquier otra casa sería un día más, pero en la nuestra estamos de celebración. Hoy he cocinado, cosa rara, y ahora estamos los tres repartidos entre los sofás del salón. En uno solo puede verse tumbado un cuerpo de uno noventa y cinco, aún recuerdo cuando había que empujarle del culo para que se subiera y cómo se abrazaba a su osito de peluche para quedarse dormido. En el otro su padre medio dormita, ajeno a que su hijo cambie mil veces los canales de la televisión, a su lado a caballo entre sentada y tumbada me encuentro yo, pero solo físicamente porque mi pensamiento está en otra estancia de la habitación, en otro momento de nuestras vidas y que fue el comienzo de lo que hoy celebramos.

TEXTO POR GALIANA
ILUSTRADO POR JULIETA GUTNISKY
ARTÍCULOS
RELATO
14 de Marzo de 2016

Me encontraba en mi estudio inmersa en una de mis creaciones cuando un adolescente, que ya sobrepasaba casi en una cabeza a su padre, se colocó a mi lado con esa rabia contenida que tienen los chicos a esa edad cuando no saben muy bien cómo exponer algún problema que les agobia.

―Siempre estás aquí, encerrada creando dibujos con el fuego. 
―Me gusta el fuego ―le contesté sabiendo que la conversación no iba a girar en torno a mi obra artística, sino a algo que le inquietaba.
―No sé si sabes que cualquier día en esta casa vamos a salir ardiendo por tu culpa. En este lugar se mezclan los oleos con los disolventes y con las velas encendidas, y eso es altamente inflamable. El aguarrás o trementina que utilizas para limpiar los pinceles es una mezcla de hidrocarburos parafínicos, olefínicos, cicloparafínicos y aromáticos con número de átomos de carbono en el rango C10―C14. Deberías mantenerlo alejado de las fuentes de ignición ―dijo mientras señalaba una botella de plástico que se encontraba cerca de una vela encendida.

Menuda parrafada me acababa de soltar ―pensé―. No había entendido ni una palabra.

―Tú no has entrado aquí para hablar ni de mis cuadros ni de mis velas ―le dije prestándole toda la atención a la vez que introducía el pincel que tenía en mi mano en el recogido de pelo que me había hecho en la cabeza.
―¿Qué es para ti el fuego? ―Me preguntó.
―Es uno de los cuatro elementos que, junto al agua, la tierra y el aire, explican la naturaleza.

Asintió. Parecía convencido.

―Siempre estás dibujando fuego ―continuó― o haces instalaciones con él, pero nunca utilizas los otros tres elementos. ¿Por qué?

No tuve que pensar la respuesta.

―Olvidas que el hombre se convirtió en lo que es hoy cuando descubrió y controló el fuego; es como si de él partiera la vida ―respondí convencida.
―Sin ánimo de ofenderte ―replicó con cierto aire de suficiencia―, el fuegono es más que luz y calor producido por una reacción química de oxidación―reducción de carácter exotérmico y para que se produzca necesita combustible, comburente y energía de activación.

Imaginaba ese tipo de respuesta viniendo de él.

―El fuego es mucho más que el resultado de una simple reacción química. Es necesario para alejar y destruir el mal, purifica y limpia el alma ―aclaré―. Observa la llama de esta vela, algo misterioso te atrapa y a la vez hace que la mecha arda, ese algo es la esencia del fuego en sí.
―Pero hoy en clase de ciencias hemos estudiado el fuego…

Bien, por lo menos ya asomaba qué era lo que le tenía tan irritado. Continuó.

―… en el laboratorio. Hemos hecho un experimento como hizo Lavoisier para demostrar que la teoría de Johann Becher y Georg Stahl sobre el flogisto era falsa.

Se sentó en el suelo con las piernas cruzadas, como solía hacer de niño cuando me contaba algo interesante que le había sucedido, y continuó con su relato.

―… Stahl creía que las sustancias estaban formadas por tres tipos de «tierra» mas agua y aire. Una de estas «tierras» fue denominada por Becher terra pinguis y está relacionada con el llamado azufre sófico. La humanidad había creído en la teoría del flogisto hasta que llegó Lavoisier para, partiendo de ella, crear la ley de la conservación de la masa. El científico francés trabajaba en la idea de mejorar el alumbrado público de París e hizo un experimento, como el que hemos repetido en clase.

En ese momento pensé que todos habían salido ardiendo y que por eso estaba tan preocupado por las sustancias inflamables que tenía en mi estudio. No quise interrumpirle.

―Lavoisier comprobó que al calentar metales como el estaño y el plomo en recipientes cerrados estos se recubrían con una capa de calcinado. El resultado era igual a la masa antes de comenzar el proceso. Con ello demostró que la masa del producto formado era mayor que la del metal de partida, lo cual no era de esperar si el metal liberaba flogisto en la calcinación. Creo que te lo estoy explicando como lo ha dicho el profe, pero quizá no sea igual, aunque no importa. El caso es que Lavoisier descubrió que: «En toda reacción química la masa se conserva, esto es, la masa total de los reactivos es igual a la masa total de los productos»
―Todo eso está muy bien, pero… ―dije sin comprender adónde quería llegar.
―Le he pedido a papá que te compre un pequeño extintor de incendios para el estudio porque podría incendiarse la casa.

Y por fin lo soltó.

―Y he decidido lo que quiero hacer cuando acabe el bachillerato.

¿Todo esto para decir que quiere ser químico? ―pensé estupefacta―. Montar un numerito de adolescente enfurruñado para soltar ese tipo de noticias. No era propio de él. Sin embargo, no me atreví a preguntar porque sabía que la respuesta no iba a estar relacionada con los estudios de una carrera de ciencias.

―Quiero ser bombero ―soltó de repente.

Recuerdo que durante unos segundos sus palabras me martillearon los oídos, que abrí los ojos como platos y que intenté relacionar Lavoisier, el flogisto y su deseo de ser bombero.

En ello estaba cuando se levantó del suelo. Me dio un beso y empezó a apagar todas las velas mientras sonreía con esa cara de haber hecho una pillería y dijo:

―No las enciendas hasta que papá venga con el extintor ―me dijo mientras me guiñaba un ojo.

Hace tanto tiempo de aquella tarde en que me dijo que quería ser bombero y ahora ―por fin― ha conseguido su sueño. Le miro, está tumbado en el sofá todo lo largo que es. La tarde de domingo ha ido avanzando mientras en la tele dan una peli de zombis de serie B. No sé por qué le presto atención. En un momento dado algo sucede en la acción y los dos gritamos como posesos al ver que los protagonistas se ven atacados por una especie de descargas eléctricas y buscan refugio en una cárcel con barrotes metálicos para salvarse.

―¡Una jaula de Faraday es vuestra salvación!!

Su padre se despierta, más bien le hemos despertado con nuestro grito.

―Creo que va siendo hora que haga café.

Sale del salón. Nosotros no apartamos los ojos de la pantalla para ver cómo los protagonistas se salvan gracias a la física. Él asoma la cabeza por la puerta para decir:

―Hijo, ¿el chocolate te lo caliento en la jaula de Farady que tenemos en la cocina o lo prefieres del tiempo?

Sonrío mientras el nuevo y flamante bombero dice:

―¡Este papá!

Galiana

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