Mi vida entre los humanos

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Memorias de una inteligencia artificial… más artificial que inteligente.

TEXTO POR CARLOS ROMÁ-MATEO
ILUSTRADO POR CRISTINA ESCANDÓN
ARTÍCULOS
CIENCIA-FICCIÓN | RELATO
25 de Julio de 2016

4. Unas palabras con el director 

¿Por qué?

Asombra la cantidad de connotaciones que tan sencilla alocución puede llegar a tener para los seres humanos. Una pregunta directa, expresada de forma escueta, que sin embargo puede dar pie a todo tipo de disquisiciones. Debe ser la pregunta más veces formulada en la historia de la humanidad. Resulta paradójico la de contextos diferentes en que puede usarse, de lo más banal a lo más ominoso: desde el niño que exige saber la razón por la que debe terminarse el desayuno —siendo como es que ya desayunó el día anterior— hasta el científico que cuestiona el mismo funcionamiento del universo. Ha habido importantes porqués que han supuesto un punto de inflexión en la historia humana. Pero me atrevería a decir que, de poder recopilar todas las conversaciones mantenidas a lo largo de milenios por generaciones y generaciones de individuos, pocas contendrían tantos y tan incómodos porqués como los que condensó la breve charla que mantuve con el director del Departamento de Enseñanza de la EEEH.

Para ser rigurosos, el título adecuado para el cargo es «Supervisor Titular Primero de la Subsecretaría Gubernamental de Educación, Subsección Departamental de Enseñanza y Formación Académica Intertravesía de la EEEH»; o su forma más sencilla y cómoda «STPSGE -SDEFAI de la EEEH». La evolución de las sociedades humanas a bordo de las Estaciones Errantes no difiere especialmente de la acontecida en su planeta de origen y la burocracia y jerarquías organizativas siguen su imparable evolución paralela. Paradójico, cuando finalmente todo el mundo habla del «Departamento de Enseñanza» y se refiere al cargo como «el señor director». Pues bien, el señor director me citó en sus dependencias al poco tiempo del altercado con mis alborotados alumnos, a raíz del bramido de Arthur1888M.

Citarme en sus dependencias, por cierto, era algo absurdamente innecesario, puesto que mi presencia puede materializarse en cualquier terminal informática de la estación —ya sea holográfica, sonora o textualmente—. Pero los humanos insisten en mantener mi función ligada a una presencia física material, corpórea y vagamente antropomorfa para minimizar el rechazo por parte de sus vástagos. Así que el señor director insistió en tenerme sentado al otro lado de su mesa, una arcaica reliquia obtenida a partir del cadáver de un gigantesco organismo vegetal terráqueo. Afortunadamente, no estoy programado para sentir repulsa ni asco, aunque el hecho de que me suponga un alivio no estar programado para padecer una cierta sensación me resulta, cuanto menos, curioso.

El señor director apartó la vista de sus pantallas, se giró en mi dirección, deslizó su mirada a lo largo, ancho y alto de mi perímetro físico, y me espetó el primero de una larga ronda de porqués.

—¿Por qué, qué, señor director? —respondí con toda la educación que pude expresar echando mano de mis bases de datos de protocolo humano.
—¿Por qué, qué? ¿Cómo, que por qué, qué?

Aquello empezaba a sonar como una canción (bastante pegadiza, además) pero no creí conveniente comentarlo.

—Me refiero a que no entiendo su pregunta, si no me proporciona más datos.
—Ya, ya veo que no lo entiendes… de hecho eso lo explica todo, en gran parte.

Para mi, aquello no explicaba nada, pero ya tenía claro que cuanto menos hablase, mejor. La conversación no había comenzado con buen pie.

—Bien, recapitulemos. No solo has contravenido en varias ocasiones, durante los últimos meses, algunas de tus directrices académicas y sociales. Has llegado a agredir a tus alumnos. La posibilidad más obvia sería un mal funcionamiento, un fallo de software o una corrupción en tus archivos. Pero nos conocemos ya muchos años, Profebot, y sé que no puedes fallar en ese sentido. Todas tus acciones tienen una explicación. Eres pura lógica, tus acciones son la racionalidad embebida en metal, metacrilato y fibra de grafeno. No cometes errores. Sabes lo que haces. Y has agredido a alumnos. Explícame por qué.

Aquella recapitulación, aun plagada de errores conceptuales e interpretaciones sesgadas, me daba al menos pistas para interpretar qué se esperaba de mí y cuáles habían sido las auténticas consecuencias de mis últimos actos. Por fin tenía algo sobre lo que trabajar.

