Democracia absoluta

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Tras las segundas elecciones generales a la presidencia del gobierno de España y a la espera de unas posibles terceras —e inéditas— nos surgen varias preguntas fundamentales. ¿Cómo funciona la democracia? ¿Somos capaces de elegir correctamente entre todos? ¿Cómo podemos mejorar este sistema? Pero antes, nos alejamos de estas elecciones y entramos en el plató de Democracia absoluta.

TEXTO POR DANIEL GÓMEZ
ILUSTRADO POR JOSÉ PARADA
TIEMPO MEDIO DE LECTURA: 9 minutos
ARTÍCULOS
DEMOCRACIA | ELECCIONES | NEUROCIENCIAS
12 de Agosto de 2016

«Venga, respira hondo. Todo va según lo planeado. Puedes ganar este concurso —me dije a mí mismo mientras trataba de controlar la respiración—. Aunque relajarse se vuelve una tarea compleja cuando tienes delante a un público de cien personas, tres cámaras de televisión intentando grabar hasta la última gota de sudor de tu frente maquillada y un presentador en traje con una falsa sonrisa acaba de decir: «¡Siguiente pregunta!».

No sé por qué siempre me acabo metiendo en este tipo de problemas. Cuando vi el anuncio del programa Democracia total me acordé de varios estudios científicos que había leído y decidí apuntarme y probar alguna estrategia con la que ganar dinero. La vida del científico no es muy lujosa, ¿sabéis?

Democracia total es el típico concurso de preguntas y respuestas. Al participante se le hacen diez preguntas de cultura general, que se complican a medida que avanzas en el programa y aumenta la recompensa: la respuesta a las primeras preguntas es conocida por prácticamente todo el mundo, pero la de las últimas… digamos que se pueden catalogar como prácticamente imposibles.

El presentador engominado habla a las cámaras:

—Recordemos a los espectadores cómo está la situación para nuestro concursante. Habilidosamente ha logrado contestar a nueve de nuestras preguntas y ha acumulado un premio de 1000 euros. Si responde correctamente a la última pregunta ganará el gran premio de 10 000 euros y… ¡el coche! —música y aplausos mientras el presentador me mira—. ¿Deseas continuar con el reto? ¿O te vas a casa con una pequeña parte del dinero?
—Deseo continuar hasta el final —dije esperando no arrepentirme.
—¡Perfecto! ¡Un gran aplauso para nuestro participante!

Mientras el público aplaudía me concentré en la pantalla táctil que tenía delante. En ella solo aparecía el número de comodines que me quedaban: dos. Justo lo que necesitaba.

—Llega la última pregunta del concurso, atento. Con 100 kilómetros de error, ¿cuántos kilómetros suman la frontera de Italia y Suiza?
—Quiero usar uno de mis comodines —dije mientras fingía pensar la respuesta. En serio, ¿quién demonios sabría eso?.
—¡Ya era hora! Llevabas demasiado tiempo acumulándolos. El público puede empezar a votar. ¡Practiquemos la Democracia absoluta!

Dirijo la mirada a la pantalla táctil, que rápidamente se llena de datos. Esa es la gracia del concurso: los comodines permiten realizar una encuesta entre el público para obtener respuestas, luego tienes un minuto para bucear entre la maraña de datos y elegir el resultado que creas adecuado.

En ocasiones, hemos visto encuestas cuyos resultados se alejan mucho de la realidad, pero en la mayoría de casos una encuesta puede darnos la respuesta correcta a una pregunta, incluso si la respuesta no es del todo conocida entre los encuestados.

En 1907, un investigador llamado Francis Galton ideó un experimento para comprobar cómo de poderosa es nuestra inteligencia colectiva. En una feria de ganado organizó el sorteo de una res. Para participar la gente debía apuntar en un papel el peso del animal y el participante que acertara se llevaría la res a su granja. Galton recopiló los pesos apuntados por todos los participantes y pudo comprobar que la mayoría de resultados se encontraban alrededor del resultado correcto. También demostró que si calculamos la mediana de todos los pesos seríamos capaces de acertar con el peso de la res. Este estudio fue el comienzo del concepto de inteligencia colectiva: aunque a nivel individual podamos fallar en la respuesta a una pregunta, somos capaces de acertar si tenemos en cuenta las respuestas como población.

Esta inteligencia colectiva nos da sorprendentes resultados: si preguntamos a un gran número de personas cuantas judías hay en un bote de cristal, podremos predecir el número correcto simplemente comprobando alrededor de qué resultado se arremolinan las respuestas.

Mientras recuerdo los experimentos de Galton terminan de llegar los resultados de la encuesta. Compruebo que todas las respuestas se acumulan alrededor de un número concreto: 2450 kilómetros. Cuando he visto este concurso en la televisión, he comprobado que muchos de los participantes lo que deciden es coger este valor, y acaban acertando en la mayoría de las preguntas, aprovechando la inteligencia colectiva. El problema es que es la última pregunta y estoy seguro que esa respuesta no es la correcta.

Si preguntamos a un gran número de personas cuantas judías hay en un bote de cristal, podremos predecir el número correcto simplemente comprobando alrededor de qué resultado se arremolinan las respuestas

En este caso, el problema no es la respuesta sino el tipo de pregunta. Nuestra inteligencia colectiva solo funciona si todos tenemos la misma capacidad para intuir la respuesta correcta. En el caso de la res, todos los participantes eran capaces de acercarse a la respuesta porque veían al animal y tenían conocimientos sobre ganadería (al fin y al cabo era una feria de ganado y los que quisieran tener una res en casa es porque ya tenían varias).

