Que no silencien los aullidos

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Cuando se habla del lobo ibérico (Canis lupus signatus) son muchas las voces que resuenan: las de una sociedad que —cada vez más— reclama una protección legal total, las de los ganaderos que claman por la desaparición, las de los cazadores que persiguen trofeos, las de las administraciones que en muchos lugares promueven una gestión de las poblaciones a punta de escopeta… Voces que se van elevando mientras que allí arriba, en las montañas, los aullidos de nuestros lobos luchan por no apagarse.

TEXTO POR JESÚS DAVID TAVIRA
ILUSTRADO POR MARTINA BILLI
ARTÍCULOS
BIODIVERSIDAD
10 de Junio de 2016

¿Por un puñado de votos?


Con las elecciones a la vuelta de la esquina, las promesas y propuestas de los diferentes partidos políticos van proliferando. Esto parece haber ocurrido con la medida propuesta por el PP y apoyada por PSOE y Ciudadanos mediante la cual aprobaron, el pasado 8 de junio, instar a la revisión por parte de la Comisión Europea del tratamiento del lobo al sur del río Duero, ahora catalogado como protegido, para que se convierta en una especie gestionable. Aunque la propuesta está sujeta a la elaboración de informes que comprueben que ese cambio de estado en la protección del lobo es viable, lo cierto es que al menos la duda se asoma a la toma de unas medidas que parecen hechas para acallar las críticas de los ganaderos, intolerantes con la presencia de los lobos.

La relación que mantenemos con el lobo no es nueva: se remonta al Neolítico, nada menos. De hecho, ancestralmente nuestras dos especies han sabido hallar importantes puntos de encuentro. No olvidemos que nuestros perros son fruto de una coexistencia, de una convivencia y de esas relaciones antiguas que mantuvimos con los lobos. Es cierto que las poblaciones de lobos pueden entrar en conflicto con la ganadería, pero sin duda, es un problema magnificado por un temor antiguo y por el altavoz que suponen los medios de comunicación que amplifican un problema que en realidad no llega a afectar ni siquiera al 1% de la comunidad ganadera en todo el país. La solución pasa por lograr una coexistencia pacífica en esas (pocas) zonas donde los lobos generan perjuicios a los ganaderos, apoyando medidas para que no se produzcan verdaderos ataques y agilizando las indemnizaciones en caso de que se produzcan.

Habría que aclarar, de igual modo, que muchos de los ataques al ganado atribuidos a los lobos, en realidad los realizan perros salvajes o se deben a la picaresca de ganaderos que manipulan los cadáveres con el fin de cobrar las compensaciones. Esto no hace otra cosa que agrandar los números de ataques cuando las cifras reales son mucho menores.

Es cierto que las poblaciones de lobos pueden entrar en conflicto con la ganadería, pero sin duda, es un problema magnificado por un temor antiguo y por el altavoz que suponen los medios de comunicación que amplifican un problema que en realidad no llega a afectar ni siquiera al 1% de la comunidad ganadera en todo el país

Una gestión muy cuestionable

El lobo es una especie actualmente sometida a una gestión calamitosa. A ello se suma un buen puñado de problemas graves como el veneno, la caza furtiva, la fragmentación y destrucción del hábitat, batidas ilegales… Dentro de su área de distribución, en muchas zonas está catalogado como una especie cinegética, incluso dentro de parques nacionales como Picos de Europa, donde se permite su caza. Los cupos de ejemplares se calculan sobre censos realizados por las propias administraciones que determinan dichos cupos y se tiene la firme sospecha de que se inflan las cifras de los censos, lo que conduce a una presión excesiva en las escasas poblaciones de lobos. Actualmente se está promoviendo un censo nacional desde el Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) para determinar la salud de la población española de lobos, lo que ayudará a dilucidar su situación, aún desconocida en muchos aspectos. Lo arriesgado es que la gestión actual se lleva a cabo como si se conociera.

En poblaciones fragmentadas como las que muestra el lobo en España, el efecto de una caza excesiva puede tener un impacto enorme en las comunidades. Mientras que la mortalidad natural se centra en animales juveniles, en dispersión o envejecidos, la caza incide en individuos adultos, principalmente. El lobo es un carnívoro social, con manadas muy jerarquizadas que pueden resultar terriblemente dañadas al afectar a uno de estos individuos, pudiendo llegar a perder la cohesión del grupo y la adhesión a un territorio. Esto puede tener consecuencias contrarias a las deseadas, porque un grupo desestabilizado puede generar más problemas a la ganadería. La caza, por tanto, no debe ser la solución. Además, recientes estudios en Yellowstone han demostrado que una población sana de lobos es fundamental para el equilibrio del ecosistema y para la conservación de la biodiversidad.

Hasta aquí hemos tratado muy someramente algunos de los problemas del lobo, aunque sin duda, es un conflicto social mucho más amplio y profundo al que desde Principia continuaremos atentos. En esta ocasión, en vez de comentar la propuesta de degradación del estatus del lobo al sur del Duero para permitir su gestión, como ocurre al norte del río, nos hubiera gustado aplaudir la situación inversa, que al norte del Duero se hubiera propuesto la protección de una de nuestras más emblemáticas e incomprendidas especies. Seguiremos aullando por un futuro mejor para nuestros lobos.

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