Ciencia de acogida

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«Cada avance del conocimiento y la invención se lo debemos a la libertad individual, una libertad sin la cual no vale la pena vivir». Albert Einstein en el Albert Hall de Londres en un acto organizado para apoyar la acogida de refugiados perseguidos por el fascismo en el Reino Unido.

TEXTO POR HÉCTOR RODRÍGUEZ
ILUSTRADO POR VERÓNICA GRECH
ARTÍCULOS
7 de Julio de 2016

Desde el comienzo de los tiempos, muchos seres humanos han huido, huyen y huirán de tiranos, guerras y todo tipo de tarados que masacran a los demás en nombre de una ideología, una religión o una supuesta superioridad racial. A día de hoy, cientos de miles de personas vagan por Europa en condiciones miserables huyendo del hambre, de las bombas de un dictador o del infierno en vida que predican unos fanáticos religiosos. Es imprescindible poner caras a esa masa de seres humanos sin nombre a los que los medios de comunicación llaman refugiados pero que son realmente desahuciados, pues para vergüenza de todos, pocos de ellos viven en unas condiciones a las que podamos llamar refugio. Trataré aquí de hacerlos visibles recordando a algunos de aquellos que fueron refugiados e hicieron contribuciones decisivas en la historia de la ciencia. Si no hubieran sido asilados en su momento, habrían muerto o no habrían gozado de la libertad imprescindible para el avance de sus investigaciones. Por supuesto, la vida de estos científicos refugiados es igual de valiosa que la del resto de sus compañeros de padecimientos pero hablar de ellos es una buena excusa para escribir del tema y para que valoremos la infinidad de aportaciones, ya sea en ciencia o en otros ámbitos, que estas personas hacen a los países que les dan refugio.

Desde el comienzo de los tiempos, muchos seres humanos han huido, huyen y huirán de tiranos, guerras y todo tipo de tarados que masacran a los demás en nombre de una ideología, una religión o una supuesta superioridad racial.

Empezaré por el grupo de refugiados más popular en cuanto al número y la relevancia de sus avances científicos: los miles de académicos, mayoritariamente judíos que huyeron del nazismo. Nos situamos en los años 30 del siglo pasado. Son muchos los cerebros, frikis de la física teórica principalmente, que desde toda Centroeuropa habían acudido a Alemania y, particularmente, a Berlín. Se unieron a la que por aquel entonces era la escuela de física más importante del mundo y dedicaron sus días a llenar pizarras con fórmulas colosales en busca de los secretos del universo. Por aquel tiempo, un tipejo con bigote ridículo ganó las elecciones en Alemania y sus descerebrados seguidores persiguieron a judíos, gitanos y todos aquellos que no les parecían suficientemente puros para entrar en esa abominable raza superior. Como consecuencia, muchos judíos y disidentes huyeron primero de Alemania y Austria y más tarde de los países que iban siendo ocupados por los seguidores del tipejo. Nada menos que veintisiete refugiados del nazismo habían ganado o ganarían posteriormente el premio Nobel, lo que dice mucho de la estupidez de estos señores con esvásticas. Entre la infinidad de científicos de gran talento que recalarían en el Reino Unido o Estados Unidos estaban Albert Einstein, Enrico Fermi o Leo Szilard. Los últimos, aunque no tan conocidos como el icono de la ciencia moderna, realizaron aportaciones esenciales al conocimiento de la física nuclear. Szilard, un húngaro que pasaba media jornada laboral pensando metido en una bañera con agua caliente (para que luego nos digan que la productividad depende de las horas de trabajo convencional) fue acogido en el Reino Unido y ayudó a otros muchos refugiados a huir de la muerte. La inspiración que le condujo a su aportación más importante no le vino chapoteando en el baño, sino esperando en un cruce, cuando el encendido de las luces de un semáforo le hicieron pensar sobre los posibles mecanismos que desencadenarían la fisión nuclear. Años más tarde, ya en Estados Unidos junto a Enrico Fermi, consiguió la primera reacción en cadena conducente a la fisión nuclear. Szylard, un convencido pacifista, sintió en ese mismo momento que no todos los avances de la física nuclear iban a ser utilizados en beneficio de la humanidad y luchó el resto de su vida contra el uso militar de la energía atómica. 

