Érase una vez una estrella

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Érase una vez una estrella normal que estaba en una galaxia normal. Nadie le prestaba atención, ni siquiera sus hermanas, las estrellas que habían nacido en la misma nube de gas que ella.

TEXTO POR JORGE BUENO
ILUSTRADO POR ULISES MENDICUTTY
ARTÍCULOS | PRINCIPIA KIDS
ASTRONOMÍA | ESTRELLAS | GALAXIAS | NEUTRINOS | RADIOTELESCOPIO
12 de Septiembre de 2016

Pensaba que nunca sería conocida, que nadie sabría cómo había nacido ni cómo había vivido. Aun así, seguía viviendo su vida de la única manera que sabía hacerlo: liberándose de la energía que se producía en su interior.

Se liberaba de la energía de varias maneras. Por un lado emitía luz. Tenía muchas esperanzas puestas en la luz que emitía y en que —con un poco de suerte— alguien la viera y la descubriese.

Pero nadie la veía.

Notaba que cada vez estaba más sola. Hasta el polvo y el gas que había a su alrededor, los restos de la nube que la habían visto nacer, se alejaban de ella. Un día supo por qué era así. No lo veía pero también estaba emitiendo una luz invisible. Se llamaba luz ultravioleta. Era una luz con tanta energía que no se podía percibir. Esto la entristeció porque pensó que quizás fuese culpa suya que nadie quisiera estar cerca de ella por emitir esa luz ultravioleta. Pero no podía hablar con otras estrellas y preguntarles si no querían estar con ella porque las asustaba.

Un día, se puso a mirar en su interior y vio que, además de luz, había unas pequeñas partículas que salían disparadas hacia el exterior. Atravesaban todo su cuerpo, casi sin chocarse con nada y a una velocidad endiablada. Quería hablar con esas partículas llamadas neutrinos, pero parecía que estos solo querían marcharse y abandonarla. Se puso más triste todavía. Nadie quería estar con ella.

«¿Qué es lo que hago mal? ¿Por qué nadie quiere estar conmigo?, se preguntó».

Observó que otras estrellas vivían en pareja. Muchas se reunían en grupos muy grandes y viajaban juntas por la galaxia. Otras habían cogido parte del polvo de la nube en la que habían nacido y habían formado rocas que giraban a su alrededor que las acompañaban durante toda su vida. Las rocas se llamaban planetas. Tenía envidia de las estrellas con planetas.

En uno de esos planetas, muy muy lejos de ella, había ocurrido una cosa muy curiosa. Parte del gas que había en la nube en la que nació la estrella a la que envidiaba se había unido. Átomos de carbono, oxígeno, hierro, fósforo y muchos más se habían juntado para crear algo que se llamaba vida. Pasó el tiempo y la vida evolucionó en ese planeta hasta que se formaron unos seres que se llamaron humanos.

Mucho tiempo después, nació un ser humano nuevo y muy especial. Era una niña. Se llamó Paula. La niña creció y una noche sus padres la llevaron de acampada. Paula había pasado el día corriendo y riendo. Cuando llegó la noche sus padres intentaron acostarla pero ella no quería. Prefería seguir corriendo y riendo. Salió de la tienda de campaña y como no había luz no vio por donde iba, tropezó y se cayó. Se hizo daño pero cuando iba a empezar a llorar miró hacia arriba y las lágrimas se secaron inmediatamente. Se quedó maravillada con lo que vio. Muchísimos puntos de luz brillaban sobre su cabeza. Nunca los había visto. En la ciudad, sus padres no le permitían salir a la calle por la noche y desde su ventana las luces no le dejaban ver esos puntos de luz tan asombrosos. Sus padres se acercaron y vieron que estaba embobada mirando al cielo.

—¿Qué son esos puntitos? —le preguntó a sus padres.
—Son estrellas.
—¿Y cuantas hay?
—¡Muchas! Incluso hay estrellas que no se pueden ver.

Desde ese momento, Paula decidió que se iba a dedicar a saber cuántas estrellas había en el cielo. Quería saber más sobre las estrellas: las que se ven y las que no.