—¿Agredido, señor? No creo haber infligido daño alguno. Mis servomecanismos están finamente calibrados, y mis conocimientos anatómico-sensoriales del ser humano, aun en sus estadios de desarrollo más temprano, me capacitan para manipular especímenes con la certeza de asegurar su integridad física. Puedo garantizar que los alumnos no sufrieron perjuicio alguno en sus tejidos u órganos…

Me vi obligado a interrumpirme, puesto que estoy familiarizado con el gesto llamado tamborilear con los dedos sobre la mesa y en aquellos momentos el director estaba ejecutándolo en su versión aporreadora, más que tamborileadora.

—Los levantaste en volandas. Quedaron suspendidos a tres metros de altura durante casi un minuto. Lloraban. ¿De verdad necesitas consultar tus bases de datos para entender qué significa todo eso? –esto último lo dijo elevando el tono de voz. Elevándolo bastante, de hecho.

 Y entonces todas las piezas encajaron. Estaba enfocando aquel rapapolvo desde la óptica equivocada. No se trataba de daño físico, tan cuantificable como fácil de sanar con la moderna tecnología biomédica. Con aquella maniobra disuasoria había afectado a varios niveles el carácter psicológico de aquellas crías humanas, hiriendo su sensibilidad, amenazando su integridad pese a no rozarles ni una célula, atenazando sus circuitos neuronales e inundando de adrenalina sus circunvoluciones cerebrales. No podía obviar el contexto histórico en el que me encontraba, en una sociedad huérfana de su planeta natal, condenada a vagar por la inmensidad del cosmos pero sujeta aún a sus condicionantes más primitivos en cuanto a comportamiento animal. Pese a sus tremendos avances tecnológicos y sus conquistas galácticas, eran aún esclavos de sus emociones, hasta el punto de que toda su sociedad orbitaba en torno a una eterna búsqueda de satisfacción tan idealizada como inalcanzable. Cualquier mínima constatación de que eran vulnerables o infelices, no hacía sino sumirlos en la más honda de las penas. Y tras años de desgracias históricas, aquellos supervivientes errantes no estaban dispuestos a tolerar ni el más mínimo disgusto; ni para ellos mismos, ni para sus hijos.

 —Tiene usted toda la razón, señor director. Le pido disculpas. Revisaré adecuadamente mis protocolos de actuación para asegurar que las nuevas versiones de software depuren las directivas en cuanto al contacto físico con los alumnos. ¿Requiere algo más de mí o puedo retirarme?

 Esta última invitación a darme nuevas órdenes era en realidad una estrategia para desviar la atención de las absurdas excusas precedentes. Sé muy bien cuál es el nivel de conocimientos del director, y que prefiere obviar todo aquello que no comprende del todo, a poder ser dando órdenes que tengan poco o nada que ver con el asunto objeto de su ignorancia. Por supuesto, surtió efecto.

—Eh… sí, de acuerdo, está bien. Así me gusta. Pues sí, precisamente había algo más. Últimamente estamos sufriendo un número de incidencias anormalmente elevado en diferentes secciones de la red tecnoneuronal de la EEEH. Necesito un intérprete, alguien que haga de enlace entre las inteligencias centrales y los tecnócratas que me apabullan con solicitudes de reparaciones. Eres la IA más acostumbrada a interactuar tanto con máquinas como con humanos. ¿Estás capacitado para hacerlo sin descuidar tus labores docentes?
—Por favor, señor director, la duda ofendería si tuviera circuitos neuronales capaces de hacerme sentir desdichado por lo que un ser viviente orgánico pensase acerca de mí mismo. Le recuerdo que domino más de tres millones de formas de comu…
—Sí sí, vale, perfecto, retírate pues. E infórmame inmediatamente de cualquier progreso. 

Me di la vuelta sin prolongar aquel diálogo tan insustancial como inútil. Apenas salí del despacho del director ya me había percatado de las incongruencias que habían surgido en aquella conversación. ¿Cómo iba a estar penado el vulnerar la integridad mental de los niños, cuando ellos mismos acababan de atacar, podría decirse, impunemente a uno de sus congéneres de forma más violenta incluso? ¿Qué tipo de ética profesaba aquel grupo de humanos que castigaba la amenaza autoritaria pero permitía que los niños se burlasen a diario de otros niños menos capacitados para la comunicación y el aprendizaje? La forma en que yo mismo abordaba estas cuestiones, de manera impulsiva, enfrentando las interrogaciones una y otra vez contra mis bases de datos, empezaron a recordarme la actitud agresiva, compulsiva y visceral de mis constructores mamíferos. Me hubiese resultado inquietante y desconcertante, de haber estado programado para imitar lo que los humanos llaman sentimientos. Y no lo estaba. Pero de nuevo me encontraba, casi involuntariamente, simulando actitudes humanas vinculadas al mundo de las emociones. Como ahora mismo, mientras escribo estas líneas y reflexiono acerca de lo fácil que sería desarrollar, a raíz de todos estos eventos, una actitud nerviosa, intranquila, preocupada.

Reflexiono, pero no siento. Creo que es una importante distinción.

Fin de la anotación

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