Jane Goodall: la Jane que debió elegir Tarzán

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Es la una de la mañana y no sé si podré conciliar el sueño. Me sucede cuando estoy inquieta, emocionada. Y es que hoy ha sido un día increíble. He tenido el placer de escuchar a Jane Goodall en directo, y no solo eso: me he podido acercar a charlar con ella y a darle, simplemente, las gracias por ser como es.

TEXTO POR CRISTINA ESCANDÓN
MUJERES DE CIENCIA
26 de Mayo de 2016

Así que he decidido escribir un artículo para hacer un breve repaso a la interesante vida de esta excepcional mujer. Sin embargo, no he podido evitarlo y también es un texto muy personal porque no sé escribirlo de otra manera. Así que, mientras que en Principia me dejen, así lo haré.

Hace unos días llegó a Principia una invitación por parte de Kymco (muchísimas gracias a Laura Rodríguez por contar con nosotros) para asistir a una conferencia de Jane Goodall en Madrid que organizaba National Geographic y que Kymco patrocinaba. Aceptamos inmediatamente porque para muchos de nosotros era un honor participar como público en esta conferencia. Los que me conocen saben de mi enorme debilidad por los animales: resulto ser la peor acompañante en cualquier zoológico, cuando llevo a mis sobrinos de cuatro años se quedan estupefactos al ver a una adulta llorar como una niña. Y no es porque me den pena (que sucede en ocasiones) sino porque me provocan mucha ternura. Trato de librarme de las lágrimas discretamente pero siempre me pillan. Mi problema con los animales llega hasta tal punto que recojo los caracoles que me encuentro en el camino y los aparto de la amenaza de ser pisados, no mato moscas ni arañas cuando se cuelan en casa sino que las libero, y cosas de ese calibre. Y es que siento que los animales se encuentran completamente indefensos ante los seres humanos.

Supongo que por eso tengo especial predilección por Jane Goodall, a la que seguramente conoceréis. Ayer, en su conferencia, nos contó la historia de su vida. «Una vida extraordinaria y trepidante» —dijo Federico Bogdanowicz, antropólogo, primatólogo y Director Ejecutivo del Instituto Jane Goodall en España —. «Una Homo sapiens que nos honra como especie» —sentenció. 

Dio una conferencia de dos horas hablando mientras miraba a los ojos de los asistentes, sin una sola nota de apoyo, hablando pausadamente, con el corazón, demostrando que estaba hecha para tratar con animales, no solo en la selva africana, sino también en la de asfalto: allí estábamos, casi doscientos primates de la especie Homo sapiens atendiendo embobados las palabras de la hembra alfa. Nos marcó. 

Nos contó cómo fue vida. Comencemos…..

Su niñez…           

«Hay gente que encuentras en el camino que te ayuda a ser quién eres». 

«Con cuatro años y medio estuve en una granja a las afueras de Londres. Allí me asignaron una tarea: recoger los huevos que ponían las gallinas. Empecé a preguntarme de donde venían los huevos y cuando lancé la pregunta en la granja nadie supo muy bien qué contestarme. Perseguí a las gallinas para intentar encontrar la respuesta. Pero solo conseguí asustarlas. Así que cambié de estrategia: me metí en el granero y esperé quieta. La espera debió ser larga porque mi madre no me encontraba y llamaron a la policía. Cuando por fin aparecí, mi madre, Margaret Myfanwe Joseph,  en lugar de regañarme, quedó deslumbrada por el brillo de mis ojos y se sentó a mi lado para que le contase la aventura tan fascinante que acababa de vivir».

Jane Goodall nos narró este acontecimiento que desde pequeña marca su vida:

«Tener curiosidad, observar, cometer errores, no rendirse….todo ello aderezado con una madre que en un momento así no aplastó mi curiosidad científica. Y es que mi madre me apoyó en mis sueños». 

Tener curiosidad, observar, cometer errores, no rendirse…. Son los principios en los que decidimos asentar Principia Kids, así que ¡cómo no íbamos a querer a esta mujer!

Su formación…

«Aprendí sin la televisión, solo con la radio, saliendo a conocer el mundo, a través de los libros de segunda mano que podía adquirir con los pocos peniques que ahorraba y hablando con otras personas».

