¿Y si no valgo para la ciencia?

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En la cafetería somos tres. Tres mesas más adelante, un científico se toma un cortado con hielo porque hace calor. A su izquierda, un artista está tomando una cerveza sin alcohol, bien fría, porque hace calor. Ambos trabajan mientras yo los observo, los analizo, los interpreto —puede que todas esas cosas al mismo tiempo— y escribo mis conclusiones. Quién sabe, igual hasta dé para un relato.

TEXTO POR ÁNGEL ABELLÁN
ILUSTRADO POR MARTA SEVILLA
ARTÍCULOS
ARTE | CIENCIA | RELATO
30 de Mayo de 2016

Imagino al científico un poco encerrado. No como si estuviese dentro de una jaula, sino que parece encerrado en sí mismo e incómodo. Busca una idea para un nuevo proyecto. Quiere transmitir eso que imagina, pero no sabe muy bien cómo. Quiere que sea interesante para todo el mundo, no solo para sus colegas. Sin embargo, sus colegas no lo toman en serio, ellos buscan aprobación de otro tipo. «¿Y si no valgo para esto?». Se pregunta.

Mientras tanto, el artista que hay en la mesa de al lado sonríe levemente porque le gusta lo que aparece cuando une sus trazos con lápiz del número 3.

Veo al científico sentado a la mesa, con su café a la mitad, buscando la poca información disponible acerca de los dihomo isoprostanos. Poco se sabe: que son marcadores, que tienen carácter no enzimático, que son el resultado de la peroxidación lipídica de algunos ácidos grasos como el omega 3… pero poco más. Se rasca la barbilla y se pierde otra vez en sus pensamientos, en unos que nada tienen que ver con los dihomo isoprostanos. «¡Mierda, céntrate!», se grita a sí mismo. «Tal vez no valga para esto», se lamenta más calmado.

El artista, por otro lado, parece entusiasmado, nervioso, motivado. Su lápiz se mueve con pasmosa facilidad. Parece que se ha olvidado de su cerveza porque lleva un rato sin darle un trago.

Me fijo otra vez en el pobre científico, que ha escuchado tantas veces aquello de lo necesario de la concentración para el buen hacer en ciencia… él, que concentración nunca ha tenido mucha, siempre fue más creativo que analítico y todos dicen que la mente analítica es esencial para la ciencia. La creativa… en fin, ¿para qué? «Para mí que no valgo para esto», insiste.

El artista se ha equivocado, esa nariz es un poco desproporcionada. Saca una goma de la mochila y se percata de la cerveza. Ahora sí, le da un pequeño sorbo.

El científico, atascado, se encuentra inmerso en una serie de artículos que analizan diferentes teorías sobre la figura del buen científico y sus características. Se detiene en una frase que le llama poderosamente la atención: «¿Lenguaje formal o informal?». En el artículo, el lenguaje informal se trata como algo definitivamente negativo mediante afirmaciones como «El lenguaje que se emplea entre colegas». Algo se mueve en su interior, un dolor de estómago. Es normal, él siempre creyó en la esencialidad de una confluencia y coexistencia de los dos lenguajes para aspectos tan fundamentales como la divulgación. Y ahora resulta que no es así, que dicen, los que saben cómo ha de ser la ciencia, que no es así. «Definitivamente, no valgo para esto», se convence tras dar el último trago de café.

El artista ya ha acabado la primera parte del dibujo, el esqueleto. Necesita un bolígrafo, pero al alargar el brazo tira la cerveza sobre el trabajo recién hecho y arma un gran escándalo.

El científico se asusta y se levanta ipso facto a ayudarlo. Yo observo divertido, como el que está viendo una graciosa obra de teatro, cómo entablan una breve conversación:

—¡Mierda, mierda, mierda! —se queja el artista.
—No parece haberse estropeado mucho, tranquilo —le tranquiliza el científico.
—Eso espero, la verdad.
—Oye, dibujas muy bien —comenta el hombre de ciencia.
—Estooo… gracias.
—¿Te puedo hacer una pregunta? –dice el científico.
—Adelante, dispara –responde el dibujante.
—¿Cómo te imaginarías esto? –inquiere el científico mostrando la molécula de dihomo isoprostanos en la pantalla de su ordenador.

Le explica lo que son los dihomo isoprostanos en un lenguaje informal, porque con el formal podría no entenderlo. El artista parece interesado y hasta entretenido. Coge un folio y comienza a dibujar con su lápiz. El científico lo mira, sonríe y luego se ríe a carcajadas.

—¡Me encanta! —exclama entusiasmado—. Oye, ¿te apetece que trabajemos juntos? Podrías ilustrar mis ideas.

Tras charlar un rato, ambos se dan la mano y se despiden, no sin antes concertar otra cita para ver los progresos de su proyecto en común.

Ahora estoy solo en la cafetería y creo que al científico se le ha olvidado todo eso de la inutilidad del lenguaje informal en la ciencia, de valer o no valer, de lo que es loable y lo que no. Me da por pensar que cada uno tiene una forma propia de amar y comprender la ciencia. Que nadie tiene por qué imponer cómo transmitir el conocimiento científico. Hasta es posible que todos esos rancios, cultos pero ignorantes impositores de una única verdad, no han comprendido que todo logro científico que merezca la pena destacar en la historia viene precedido de dos fases: una fase creativa con la que el científico persigue, alcanza y encierra su idea, y una fase analítica en la que se ve obligado a encerrar la creatividad para lograr la máxima objetividad.

He acabado esta historia y a punto de cerrar el portátil veo aparecer al científico. Se había dejado la chaqueta. Me mira desde lejos y yo aparto la mirada, avergonzado de mi actitud voyeur. Entonces me grita:

«¡Eh, tú! ¡El pelirrojo! Sé lo que estás pensando. No te preocupes, que tú siempre has valido para esto».

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