Paula creció y estudió mucho. Tuvo que hacer un gran esfuerzo pero finalmente lo consiguió: se convirtió en astrofísica para poder estudiar las estrellas.

Una noche, mientras trabajaba observando el firmamento, apuntó su telescopio hacia el lugar donde estaba la estrella solitaria con la que nadie quería estar. A través del telescopio no vio nada pero ella intuía que allí tenía que haber estrellas.

—A lo mejor es que hay algo entre las estrellas y yo que no deja que la luz llegue hasta el telescopio.

Habló con su jefe y le dijo que quería observar ese recóndito lugar en busca de algún tipo de luz invisible. Su jefe aceptó y le dijo que pidiera a las personas que habían enviado un telescopio al espacio, y que podía ver la luz invisible ultravioleta, que lo apuntaran hacía ese lugar para ver si había alguna estrella allí y ella tenía razón. La luz ultravioleta de las estrellas de aquella zona no llegaba a la superficie del planeta donde vivía Paula porque la atmósfera, que necesitaban para respirar, no dejaba que la luz llegara y por eso había que utilizar telescopios que estaban en el espacio, fuera de la atmósfera de la Tierra.

Paula habló con las personas del telescopio espacial y les pidió que lo apuntara hacia allí. Unos meses después recibió las fotografías que había hecho el telescopio. Las revisó con nerviosismo y descubrió en ellas un puntito de luz que nadie había visto antes. ¡Había descubierto una estrella!

Mientras tanto, ajena a su propio descubrimiento, la estrella seguía pensando en lo sola que estaba y que nadie la vería jamás. Cada día estaba más triste.

Pero Paula escribió y publicó un artículo que cayó en manos de unos científicos que estaban trabajando con un telescopio que podía ver esos veloces neutrinos del interior de la estrella. Gracias al artículo de Paula comprobaron si en sus datos tenían neutrinos que vinieran desde ese lugar y ¡eureka! los encontraron y enviaron a Paula.

Paula, mirando los datos que le habían enviado, habló con los neutrinos:

—Amigos neutrinos, ¿conocéis la estrella de dónde venís?
—Sí, la conocemos. Es una estrella que está muy triste porque está sola y nadie la ha visto nunca.
—Pero, ¡yo sí la he visto!

Paula quería decirle a la estrella que no estaba sola, que ella la había visto y que desde entonces nunca más estaría sola. Además, todos la conocían porque ella la había descubierto y se lo había dicho al mundo.

No sabía qué hacer. Paula, pensando en la solitaria estrella, se puso también muy triste.

Pasó el tiempo y Paula empezó a trabajar con un radiotelescopio que ve las ondas de radio que se emiten desde las estrellas y las galaxias y entonces encontró la solución. Con el radiotelescopio le enviaría un mensaje de radio a la estrella diciéndole que ella la había visto y que se lo había dicho a todos.

Apuntó el radiotelescopio hacia la estrella y le envió el mensaje.

Mucho tiempo después, la estrella notó una vibración. ¡Era el mensaje de Paula que acababa de llegar!

Hola estrellita. Me llamo Paula. Cuando era niña me di cuenta que el cielo era asombroso y quise saber cuántas estrellas había en él. Por eso estudié mucho: quería saberlo todo sobre el cielo. Y lo conseguí. Así que un día apunté mi telescopio hacia un lugar en el que no había estrellas. No te vi pero sabía que estabas ahí, escondida. Utilicé un telescopio espacial y logré verte. Luego hablé con los neutrinos que habían salido de ti. Me dijeron que estabas muy triste y que habías intentado hablar con ellos. Ellos no podían hablar contigo porque tenían mucha prisa. Siempre la tienen. Pero te escucharon y vinieron a contármelo. Ahora te mando este mensaje para que sepas que te he visto y que no estás sola. Yo te descubrí y en mi planeta todos te conocen. No estés triste nunca más, siempre estaré contigo y tú con nosotros.

La estrella escuchó el mensaje y sonrió, emitiendo una enorme cantidad de energía, sabiendo que nunca más estaría sola.

 

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