El sueño de Dmitri Mendeléiev

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Los copos de nieve que chocaban contra el cristal de la ventana embellecían todavía más el paisaje de aquella tarde de febrero de 1869 en San Petersburgo. Sin embargo, los ojos del profesor, acostumbrado a los climas extremos de su Siberia natal, estaban inmersos en cada una de las cartas que tenía dispuestas sobre el escritorio.

TEXTO POR MANEL SOUTO
ILUSTRADO POR CLARA LÓPEZ
ARTÍCULOS
MASA ATÓMICA | MENDELÉIEV | QUÍMICA | TABLA PERIÓDICA
25 de Agosto de 2016

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En cada una de aquellas fichas había anotada la masa atómica y las propiedades físicas más representativas de cada uno de los cincuenta y seis elementos químicos descubiertos hasta el momento. Durante sus viajes en tren por toda Rusia se había acostumbrado a entretenerse barajando, agrupando y organizando todas aquellas cartas de distinta manera, como si de un solitario juego se tratase, en busca de un patrón oculto que resolviese aquel crucigrama imposible. Ahora había ordenado de nuevo los elementos de menor a mayor masa atómica pero continuaba sin encontrar la pieza que completase aquel rompecabezas, un nuevo tipo de clasificación que agrupase los elementos según la similitud de sus propiedades. Sus ojos subían y bajaban una y otra vez por la hilera de cartas hasta que de repente notó algo que le produjo una extraña excitación. Se dio cuenta de que ciertas propiedades se repetían en algunos de los elementos en intervalos más o menos regulares. Dio un pequeño sorbo al vaso de vodka que reposaba sobre la mesa y se fijó en que aquel patrón que había observado parecía desaparecer al continuar la serie. No tenía la menor duda de que se encontraba cerca de un gran descubrimiento que todavía no acababa de comprender. Derrumbado por el agotamiento tras un duro día de trabajo, reposó su enmarañada cabeza entre sus brazos y se dejó vencer por el sueño hasta quedar profundamente dormido.

Al abrir los ojos se encontró solo y desubicado en un oscuro jardín donde la hierba parecía dibujar una inmensa cuadrícula bajo sus pies. De repente, el jardín se iluminó y desde el cielo comenzaron a caer de forma regular enormes bloques de colores que representaban cada uno de los elementos con los que vivía obsesionado. Primero, cayeron el hidrógeno y el litio, que se situaron próximos el uno del otro, y a continuación, se formó una nueva columna con los elementos berilio, boro, carbono, nitrógeno, oxígeno, flúor y sodio. Percibió cómo este último se ubicaba a la misma altura que el litio. Había por fin encontrado la periodicidad que tanto ansiaba y entendió la relación que guardaba con la valencia de los elementos, tal y como había intuido su subconsciente. Las propiedades se repetían cada ocho elementos del mismo modo que las notas musicales en las distintas escalas. Contempló entusiasmado cómo el resto de los elementos continuaban encajando de forma perfecta hasta completar un hermoso mosaico de colores bajo sus pies. También observó que algunos de los bloques ya colocados albergaban un interrogante que predecía la posición de elementos todavía por descubrir. Sin duda alguna, había asistido a la obra de arte más bella que jamás habría podido llegar a imaginar.

Al despertar, Dmitri Ivánovich Mendeléiev, todavía tembloroso por la revelación de su sueño, buscó a tientas un trozo de papel donde anotar todo lo que había soñado. 

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