La escala Glasgow

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Me he alejado todo lo posible atravesando la fría noche, sin abrigo y con el móvil fuertemente agarrado en la mano derecha, moviéndome de forma torpe y con pasos descoordinados. La cara me sangra, me duele muchísimo el cuello, me siento mareado y oigo raro, como si se me hubieran taponado los oídos. Nunca hasta ahora había tenido tal urgencia de alejarme de algo. No creo en ninguna divinidad, no espero escuchar ninguna voz que me ayude a salvarme pero reconozco que he pensado durante unos segundos que necesitaba un verdadero milagro. Por supuesto, no ha sucedido nada sobrenatural. Han sido mi instinto de supervivencia y la adrenalina las que han hecho su trabajo para ayudarme a escapar del posible peligro y moverme hacia un lugar más seguro.

TEXTO POR SILVIA MIELGO GALLEGO
ILUSTRADO POR LUCÍA GÓMEZ ALCAIDE
ARTÍCULOS
GCS | MEDICINA | NEUROCIENCIAS
26 de Diciembre de 2016

He conseguido alejarme del amasijo de hierros y subir el terraplén hasta arriba de la carretera. Me he colocado en un lugar en el que no pudiera correr peligro y desde el que, por fin, tuviera cobertura y pudiera pedir ayuda. Miro un cartel que me indica cerca de dónde me encuentro… ¿Glasgow? ¿Qué son esos susurros? Glasgow… escucho, de nuevo. Y de repente, despierto. 12 puntos en la escala de Glasgow, escucho más nítido decir a los médicos.

Esa noche tuve un accidente de coche, me salí de una carretera comarcal, con la suerte de colisionar contra unos arbustos bajos y no contra los pinos que se encontraban justo al lado. Si hubiera impactado contra los árboles, ahora mismo ya no estaría aquí. La vía estaba helada y tuve que hacer una maniobra brusca perdiendo el control del vehículo. En ningún momento pude salir por mi propio pie. ¡Todo ha sido un sueño! Mientras estuve inconsciente, los pasajeros de un coche que circulaban detrás avisaron a emergencias y una ambulancia me trasladó al hospital.

En varios momentos, los sanitarios tuvieron que comprobar mi nivel de conciencia y para establecerlo, de forma sencilla y rápida, usaron la escala de coma de Glasgow (ECG), en inglés, Glasgow Coma Scale (GCS).

Esta escala fue desarrollada en 1974 por Graham Teasdale y Bryan Jennett, dos neurocirujanos del Instituto de Ciencias Neurológicas de la Universidad de Glasgow (Escocia), institución que era líder mundial en la investigación de lesiones cerebrales y atención clínica. En los 70, ya existían diversas escalas de clasificación del coma pero todas presentaban problemas: o eran tan simples que no eran útiles, o tan complejas que no se podían memorizar fácilmente.

Para solucionar esas complicaciones, Teasdale y Jennett lo que hicieron fue emplear términos sencillos que en momentos de urgencia incluso pudieran ser entendidos por observadores no especialistas y eliminaron, lo máximo posible, el componente subjetivo. La GCS fue el resultado de dos estudios internacionales que se desarrollaron en hospitales de Glasgow, Rotterdam, Los Ángeles, Nueva York, San Francisco, Newcastle y algunas zonas de los Países Bajos.

Del hospital de Glasgow donde trabajaban se extendió su uso a otros centros hospitalarios del Reino Unido y hoy en día, la GCS es parte fundamental de la práctica clínica en todo el mundo.

La escala cuantifica tres parámetros: la apertura ocular, la respuesta verbal y la respuesta motora. A cada aspecto correspondiente a esos tres parámetros se les asigna un valor numérico y se suman para obtener una única medida (entre 3 y 15 puntos). Por ejemplo, justo cuando me desperté, mi apertura de los ojos se dio cuando la enfermera me habló (al estímulo verbal: 3 puntos), mis respuestas hablando eran confusas (4 puntos) y era capaz de localizar dónde me dolía (localizar el estímulo doloroso: 5 puntos).

La escala de Glasgow está, en principio, pensada para adultos pero también se usa en el ámbito pediátrico aunque modificada. Los lactantes y niños pequeños no hablan así que lo que varían son los parámetros a la respuesta verbal. En estos casos se tiene en cuenta si los niños balbucean, tienen un llanto irritable consolable, un llanto al dolor, quejidos al dolor o hay ausencia de cualquier sonido.

Cierto es que cuenta la subjetividad del profesional que te atienda (puede haber variaciones de hasta dos puntos en el diagnóstico) y de los obstáculos en el examen como la pérdida de audición del paciente, que no hable el mismo idioma, que haya tomado drogas o que esté bajo los efectos de estar intubado o bajo sedación. Pero aun así se sigue considerando un instrumento útil para el triaje previo a la hospitalización, para establecer el pronóstico de una lesión neurológica y para predecir la mortalidad intrahospitalaria.

En 2014, cuarenta años después de su descripción, la escala fue objeto de una revisión en la misma revista científica, The Lancet Neurology. El artículo contenía los resultados de una encuesta que mostraba que el GCS está en uso por profesionales sanitarios en ¡más de 80 países! Además, con motivo del cuarenta aniversario se lanzó una web oficial en la que podéis conocer más sobre la importante escala de coma de Glasgow.

 

*Nota de la autora. Si no estáis familiarizados con el ámbito médico, seguramente, también habéis escuchado mentar a la escala de coma de Glasgow. Os aseguro que si sois cinéfilos, seguidores acérrimos de series de médicos o simplemente veis series inglesas, francesas o americanas, como por ejemplo The Fall o Profilage (lo siento por el leve spoiler) os habéis topado con la GCS en algún momento. En muchas ocasiones, los términos médicos nos resultan completamente incomprensibles y al estar relacionados con la salud, incluso, pueden asustarnos pero, sin duda, como hemos hecho hoy en Principia, es interesante acercarse a ellos y buscar las historias que hay detrás.

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