«A los diez años llegó a mis manos el libro Tarzán de los monos y me enamoré de Tarzán. Lo malo es que se casó con la Jane equivocada. Es en este momento cuando comienza mi sueño: quería ir a África». 

Cuando contaba entre los demás niños que quería ir a África y escribir libros sobre los animales salvajes todos se burlaban. Sin embargo, esto no hizo mella en su joven espíritu indomable. Ante la adversidad, ante los que decían que eso era imposible, de nuevo aparece la figura de su madre: «Si quieres hacer tus sueños realidad tendrás que luchar». 

La oportunidad…

«Fui a visitar a Leakey a Nairobi, le hice muchísimas preguntas. Él se dio cuenta de que sabía mucho sobre animales y me ofreció un trabajo como ayudante en sus investigaciones. Junto a la familia Leakey viajé participando como apoyo en sus trabajos de investigación en las distintas excavaciones». 

En su familia (y en plena II Guerra Mundial) no hubo mucho dinero. No pudo ir a la universidad pero devoró los libros sobre animales que podía adquirir de la biblioteca. A los veintitrés años surge la oportunidad de ir a África: una amiga del colegio se mudaba con su familia a Kenia. Trabajó durante unos meses como camarera para ahorrar algo de dinero y poder viajar. Una vez en Kenia oyó hablar de Louis Leakey famoso antropólogo y arqueólogo. 

Pero lo mejor estaba aún por llegar. Louis Leakey le ofreció la oportunidad de trabajar con chimpancés salvajes en Gombe, Tanzania. Para lo cual, el antropólogo tuvo que regresar a Inglaterra y recaudar los fondos necesarios. Este no fue el único obstáculo que encontró, pues las autoridades británicas no estaban dispuestas a responsabilizarse de aquella expedición con una mujer sola (y joven) viviendo por su cuenta, así que solo aceptarían si esta viajaba acompañada. Ya podréis imaginar quién apareció de nuevo: su madre, que se presentó voluntaria para participar la expedición.

Y aquí es donde comienza la verdadera aventura.

Primera experiencia…

«Mi madre fue una inyección de moral en aquellos momentos tan importantes». 

«Con una tienda militar de segunda mano (que fue saqueada al poco tiempo), latas de comida y algunas cosas básicas montamos el campamento en Gombe. Mi madre desempeñó un papel crucial para nuestra pequeña expedición. Por un lado, aportaba ciertos conocimientos muy básicos en medicina con los que curó a algunos de los lugareños. Así se ganó el apodo de Bruja Blanca. Esto hizo que la población nos acogiera. Por otro lado, en el momento en el que quedaba menos dinero y caía en el desánimo, sintiendo que no había aprendido lo suficiente, ella me decía que estaba aprendiendo más de lo que pensaba».

CRÉDITOS: EKTACHROME DEL BARÓN HUGO VAN LAWICK © NGS.

Goodall observó, entre otras cosas, que no solamente los humanos podían crear y utilizar herramientas viendo a un chimpancé alimentarse de un termitero, utilizando tallos (a los que previamente les quitaba las hojas que no servían) para poder extraer a las termitas. Este hallazgo llamó la atención de la National Geographic Society que decidió filmar su trabajo y atrajo más financiación para sus investigaciones. 

Sus aportaciones a la comunidad científica… 

«Si tuviese que decir una sola cosa sobre los chimpancés es lo mucho que se parecen a nosotros».

Goodall observó conductas de afecto entre los chimpancés como abrazos, besos, palmadas en las espalda, algo que se pensaba era exclusivo de los humanos. Descubrió que los chimpancés tenían relaciones familiares fuertes, que los individuos más jóvenes aprendían el manejo de herramientas observando a los más experimentados, tenían comportamientos altruistas aunque también, en ocasiones, mostraban actos violentos. Vamos, como los humanos.

«Después de dos años de trabajo de campo, Louis Leakey me consiguió una plaza en Cambridge para hacer el doctorado».

