El objeto

Portada móvil

Me disponía a salir de la cyberteca tras haber telecargado en mi visor holográfico, ubicado en el interior de mis smart-lens, el último éxito de Tévez Relente, una recreación satírica ambientada en el pasado más remoto acerca de políticos corruptos, caos económico, puertas giratorias y vividores en ciernes buscando sillones gubernamentales, (vamos, pura ciencia ficción), cuando reparé en cierto revuelo a mi alrededor.

TEXTO POR JULIÁN ROYUELA
ILUSTRADO POR ROCA MADOUR
ARTÍCULOS
CIENCIA | FICCIÓN | RELATO
2 de Mayo de 2016

Sin previo aviso y amenizando la situación los gañidos de una estridente sirena, las puertas de seguridad de la cyberteca, unas pesadas planchas de nitruro de boro de varios centímetros de grosor, cayeron a plomo tapiando cualquier tipo de acceso o contacto con el exterior.

Estábamos atrapados y no tenía ni idea de por qué. 

El revuelo se convirtió en caos y este se adueñó de la escena y entonces, se desató la locura colectiva haciendo que decenas de personas se amontonaran como sacos al lado de la puerta.

Estupefacto y sin apenas tiempo de reaccionar, escuché una voz metálica, potente, amplificada por algún tipo de altavoz electrónico, que llegaba del exterior amortiguada pero audible. 

—¡Apártense de la puerta, vamos a entrar! 

La puerta se abrió tan solo unos segundos, los suficientes para que varios robots de aspecto humanoide entraran; tras ellos, cayó de nuevo el telón de acero. 

Los robots, escalando cuerpos y sorteando obstáculos, corrían desaforadamente en dirección a un punto concreto en el que, desde mi posición, se entreveía un objeto con forma rectangular cubierto de una sustancia de textura indeterminada, semejante a tela vieja.

El examen por infrarrojos al que fue sometido el paquete por parte del robot desactivador determinó la carencia de circuitos o de cualquier tipo de explosivo avalando su dictamen como inocuo. Se decretó la falsa alarma y la cuarentena se levantó tan rápidamente como había caído. 

Poco a poco la cyberteca fue recuperando su aspecto habitual excepto por la multitud que se agolpaba en torno al objeto, cuando entró el oficial al mando, un general que no había conocido ni guerra ni gloria y con un gesto de su prominente barbilla, autorizó a uno de los robots a proceder.

16G3D (16 tercera generación Deactivator, pues ese era el original nombre del robot), procedió a manipular el objeto, tenía forma rectangular y estaba cubierto de una especie de lienzo fino, delicado, que se hizo trizas en manos del robot.

El objeto de su interior estaba formado por diferentes piezas, una serie de delicadas placas planas, finísimas y flexibles, aunque frágiles. Al parecer varios cientos de ellas, todas del mismo material aunque de diferente color que el de su envoltura. Las exteriores parecían más recias, más resistentes y todas estaban unidas por uno de los costados por un material extraño, como costuras de un traje. 

Todos los presentes nos aproximamos para ver tan extraño artefacto de cerca pero ninguno supo determinar su utilidad o finalidad.

De repente, un anciano que había acompañado a su nieto hasta la cyberteca, abrió los ojos desmesuradamente pareciendo reconocer de alguna forma el insólito artilugio.

—¡La leyenda! —exclamó alterado el anciano—. ¡Es cierta la leyenda!

Y narró cómo en su familia se había transmitido oralmente, de generación en generación, una historia que hablaba de objetos como aquel que poblaban la Tierra por millones, iguales al que ahora mismo observaban desde tan cerca y de cómo se habían extinguido hacía cientos de años debido a la estupidez y la dejadez humana. 

—Libro. Creo que se llama libro —dijo el anciano.

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