La masía de los yayos

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Uno de los mayores cambios sociológicos que vivió España en el siglo XX fue el éxodo rural. En la primera mitad de siglo, miles de personas abandonaron sus casas y cultivos, sobre todo en zonas de montaña, y se trasladaron a las ciudades en busca de un futuro mejor. Las consecuencias de este abandono masivo de las zonas rurales son patentes hoy en día.

TEXTO POR AITOR AMEZTEGUI
ILUSTRADO POR LUIS PINTO
ARTÍCULOS
INCENDIOS
9 de Agosto de 2016

Al bajar del coche, Mireia no pudo evitar romper a llorar. Frente a ella se extendían los restos de lo que un día fue la casa de sus abuelos. La masía de los yayos, como le llamaba ella, donde tantas tardes había jugado de pequeña. Su hermano Jordi se acercó y le apretó la mano. No lloraba, aunque Mireia sabía que por dentro sentía la misma rabia e impotencia que ella.

—No pudimos hacer nada —les dijo el jefe de bomberos mientras recogía el equipo—. Quizá si los árboles no hubieran llegado hasta la casa…

El fuego. El maldito fuego. Por lo que les habían explicado, aún no se conocía qué había provocado la primera llama. Seguramente una negligencia, alguna chispa de una cosechadora o un vehículo, quizá una línea eléctrica caída. Esta era la causa más común de los incendios en la zona. En cualquier caso, la enésima ola de calor sahariano de ese verano y la continuidad de la vegetación habían formado un cóctel perfecto, y esa pequeña llama inicial no tardó en convertirse en lo que los expertos llaman un gran incendio forestal, aquel que es tan intenso y avanza tan rápido que supera la capacidad de los medios de extinción.

Jordi y Mireia aún recordaban las interminables tardes de verano en casa de sus abuelos. Para los dos hermanos, dejar las ajetreadas calles de la ciudad, llenas de calor, coches y ruido, para subir a la masía era toda una bendición. Allí uno nunca podía aburrirse, siempre había cosas que hacer: ayudar en el huerto, acompañar al abuelo al campo, dar de comer a las gallinas y los conejos, bañarse en el río... Mireia cerró los ojos y el olor de los restos humeantes le recordó a aquella chimenea junto a la que pasaban las tardes de invierno, asando castañas y oyendo a su abuelo contar historias.

El pueblo de los abuelos nunca fue muy grande. En realidad, no era un pueblo en sí mismo, más bien unas cuantas casas bastante separadas entre sí que formaban una pedanía de un pueblo más grande, situado abajo, en el fondo del valle. Según les había contado el abuelo, en la época de mayor población, allá por mediados del siglo XIX, había albergado una veintena de familias. Lo cual en aquella época quería decir probablemente más de 100 habitantes. El paisaje había cambiado poco en los últimos siglos: junto a la casa se situaba el huerto, el ojito derecho de la abuela, con una gran variedad de hortalizas y las frutas más sabrosas que jamás hubieran probado: manzanas, peras, avellanas, ciruelas, nueces… Un poco más lejos, al abrigo de los fríos invernales, el abuelo de su abuelo había construido unas pequeñas terrazas donde crecían a duras penas almendros y hasta algunos olivos, que resistían como podían el clima de la media montaña. Más lejos se extendían los bancales donde se cultivaba el cereal: trigo y cebada en las solanas más bajas, avena y centeno en las zonas más altas. Más allá, los prados, donde se llevaba a pastar a los animales, sobre todo ovejas y cabras. Y finalmente, en las únicas zonas donde no se podía cultivar nada, crecía el bosque, por el que salían a pasear con los perros y a coger setas.

Pero aquellos tiempos quedaban lejos, y ya en la época de sus abuelos el paisaje era bien diferente. Desde principios del siglo XX, la comarca había sufrido una lenta y constante despoblación, como casi todas las zonas de montaña. Primero, se fueron los jóvenes, cansados de una vida dura y sacrificada que no aseguraba más que la subsistencia más básica. Conforme la población descendía, los campos se fueron abandonando por falta de mano de obra. Los primeros en abandonarse fueron los menos productivos, los situados a mayor altitud y más lejos de las casas. Ya no había rebaños de ovejas, ya que los únicos habitantes eran demasiado viejos para pasar con ellas día tras día a la intemperie, y paulatinamente, la actividad se concentró en los terrenos más cercanos a las casas, mientras el resto del terreno era colonizado primero por arbustos, luego por el bosque. Finalmente, se fueron abandonando casas, a medida que sus habitantes, demasiado mayores para trabajar la tierra, se iban a vivir con los hijos a la ciudad. Solo cuando el abuelo asumió por fin que las condiciones de vida en la montaña no eran las mejores para la maltrecha cadera de la abuela, aceptaron irse también. Fueron los últimos en marcharse.

