Saltos

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Gregorio Samsa despertó aquella mañana, luego de un sueño agitado, en un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme. Es lo primero que lee un joven de su recién estrenado libro y no, no puede ser cierto. Se frota los ojos. Piensa que tiene que concentrarse más cuando lee. Repasa la frase de nuevo. Gregorio Samsa despertó aquella mañana, luego de un sueño agitado, en un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme. La frase sigue ahí, así que no es él, por lo que debe ser una errata. Quiere continuar pero ya no se fía de un libro que comienza con una frase errónea, así que decide devolver el libro al centro comercial lo antes posible, no vayan a acusarle de ser de esos que usa un ticket de compra como un carnet de biblioteca.

TEXTO POR LUCAS SÁNCHEZ
ILUSTRADO POR LAURA WÄCHTER
ARTÍCULOS
ADN | GENES SALTARINES | LIBROS
18 de Agosto de 2016

Cuando llega a la sección de libros del centro comercial, le cuesta encontrar el final de la cola de devoluciones. Siguiendo la fila, se da cuenta de que termina situado cerca de donde empieza la zona de atención al cliente. Apoyando el bolso en el mostrador, una chica universitaria le subraya a un chico con uniforme del establecimiento las primeras páginas de un libro, leyendo despacio y con énfasis las palabras: «Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía empezaba a estar harta de seguir tanto rato sentada en la orilla, junto a su hermana, sin hacer nada». El chico asiente con la cabeza con hastío, pasa su tarjeta, le devuelve el dinero y lanza el libro a una caja cuya etiqueta reza «devoluciones». Prácticamente no habla con ella. Solo dice algo cuando ve pasar a un compañero y es para pedirle de malas maneras un relevo; tiene que avisar de lo que está ocurriendo a la distribuidora.

En ella, ya son demasiadas las cajas que se apilan con libros inexplicablemente defectuosos. El encargado suda al teléfono hablando con el empleado del centro comercial. «No son erratas, son inserciones de frases en algunos libros, desapariciones de texto en otros. Son los principios de las novelas, bueno, al menos parece que son en los principios, ningún cliente ha llegado a leerse un libro defectuoso entero…». En la distribuidora, que tampoco tienen tiempo para examinar mucho más el género, ya se habían dado cuenta de ese patrón. Y también que no tiene nada que ver con las editoriales, ni con las imprentas. Parece que está ocurriendo en un porcentaje bajo de libros de procedencia totalmente aleatoria. Sea como fuere, empieza a ser un problema grave, porque cada vez suenan más teléfonos. Y, a este ritmo, como llegue otro camión lleno de devoluciones se va a tener que quedar parado porque en el almacén ya no caben más libros. Y es que solo ha salido un camión con ejemplares defectuosos, y fue anoche, en dirección a la Real Academia Española.

En ella, el café y las ojeras son los protagonistas. Un académico apunta frases en pizarras correderas y apura la cuarta pizarra con un: «La risa mata el miedo y sin el miedo no hay lugar para Dios. Todos tenemos dentro el cielo y el infierno». Otro se levanta y dice: «está por un lado la aleatoriedad de los principios, pero sin duda, el contenido y la temática tienen algo que ver. Si no, señores, comparen este último ejemplo con el número 42: Nos enamoramos simultáneamente, de una manera frenética, impúdica, agonizante. Hicimos el amor. Hicimos el amor en medio de la tristeza. Hazte digno del amor y este vendrá». «Lolita, La máquina de follar y Mujercitas, ¡son libros que ni siquiera yacen juntos en las estanterías!» Otro académico de cejas pobladas y fruncidas afirma que por ahora las negritas no tienen nada que ver, ni las cursivas tampoco. Los puntos y seguido parecen una zona caliente de saltos, aunque con las comas también ocurre. El último ejemplo sugiere que igual son las palabras «hacer» y «amor». Claro. Igual son las palabras. ¿Cómo no van a ser las palabras? Pero ¿y si no son solo las palabras? Ante la duda, se llama a compañeros de la Real Academia de Ciencias Exactas y Naturales, que cargan a dos jóvenes becarios con cajas llenas de libros para analizar en el laboratorio.

