Ahogado en blanco

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Este texto corresponde al segundo premio del III concurso científico-literario dirigido a estudiantes de 3º y 4º de ESO y de Bachillerato, basado en la novela El viento de la luna de Antonio Muñoz Molina organizado por la Escuela de Máster y Doctorado de la Universidad de La RiojaEl día 20 de agosto publicaremos el primer premio. Mientras, también puedes disfrutar del tercer premio El árbol de la vida, de Josué Yarhui.

TEXTO POR MANUEL PADÍN
ILUSTRADO POR ÁNGELA ALCALÁ ALCALDE
ARTÍCULOS
ASTRONAUTA | BUZZ ALDRIN | CARRERA ESPACIAL | RELATO | VIAJE A LA LUNA
13 de Agosto de 2016

En la oscuridad de la habitación, el destello de un vaso de whisky me deslumbra. Huele a tabaco y yo estoy aquí, sentado en el suelo, en una esquina, recordando el viaje. Pienso que todavía sigo allí. Salgo de la nave y me veo abrazando la oscuridad, el blanco y la belleza de lo desconocido.
Solo han pasado dos semanas desde mi regreso. Apenas he comido. Me sigo alimentando de los recuerdos, tan frescos y a la vez tan lejanos. Bebo y fumo. Es una noche cálida, apacible, sin nubes. Al abrir la ventana, entra un fogonazo de luz, y se estrella ante mí un mar de luceros con uno mucho más grande, más luminoso, más... blanco.
Tengo que olvidar la radio y los periódicos: «Buzz Aldrin, segundo hombre en pisar la Luna; el Apolo 11 fue impulsado por un cohete Saturno V, desde la plataforma LC 39A; y lanzado a las 10:32 hora local del complejo de Cabo Kennedy, en Florida (Estados Unidos), el viaje se llevo a cabo sin incidentes destacables y la vuelta transcurrió de igual manera con normalidad. El viaje espacial resultó un éxito». Necesito recordar mi historia.
Miro a la Luna. Mañana será Luna llena, recuerdo. Me siento débil y anciano pero, con la Luna a mi lado, soy capaz de cualquier cosa. Intentaré revivirlo todo, el viaje a la locura. 