En el caso de España, aparte de los miles de emigrantes económicos que inundan en la actualidad los laboratorios extranjeros, también tuvimos nuestro grupo de refugiados que eran o serían después científicos relevantes. Otra vez los años 30, otro follower de las teorías fascistas, un ex legionario también aficionado a los bigotes extravagantes y al brazo en alto, se alzó con el poder tras la guerra civil sometiendo a una purga exterminadora a todo aquello que recuerde a racionalidad. Aunque no han tenido tanta trascendencia, muchos científicos españoles de renombre se vieron obligados a huir para no acabar en las cunetas españolas. Blas Cabrera, amigo personal de Einstein y uno de los físicos más importantes de su tiempo en el campo de las propiedades magnéticas de la materia, fue acogido como refugiado en Francia primero y en México más tarde. También relevante como científico, el que fuera presidente de la república española Juan Negrín, huyó a Francia en los últimos días de la guerra. Este catedrático de fisiología de la Universidad Central de Madrid fue la conexión fundamental entre los dos premios Nobel de medicina españoles, ya que fue discípulo del primero, Santiago Ramón y Cajal y profesor y tutor del segundo, Severo Ochoa. El caso de Severo Ochoa, probablemente el biólogo español más notable, es similar. Primero huyó de España al Reino Unido al desencadenarse la guerra civil y una vez comenzada la II Guerra Mundial se trasladó a Estados Unidos donde permaneció gran parte de su carrera. Allí, junto a su equipo, dio un paso de gigante en el avance de la biología molecular y descifró parte del código de la vida. Por primera vez, se describió la síntesis del ADN, la molécula que contiene la información, y el ARN, la molécula que la transporta para convertirla en las unidades funcionales, las proteínas.

Pero la huida de la patria aniquiladora no es un hecho exclusivo de comienzos de siglo XX, ni del fascismo. El estalinismo se convierte en otra máquina de producir disidentes que huyen de un régimen que utiliza la igualdad como excusa para recluir a muchos librepensadores en campos de exterminio. Más tarde, las dictaduras sudamericanas (muchas de ellas patrocinadas por Estados Unidos, país que luego acogería paradójicamente a algunos de los que huían) que tampoco son muy afines a la libertad intelectual, masacran a muchos científicos opuestos a los regímenes opresivos. Un caso relevante en los 60 del siglo pasado es el del argentino César Milstein, que había vuelto a su país desde Cambridge pero fue expulsado por un nuevo golpe militar y huyó de nuevo al Reino Unido. Este bioquímico descubrió cómo producir anticuerpos, las moléculas que ayudan al organismo a la neutralización de virus, bacterias y parásitos y por ello recibe el Nobel de medicina. Es de reseñar que a pesar de que se le aconsejó patentar su descubrimiento y podría haber abierto un par de cuentas millonarias en Panamá, Milstein, un anarquista convencido, decidió ceder este descubrimiento de enorme trascendencia a la humanidad.

Los regímenes autoritarios y la intolerancia religiosa también han sido, desgraciadamente, una constante en África donde ya de por sí las penosas condiciones de vida impiden el desarrollo científico. Perseguida por los integristas y los régimenes dictatoriales egipcios, la médica Nawal el Sadawii huyó a Estados Unidos convirtiéndose en un referente mundial en psiquiatría y derechos de las mujeres en el mundo islámico. Otro refugiado, el nigeriano Phillpi Emeagwalli que había sido niño soldado, una vez en Estados Unidos llegó a convertirse en un referente en ingeniería computacional… Los casos son innumerables.

Los regímenes autoritarios y la intolerancia religiosa también han sido, desgraciadamente, una constante en África donde ya de por sí las penosas condiciones de vida impiden el desarrollo científico.

En los últimos años, millones de seres humanos han huido de Yugoslavia, Ruanda, Irak, Myanmar, Eritrea, Siria, Afganistán y una lista interminable de países empujados por las guerras, la opresión o el hambre. Son personas, como nosotros, y eso debería ser más que suficiente para darles un hogar digno para vivir pero, además, la historia ha demostrado que muchos de ellos han sido decisivos para el avance de la humanidad en muchos campos, entre otros, el de la ciencia.

Ante las muestras de xenofobia que inundan Europa, es conveniente retroceder en el tiempo y recordar los ejemplos de estos gigantes de la ciencia que revelan el sinsentido de esas reacciones irracionales contra los que huyen de la injusticia y que únicamente responden a miedos infundados e intereses creados por el poder.

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