En él, y tal y como se espera de un laboratorio, los investigadores visten bata y mascarilla y gafas de protección. Una joven lee en voz alta en una hoja arrancada: «Todas las familias dichosas se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera y si soy el mayor de los pecadores, soy también la mayor de las víctimas». Al mismo tiempo, un chico apunta la frase en su cuaderno de laboratorio. Ella dobla el folio varias veces sobre sí mismo hasta alcanzar el tamaño necesario para introducirlo en un tubo de plástico de 50 mililitros. Un líquido transparente de color rosado digiere las células del papel, que luego se deshacen y desnudan su información genética al pasar por secuenciadores, grandes aparatos que analizan su contenido genético letra a letra. En palabras de la periodista enviada especial «Con ello se intenta buscar trazas de algún ADN que no pertenezca al mundo vegetal y que explique el fenómeno. Por ahora, ni rastro de otro tipo de materia orgánica que no sea la muerta que sostiene las letras de los libros».

Al otro lado del telediario vuelven a un plano general y la presentadora dice el único palabro que se le permite y que se nota que quiere poner de moda: transposones. «Los científicos afirman que en nuestro ADN, entre nuestros genes, sí se ha demostrado que hay algo similar y que se conocen como genes saltarines. Frases de código genético que cambian de sitio y alteran el significado de lo que somos». Tras la frase redonda «de lo que somos» aparece un primer plano de un investigador sénior que afirma que «dichos genes están entre nuestro ADN desde hace miles de millones de años, y que si uno de esos genes salta y se mete en otras zonas que…» y un montón de palabras más hasta llegar a «enfermedades», palabra que, como si se hubiera pronunciado con pólvora, retumba en los salones de miles de casas donde familias cenan reunidas alrededor del televisor. Inmediatamente, la gente mira con asco a los libros de la estantería que rodea al aparato. ¿Podrían los libros infectar a los humanos? o peor ¿podrían infectar al televisor? Nadie lo sabe, pero, sea como sea, seguro que ya es tarde. El siguiente corte antes de la publicidad se llena de presidentes de gobiernos afirmando que, «gracias a Dios, dichos cambios no se han producido en documentos oficiales». Los matemáticos desmienten que haya ocurrido en ninguna fórmula y, en principio, los libros digitales también están a salvo. Parece, entonces, un problema único y exclusivo de la narrativa en papel. En las bibliotecas, convertidas ahora en salas blancas, se aceleran los trámites para digitalizar los incunables. Solo personal restringido y que no haya pisado una librería o biblioteca pública en los últimos cuarenta días puede acceder.

El joven escucha lo que queda del telediario con los ojos abiertos y las llaves en la mano. Nadie le ha escuchado entrar en la casa, a pesar del portazo. Se mira a las manos y piensa en lavárselas, aunque se quita la idea por estúpida de la cabeza. Marcha hacia su cuarto antes de que le pregunten nada. Se tira boca arriba en la cama y se lamenta por haberse deshecho del libro. Repasa la frase en su cerebro: Gregorio Samsa despertó aquella mañana, luego de un sueño agitado, en un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, mientras piensa en la caja de devoluciones del centro comercial.

En la caja, que ha pasado por una librería, una distribución, la RAE y un laboratorio, al otro lado de las frases, Sancho Panza se frota los ojos. No puede creer cuanto sus ojos le muestran. Gira la cabeza para mirar a Don Quijote, quien le devuelve una mirada perdida por la enajenación, pero llena de orgullo al saberse, durante un instante, el cuerdo del cuento. Acto seguido, los dos cabalgan hacia los molinos, entre los que yace una gigantesca cucaracha.

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