Corría el año 1966. Yo había terminado la carrera de ingeniería aeronáutica y, tras abandonar la Academia Militar de West Point, había pasado tres años en la Fuerza Aérea de los Estados Unidos de América, entrenándome como piloto. Tras esos años de formación, decidí participar en la Guerra de Corea donde viví la crueldad humana y la muerte en primera persona. Como extraviado, busqué otra alternativa. Decidí entrar en la NASA.
Por aquel entonces, la URSS era enemiga de EEUU y se libraba la mal llamada Guerra Fría. Fue de todo menos fría; fue cruel, encarnizada, caliente. Todos sentíamos un odio desmedido hacia los soviéticos. La guerra no se libró en la Tierra, sino en el espacio. Todo iba muy rápido. La carrera espacial enseñaría al mundo la nación triunfadora.
Los soviéticos habían sido los primeros en enviar un ser vivo al espacio. La tecnología avanzaba y ambas potencias pretendían tener en sus filas a los mejores profesionales, a los más brillantes hombres del espacio.
Ahí es donde entro yo, un joven prometedor con altas calificaciones y las aptitudes físicas necesarias. Era considerado uno de los futuros jóvenes astronautas americanos.
En mi casa me trataban como a un actor de cine que en poco va a alcanzar la fama y va a ser una estrella admirada por las masas. Mi familia estaba muy orgullosa de mí, pues yo había trabajado muy duro durante todos estos años para entrar a la NASA.
Pertenecía a una familia humilde, había nacido en Glen Ridge, Nueva Jersey, y había pasado la adolescencia en el modesto barrio de Royhull. Allí vivía gente corriente, feliz, sin muchas aspiraciones en la vida. No era un barrio rico ni mucho menos, pero se vivía bien. Teníamos una casa pequeñita, un adosado con jardín.
En el barrio me conocían como el astronauta, aunque no había participado por el momento en ninguna misión espacial. En el vecindario teníamos al lado a los Hoffstader, una encantadora pareja de ancianos que siempre me saludaba con admiración. Enfrente, nuestros amigos de toda la vida: los Collins, una familia numerosa con dos gemelos pequeños y dos hermanas mayores —una de mi edad y otra de dos años menos—. Ellas siempre me preguntaban cosas sobre los astronautas: cómo eran, qué comían, qué hacían
Los jóvenes de mi promoción, futuros astronautas, teníamos que soportar largas horas de preparación física, numerosos exámenes teóricos o realizar misiones terrestres, mientras el resto tripulaba en el espacio. Lo más duro era la presión brutal e indiscriminada que me hacía sentir como si tuviese un tanque de mil litros sobre mis hombros. Allí te formaban con las más altas exigencias y expectativas; tenías que ser el mejor en todo: el más rápido, el más listo y, sobre todo, el más resistente. Presión más presión. No podía fallar. Seré yo, seré yo. Algún día me verán en miles de hogares por la televisión y los niños me señalarán y dirán: yo de mayor quiero ser como él, yo quiero ir a la Luna.
Siguieron las misiones terrestres otro año más, y muy pronto empezaron las misiones en la Estación Espacial Internacional, donde yo ponía en práctica todo lo que había estudiado.
Llegó el mes de diciembre y comenzó la locura. Había un miedo generalizado a que los soviéticos se adelantaran en enviar su nave a la Luna. Eso sería una gran derrota. De esto nos enterábamos a través de algunos periódicos extranjeros, ya que todo se vivía con cierto secretismo.
Se aceleraron las misiones de aprendizaje en el espacio, los entrenamientos, las pruebas La nave ya estaba lista. Solo hacía falta que dieran los nombres de los seleccionados, los tres primeros hombres en viajar a La Luna.
Aquella noche de 1969 no dormí. Me sucedía a menudo por el dolor de los músculos que se hipertrofiaban en el espacio. Cuando me tumbaba, parecía que me estuvieran clavando afiladas dagas por todo el cuerpo. Tenía que aguantar. Pronto llegaría mi momento de gloria. Pero aquella noche no era el dolor lo que me impedía conciliar el sueño, sino el miedo a no ser elegido entre los tres tripulantes que viajarían en Junio en el Apolo XI a la Luna. Salí en pijama al rellano a que me diera el aire. Me senté en las escaleras que daban a la puerta de mi casa. Era enero, todavía había temperaturas gélidas, pero no tenía frío, tampoco calor. No sentía nada; solamente veía mi sueño allí arriba, tan lejos y a la vez tan cerca.
Al día siguiente desayuné rápido, me vestí con nerviosismo y me fui. Llegué antes que de costumbre a las oficinas de la NASA y allí, delante del panel informativo, vi cómo se agrupaba un conglomerado de personas frente a una lista. Me conseguí hacer un hueco y me planté frente al folio con los nombres y el sello de la NASA. Mis ojos buscaron impacientes mi nombre entre los tres primeros puestos, pero no conseguía ver nada. Al final lo vi, «Buzz Aldrin» allí estaba.
Fueron treinta segundos de incomprensión, seguidos de varias horas de euforia. Me quedé de pie, gritando y llorando por dentro, sonriendo a aquellos que me saludaban y felicitaban por ser uno de esos tres hombres que viajarían a la Luna.

Ya es de día. Tengo los huesos fríos y los músculos entumecidos. He pasado toda la noche en mi habitación, recordando, soñando despierto. Todavía me queda más whisky y mucho tabaco, y el blanco tan blanco me ciega. Tengo que seguir reviviendo aquello para no perder el juicio.