Louis Leakey advirtió a Jane Goodall que no duraría para siempre y que llegaría el momento en el que ella tuviese que liderar su propio grupo, lo que suponía tener que buscar sus propias fuentes de financiación. Sabía que sin un título académico (Jane Goodall no pudo ir a la universidad por problemas económicos) no recibiría fondos para sus investigaciones. Como ya no había tiempo para que estudiase una licenciatura, y dada la experiencia que Goodall tenía, le buscó una plaza en Cambridge para que hiciera directamente el doctorado. 

Cuando Goodall llegó a Cambridge en 1962 para explicar sus descubrimientos, no fue bien recibida ni por los alumnos (muchos no veían con buenos ojos que no tuviese una licenciatura) ni por los académicos. Entre otras cosas, criticaban su metodología: que diera nombre a los chimpancés en lugar de asignar números a cada uno de los individuos, como requería el método científico. Ella defendía que, en realidad, lo que hacía era tratar de descubrir y describir las distintas personalidades de los individuos, lo que provocó las más duras críticas por parte de sus profesores, quienes rechazaban la posibilidad de que aquellos peludos animales pudiesen tener comportamientos que eran exclusivos de los humanos. A pesar de las críticas y la oposición de los académicos consiguió el doctorado. 

Video de Wounda

 

Cambiando el mundo…

«Hay que provocar un cambio radical porque la criatura más inteligente del planeta está destruyendo su propio hogar». 

Parecía que en aquellos años su sueño se había cumplido: tenía la financiación suficiente para seguir trabajando gracias a sus aportaciones científicas en el campo de la etología y primatología. Sin embargo, en una charla sobre conservación en la que se mencionó la peligrosa disminución de las poblaciones de chimpancés se dio cuenta de que tenía que dejar de observar y pasar a la acción. Así comienza su activismo.

Durante su actividad es consciente de que es imposible salvar a los chimpancés si no ayudas a la comunidad local, sin implicar a la gente que convive y son parte del problema. A través del Instituto Jane Goodall lanzan programas educativos dirigidos a formar al personal en empleos alternativos a la tala de árboles;  programas de planificación familiar; microcréditos para el empoderamiento de las mujeres, etc.  Y uno de los que ella más valora, un programa para jóvenes en todo el mundo: Roots & Shoots.

 

Motivos para la esperanza…

«Si los jóvenes pensáis que los mayores hemos destruido vuestro futuro estáis en lo cierto. Pero si creéis que no podéis hacer nada al respecto os equivocáis». 

Jane Goodall cree en la posibilidad de conseguir un cambio y son cuatro las principales razones que le hacen tener fe en ello.

Para Goodall, la resistencia de la naturaleza ante el azote del ser humano cuando estos reaccionan cambiando las cosas es fundamental. La naturaleza es capaz de regenerarse de una manera sorprendente.

Confía en el cerebro del ser humano porque tiene la capacidad de encontrar soluciones si hay voluntad, es una máquina eficiente resolviendo problemas.

El esfuerzo de personas con un espíritu indomable es esencial a la hora de aportar soluciones. Existen muchas personas que se mantienen firmes y no desesperan en el afán de cambiar las cosas

Si te sientes solo en una causa, el poder de las redes sociales te ofrece la oportunidad de unirte a más gente en una causa común. 

Para terminar os contaré que me acerqué a saludar a Jane Goodall —pañuelo en mano como buena llorica empedernida que soy— y cuando comencé a hablar no pude evitar soltar la lágrima. Me disculpé por aquello: «Si la gente llora al ver a su cantante de rock favorito porque no voy a poder llorar con mi científica predilecta y una de las personas que más admiro». Ella se limitaba a darme las gracias por el juego Ciencia a pares que le acababa de regalar, mostrándole la carta de la que es protagonista.

Mi gesto, mi pequeña contribución, mi minúsculo pago por todo lo que está haciendo por mí y por todo lo que quiero. Terminó de nuevo dándome las gracias y me dijo algo que siempre recordaré: «No te disculpes por llorar. La gente que llora es porque tiene un arcoíris en su corazón». Igual es esa la explicación, esas palabras y la sensación de por qué hoy no me puedo dormir. 

Gracias Jane Goodall.

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