En Democracia absoluta el público es gente aleatoria, sin ninguna especialidad en concreto, por lo que nuestra inteligencia colectiva no logrará funcionar con preguntas muy especializadas, como por ejemplo saber el peso de un yate, o —incluso— de una res, como en el estudio mencionado. En cambio, preguntas como la cantidad de judías, que se basa en nuestra capacidad visual, sí que logran pasar el filtro. En el concurso saben sobre estas limitaciones y las preguntas se van volviendo progresivamente más complicadas, tanto para el concursante como para el público.

La pregunta de la suma de los kilómetros de las fronteras de dos países requiere unos conocimientos de geografía suficientes para aproximar esos valores, especialmente si no disponemos de un mapa (y no, en la pregunta no sale el mapa). En estas condiciones la inteligencia colectiva aporta una respuesta pero no necesariamente es la correcta. Por eso los concursantes acaban fallando las últimas preguntas.

Ahora pongamos en marcha mi estrategia.

—Quiero pedir otro comodín para esta pregunta.

El público se queda en silencio y el presentador acerca el dedo a su oreja mientras atiende a las instrucciones que le vienen por el pinganillo. Está claro que les ha pillado por sorpresa.

—¿Otro comodín? Pero si ya has gastado un comodín y el público es el mismo.
—Quiero dar la oportunidad al público de que piense mejor su respuesta y así me sentiré más seguro. Si no, usaré la respuesta que me han dado entre todos, los 2450 kilómetros.
—De acuerdo —hay un momento de silencio por parte del presentador—. Me informan de que usar un segundo comodín en la misma pregunta no va en contra de las normas del programa así que… ¡adelante! El público puede empezar a votar. ¡Practiquemos la Democracia absoluta!

Me llegan los resultados de la segunda votación. La suerte está echada. Ahora veremos si esos estudios científicos que leí estaban en lo cierto. Si no, habré perdido el dinero.

Buceo entre los resultados de las dos encuestas. En la nueva encuesta la gente ha elegido un valor más alto que en la primera: 4430 kilómetros. Esperaba algo así, ya que la gente realmente no sabe la respuesta, de modo que cambia cada vez que se hace una nueva encuesta. Pero eso no es lo que busco, me centro en los resultados individuales.

En Democracia absoluta no solo tienes los datos de todos a nivel general, puedes ver los resultados individuales con la votación de cada persona, su edad, y su nacionalidad. A veces esto da juego para elegir la respuesta de alguien en concreto, confiando en que su respuesta debe estar más cerca de la verdad.

Con la máxima velocidad que me permiten mis dedos, alineo las respuestas de cada espectador en las dos encuestas. Mis ojos pasan rápidamente por los números.

—Se acabó el tiempo. ¿Cuál va a ser tu respuesta?

Llega el momento de la verdad, todo o nada.

—La respuesta es 9532 kilómetros.

Todos están en silencio esperando la respuesta correcta. El presentador me mira con cara de póker.

—Y la respuesta correcta es… ¡9450 kilómetros! Nuestro concursante ha ganado. ¡Increíble, increíble!

Escuchaba el aplauso atronador del público mientras me comenzaba a relajar. He ganado. ¡He ganado! Benditos estudios científicos.

—Debemos admitir que nos has sorprendido a todos. Tu respuesta no tiene nada que ver con los resultados de las dos encuestas. ¿Cómo lo has sabido?

He ganado, así que creo que puedo hacer pública la estrategia.

—Me he basado en las respuestas individuales de cada espectador en ambas encuestas. Si nos hacen una pregunta desconocida nuestra respuesta cambiara en cada encuesta, tratando de adaptarnos a la opinión del resto. Sin embargo, si sabemos estimar correctamente la respuesta no cambiaremos de idea, y en las dos encuestas diremos exactamente lo mismo. Porque sabemos la respuesta, nos da igual lo que opinen los demás.
Entre todo el público solo hay cuatro personas que no han cambiado su resultado, y sus respuestas dan números cercanos a 9532 kilómetros. No sé quiénes son esos espectadores, pero la confianza que tienen en su propia respuesta me ha ayudado a ganar, así que gracias.
—¿Cómo has pensado esta estrategia? —me pregunta el presentador con cara seria.
—Lo leí en un estudio científico. La inteligencia colectiva no siempre es mejor que nuestra inteligencia individual. En ocasiones es mejor aprovechar los conocimientos específicos de personas especializadas en un conocimiento concreto. Cuando surgió el concepto de inteligencia colectiva, se opinaba que la democracia era el mejor sistema para hacer uso de ella (por eso el programa se llama así), sin embargo, se ha comprobado que muchas veces todos podemos equivocarnos y dejarnos llevar por un error, como sucede en estas preguntas finales. Por ello, una democracia efectiva depende de que toda la población pueda tener acceso a una buena educación y favorecer diversas especialidades, y así podamos evitar cometer tantos errores.

Por ello, una democracia efectiva depende de que toda la población pueda tener acceso a una buena educación y favorecer diversas especialidades, y así podamos evitar cometer tantos errores

Tras una pequeña meditación y un aplauso del público pude recoger el premio. A partir de mi aparición en el programa, introdujeron una nueva norma: no se puede usar dos comodines en la misma pregunta. Supongo que hay ocasiones en los que fallar como población se convierte en un acierto para unos pocos.

Referencias

—Galton F. 1907. Vox Populi. Nature 75.
—Madirolas G, de Polavieja GG. 2015. Improving Collective Estimations Using Resistance to Social Influence. PLoS Comput Biol 11.

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