Frente a aquel folio, la presión se colgó de mis hombros y empezó a hundirme en la Tierra. Me dejó allí, clavado. Apenas podía mover los brazos o levantar las piernas. La gravedad parecía haber aumentado escandalosamente. Estaba bloqueado. Demasiadas emociones. Aquello iba muy rápido. Había alcanzado mi meta, iría a la Luna.
Cientos de ensayos, pruebas, lecciones No llegaba el día. Me despertaba por las noches con una piedra en el estómago, con una soga que me estrangulaba y no me dejaba respirar.
Tres semanas antes del lanzamiento, comenzó la carga de queroseno tipo RP-1 en la primera etapa del Saturno V, un trabajo que terminó seis días después. El 15 de julio, ocho horas antes de la hora prevista para el lanzamiento, y para evitar pérdidas por evaporación, se procedió al bombeo de oxígeno e hidrógeno líquido en los tanques de las tres etapas del cohete.
La semana anterior tuve que irme de casa y decir adiós a mi familia. En el vecindario me despidieron como a un héroe.
A mis dos compañeros, Neil Armstrong y Michael Collins, les conocía desde hacía varios años y siempre había mantenido una buena relación con ellos, sin embargo parecían fríos y distantes. Aquella misión era mucho más que un gran paso para la ciencia. Yo tenía que seguir adelante. Y siempre lo hacía con una amplia sonrisa, muy bien fingida, pero que no era más que una máscara. Llegó el gran día. Fuimos llevados a la nave mientras el ordenador del Complejo 39 realizaba las últimas comprobaciones y verificaba todos los sistemas.
El espacio era peligroso, no se podía improvisar, un mínimo despiste te costaría la vida y te quedarías allí, flotando en el vacío del espacio o hecho cenizas.
Esperaba en el silencio, envasado dentro del traje, ese rugir que me levantaría en el aire y que me haría sentirme vivo. Adrenalina y pánico momentáneo. Empezaba la cuenta atrás: diez nueve ocho —calentando motores— siete seis cinco —comienza a temblar la nave— cuatro tres dos uno… La nave abandonó la rampa de lanzamiento y comenzó a subir. La velocidad me impedía moverme. A 40 000 km/h solo puedes poner la mente en blanco y concentrarte en respirar: inspirar, espirar, inspirar, espirar .

Doy una calada. Cierro los ojos y viajo hasta las estrellas. ¿Para qué ir a la Luna si podemos soñar con pisar su suelo? Soñar es nuestra arma más poderosa. Hay quien dice que antes de nosotros, la primera persona en ir a la Luna fue Julio Verne.

Rompí a llorar en silencio. Me imaginé ahogado en la escafandra entre lágrimas. Nadie me vio ni me escuchó. Las ciudades parecían de juguete y los grandes océanos azules soolo un charco, un mar de lágrimas. Pasaron las horas y esa vista de la esfera azul posada sobre la nada me hipnotizaba. Yo, un pequeño ser viviente formado por polvo de estrellas, recubierto de una coraza blanca, en medio del espacio, envuelto por la oscuridad, una oscuridad llena de misterio, tan amplia, tan siniestra, tan bella. En medio de esa masa oscura y densa, un pequeño alfiler se movía a unos 28 000 km/h y se dirigía hacia esa gran canica blanca. 

Siento ahora, mirando por la ventana, un escalofrío. Me doy cuenta de que íbamos en búsqueda de nuestra naturaleza. Para eso estábamos allí, en medio del océano de estrellas, navegando entre asteroides, por la ciencia, para descubrir la verdad, la bondad y la belleza del Universo. A veces se nos olvidaba. Debíamos realizar un largo viaje, muchos, frustrados y erróneos. Y eeste era uno de ellos.
El hombre viaja a oscuras.

El peso que llevaba conmigo, esos mil litros que soportaban mis hombros, esa enorme presión se fue de golpe. Comencé a flotar en la nave. Esa sensación de ingravidez me hizo respirar de otra forma, incluso sonreír, pero sonreír de verdad. Sonreía y miraba al espacio, tan negro, y yo tan blanco, tan feliz, tan libre. El espacio me absorbía, y yo le dejaba pasar. Una vez dentro de mí, ya no podría volver a pisar la Tierra, necesitaría seguir flotando.
Como una droga, quieres ir más arriba, olvidar los problemas, salir en busca de la felicidad perdida, viajar a otro planeta y olvidar. Y cuando me vi allí, tan solo y tan libre, concebí, por vez primera, mi naturaleza, la función de mi ser. Sentado, mirando por aquellas ventanillas triangulares, rígido, como petrificado junto a mis dos compañeros , me había arrancado la máscara de héroe para ponerme la escafandra y, allí, en el anonimato más célebre, lloré, reí, soñé.