Desde principios del siglo XX, la comarca había sufrido una lenta y constante despoblación, como casi todas las zonas de montaña

Al morir los abuelos, sus padres, ya mayores, decidieron que la casa y los terrenos pasaran directamente a manos de los dos hermanos, quienes decidieron visitar por primera vez en años sus nuevas pertenencias. Cuando llegaron, vieron que el bosque y los matorrales se extendían por los antiguos bancales. El bosque por el que solían pasear y del que el abuelo sacaba la leña para la chimenea era ahora una maraña impenetrable de vegetación, con arbustos de varios metros de altura que se mezclaban con los árboles. Y los signos del paso del tiempo se notaban ya en el tejado de la masía. Hablaron de que deberían hacer algo con esa casa, no dejar que se perdiera.

—Podríamos convertirla en una casa rural —dijo Mireia—. Con piscina.

Su comentario era una mezcla de ilusión e ironía. Porque a fin de cuentas, ¿quién tenía el dinero para emprender una reforma así? Solo limpiar los alrededores de la casa de malezas, arbustos y pinos ya se les antojaba una tarea imposible. No hubieran sabido ni por dónde empezar.

Con el tiempo, se fueron olvidando de la casa de los abuelos. En la ciudad tenían sus trabajos, sus preocupaciones, el día a día, los niños. En definitiva: su vida. A veces les apenaba que sus hijos solo supieran de la casa de sus bisabuelos por lo que les contaban en las reuniones familiares.

—A ver si subimos un día —decía Mireia.
—Mmm… sí, un día de estos —respondía Jordi, sin el más mínimo entusiasmo.

Y así fueron pasando los años, hasta que un día de julio encendieron la tele y vieron que un incendio, un maldito incendio, se había declarado en la zona. Mireia llamó a Jordi, angustiada: la casa de los abuelos, su masía, estaba en peligro. Fueron dos días confusos, la información les llegaba con cuentagotas y oían por la radio que el fuego se acercaba al pueblo, sin que nada ni nadie pudiera pararlo. Jordi recordó que años atrás recibió una carta del ayuntamiento, hablándoles de un proyecto que proponía reducir la densidad de pinos y desbroces para crear áreas cortafuegos. Según decían, iban a convocar próximamente a todos los propietarios para darles más detalles. Pero jamás volvieron a contactarle. Con la crisis, el presupuesto se había reducido y el proyecto dormía olvidado en el fondo de algún cajón de algún despacho.

Debido a la abundancia de arbustos que crecían mezclados entre los árboles, las llamas pronto crecieron y alcanzaron las copas de los pinos, propagándose a través de ellas. Espoleadas por el fuerte viento y la abundancia de vegetación para quemar, crearon lo que se conoce como tormenta de fuego: las llamas calientan el aire sobre ellas, que asciende, creando un efecto de succión del aire de alrededor. Esta nueva remesa de aire se calienta y asciende a su vez, y el proceso se repite una y otra vez, generando llamas cada vez más altas y vientos más intensos. Cuando esto ocurre, no hay medio, ni aéreo ni terrestre, que pueda detener el avance del fuego y a los bomberos no les queda otra que replegarse e intentar proteger las zonas habitadas del paso del fuego. Pero las casas del pueblo, en su día rodeadas de huertas y cultivos, se encontraban ahora en mitad de un denso bosque joven, con los árboles tocando los tejados de algunas casas. Hasta que finalmente, pasó lo inevitable: las llamas alcanzaron las casas, que cayeron una detrás de otra, sin solución.

Mireia abrió los ojos y miró a su alrededor. Hasta donde alcanzaba la vista solo se veían troncos negros y pequeñas columnas de humo, que los bomberos se afanaban por extinguir totalmente. Tomaron algunas fotos y, cabizbajos, subieron al coche, de vuelta a casa. Allí ya no tenían nada que hacer y en la ciudad les esperaban sus parejas, su trabajo, sus hijos… su vida.

—¿Y qué hacemos ahora? —preguntó Mireia a su hermano.
—Una casa rural, ¿no? —Jordi siempre se refugiaba en el sarcasmo para ocultar su dolor.— Siempre quisiste convertirla en eso.
—Sí, una casa rural —murmuró Mireia mientras arrancaba el coche—. Con piscina

Para saber más

—Lasanta T. 2002. Los sistemas de gestión en el Pirineo central español durante el siglo XX: del aprovechamiento global de los recursos a la descoordinación espacial en los usos del suelo. Ager 2: 173–96.
—Molina D. 2002. El proceso de desertización demográfica de la montaña pirenaica en el largo plazo: Cataluña. Ager 2: 81–100.
—Silvestre J. 2002. Las emigraciones interiores en España durante los siglos XIX y XX: una revisión bibliográfica. Ager 2: 227–48.
—Moreno Fernandez JR. 2002. La economía de montaña en el Antiguo Régimen: los equilibrios tradicionales en el Pirineo aragonés. Ager 2: 43–80.
—Ameztegui A, Brotons L, and Coll L. 2010. Land-use changes as major drivers of mountain pine (Pinus uncinata Ram.) expansion in the Pyrenees. Global Ecology and Biogeography 19: 632–41.

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