 No he comido. Son las cuatro y sigo en mi habitación, en la penumbra. Bebo un trago. Todavía me dura la resaca del viaje lunar y no creo que se vaya a ir en mucho tiempo. Intento imaginarme aún libre, flotando por el espacio, sin dolores ni preocupaciones. Sigo bebiendo. Alcanzo un segundo de felicidad, y luego me veo tumbado y vuelvo a recordar.

 Ya se avistaba el cráter, el Mar de la Tranquilidad. Los nervios a flor de piel. Últimas transmisiones. Saltó primero Neil. Había soñado tantas veces con ese momento. Colocaría un pie y luego otro, pondría los dos pies en la Luna y disfrutaría del contacto con ese suelo inerte.
Abrí mucho los ojos. Bajé las escaleras, degustando cada segundo. Miles de televisores, millones de personas y miles de millones de estrellas me contemplaban en aquel momento. Deseaba absorberlo todo: la belleza del contraste, lo ominoso del universo contra la blancura, hermosa en la Luna y estridente en mi traje.
Salté al vacío. Palidecí y olvidé, por un momento, todo lo demás. Blanco, más blanco, ojos blancos, cara blanca, Luna blanca, mente en blanco. Incrédulo miré al suelo. El blanco tan blanco mordía mis pies tan sucios. Estaba pisando la Luna. Todas las estrellas me estaban mirando. Yo lo sabía. Las saludé. Tan antiguas y tan hermosas. Mareado, traté de aferrarme a algo, pero allí no hay nada, no hay horizonte conocido. Estaba yo solo, desnudo en ese traje y me sentía tan ridículo, tan artificial y a la vez tan salvaje, en busca de algo sobrenatural que explicara mi propia existencia, mi fugaz presencia.

 Sonrío en la soledad de mi cuarto y me veo allí arriba. No eres nadie. La oscuridad te atrapa. Piensas en el Big Bang y afinas el oído, quieres escuchar los quejidos del Universo, los gemidos del parto que han perdurado millones de años. Ya no quieres recibir órdenes. Y entonces piensas en Dios, y te vienen en pocos segundos miles de imágenes a la cabeza. Tratas de luchar contra una corriente, un viento de cobardía que te hace flaquear. Desde tus piernas un temblor te sacude. Estás en la Luna, en medio de la nada, de la noche, sin un cielo azul, sin nadie querido a tu lado. Siempre estuviste solo. Intentas aferrarte a un horizonte de esperanza. Te prometes no volver a subir al espacio; no lo cumplirás. Es una adicción muy fuerte ver las estrellas; y sentirte enano. Puedes recaer, pero no dejarlo. Te crees que lo controlas, mientras tiemblas de miedo ante la Naturaleza, mientras disfrutas de la belleza del mágico momento, histórico, terrible. Eres el primero en estar allí. Recuerdas cuando eras pequeño. Recuerdas esa pradera de nieve blanca sin pisar que viste, y a la que te encaminaste decidido, corriendo. La nieve era tan perfecta, nieve virgen, y tú fuiste a pisarla, con ansia por ver y descubrir: ambición inquieta. Hoy miras tus pies sobre esa nieve blanca que fue virgen y tú flotando, tu mente vuela, ya no forma parte de ti, y quieres llorar de la alegría o del miedo que sientes, no sabes muy bien por qué. El espacio te ha atrapado. ¿Cómo volver a la tierra? Ya no puedes. Piensas en aferrarte a la bandera que ondea, y no volver nunca. Pero luego piensas en tus seres queridos y la cabeza te da vueltas y todo da vueltas, y la tierra ahí delante, dando vueltas. Y sonríes porque nadie puede saber todo lo que pasa por tu mente, nadie sabe nada de ti, aunque te estén viendo millones de personas por la televisión. No pueden ver tu cara, excitada, enganchada a esa droga. Ya no podrás dejarlo, la recaída será grande; la dosis ha sido inmensa. No hay vuelta atrás. Por eso tengo que volver al pasado. Hoy recuerdo cada estrella, recuerdo cada parte de la nave en la que viajé; recuerdo y tengo miedo de no recordar.
El hombre es un ser sediento de luz. Entre tanta oscuridad necesita luz, claridad, necesita contemplar la belleza. Y así, a base de fogonazos de luz, avanza la especie. Ahora empieza a oscurecer. Oscuridad. Seguiré recordando.

Estaba allí, en la Luna. De forma automática, comencé a cumplir las órdenes: tomé muestras del terreno e hice lo que tanto había estudiado, revisado y escuchado , y luego nada. Miré a Neil y supe que él estaba igual, liberándose y viviendo unos minutos que eran la píldora, la dosis necesaria para no ahogarse.
Me ordenaban que volviera a la nave. Allí estaba Michael. Había que regresar a la Tierra. Seguí caminando sin pensar en nada, se me caía el mundo a los pies. Lo habíamos logrado. Pero volvíamos. Se había acabado. Fue más que suficiente, demasiado, muy poco. Todo o nada. No encontraba sentido al Universo, y eso me mantenía en pie.
Delante de miles de televisiones, millones de ojos; delante de mí, miles de millones de estrellas. Me despedí de ellas con la mano y prometí no volver a subir al espacio.

 Hoy, en la oscuridad de mi habitación, sé que eso es imposible. Lo necesito. Si no, me extinguiré, me apagaré como un fuego, me haré cenizas, como este cigarro entre mis manos.

 Llegamos a la Tierra. Salí de la nave. Mis ojos buceaban en aquel mar de luces, como el mar de estrellas, solo que esta vez eran flashes. Cientos de cámaras, miles de personas. Qué enorme tristeza. Probé a saltar. Al despegar mis pies del suelo, cerré los ojos, esperando flotar en el aire, pero caí de inmediato. Sentí dolor y amargura en mi pecho. Mis sentidos estaban apagados, mi mente exhausta. Después de tanta inmensidad, tanta banalidad. Y los vi a todos, mortales como yo: periodistas, familiares y desconocidos que habían viajado desde muy lejos. Ninguno se hacía a la idea de lo que había ocurrido, de lo que habíamos vivido realmente. Ellos se quedarían con la noticia vaga y lejana, y todo seguiría igual, o casi.

 Ya no me interesa nadie, no pienso salir más que para volver a lo alto, quiero volver a hablar con las estrellas, volver a pisar la canica blanca y sentir la belleza, y sentirme girando, y sentirme pequeño. Y me miran todos y yo no hablo, solo sigo en este sueño, y me meto en mi cuarto, me voy a la cama para no dejar de soñar nunca.
Miro a la Luna, ayer tan blanca y hoy tan perfecta. Llevo dos días viviendo y recordando el pasado. No puedo dormir así que sigo bebiendo más whisky. Es Luna llena y me deslumbra ese blanco tan blanco. Asoman un par de nubes temerosas en el cielo y brillan con fiereza las estrellas, y yo con ellas; un solo ser. Quiero abrazar la Luna, pero ella tan arriba y yo tan abajo. Lloro, como lo hice en el envasado silencio de la escafandra mientras subía muy rápido. Lloro, pero sé que estoy cayendo en picado, ¿hacia dónde?
He bajado del cielo como un ángel. Pensar en subir al cielo es fácil, y subir no es imposible. Pero cuando has subido y bajas, ya no sabes vivir en este mundo. Primero la presión, luego la liberación de la ingravidez y ahora el vacío.
Mis sentidos están apagados, anestesiados, esperando sentir la belleza de la oscuridad del espacio. Ahogado en este vacío, no quiero levantarme de la cama, solo soñar que vivo allí arriba.
Me ahogo. Me pesan las piernas, los brazos, los párpados. Me ahogo en whisky y en el humo del tabaco, me ahogo entre suspiros al recordar el blanco tan blanco y la oscuridad que me estremecía al mirarla a la cara, me ahogo al no respirar y me ahogo al respirar. Sigo mirando a la Luna tan redonda, tan blanca; hoy es Luna llena. Me vuelvo oscuro, tengo que volver allí arriba. Si no, me ahogaré.
Si pudiera empezar de nuevo flotar, luz, blanco...
Por favor, que me apago.

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