Las reformas del Ministerio de Lengua

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El sonido del teléfono del despacho me sobresaltó, haciendo que casi se me cayese el libro que estaba leyendo. A desgana descolgué, sin apartar los ojos de la lectura.

—¿Quién es?
—Señor ministro, ha llegado un viajero lingüístico preguntando por usted.
—Estoy ocupado, que pida cita como el resto.
—Señor… viene con instrucciones del Gobierno Mundial.

TEXTO POR DANIEL GÓMEZ
ILUSTRADO POR CRISTINA JIMÉNEZ
ARTÍCULOS
LINGÜÍSTICA | NEUROCIENCIAS
29 de Diciembre de 2016

Arqueé una ceja. Ese Gobierno Mundial nunca tramaba nada bueno, siempre con sus nuevas normativas, muchas de ellas imposibles de implementar y ridículas al oído de los ciudadanos. Siempre trataban de controlar los ministerios de lengua de cada país. Supongo que había llegado mi turno. En fin…

—Dígale que pase.

Rápidamente se abrió la puerta del despacho y entró un señor calvo que llevaba puesto el uniforme de los funcionarios del Gobierno Mundial: traje negro y corbata.

—¿Quién es usted? ¿Qué ha venido a hacer aquí? —le pregunté

El hombre trajeado no se dejó amilanar con mi tono de voz autoritario. Se presentó usando un perfecto castellano, con un leve deje melódico.

—Buenos días, señor ministro de lengua. Soy un viajero lingüístico representante del Gobierno Mundial. Estoy aquí para ayudarle a instaurar las nuevas reformas en el idioma del cual es usted el representante, es decir, el castellano.
—Me alegro de que esta vez el viajero sepa mi idioma —dije dándole la mano y acercándole una silla—. En la última visita vino otro viajero que acababa de adquirir el castellano en su pasaporte lingüístico y lo hablaba francamente mal. Ya sabe que no me está permitido aprender ningún idioma más…
—Sabemos que fue una grave ofensa para usted, por ello he venido yo, que nací en España. El castellano es mi lengua materna.
—Oh, es usted un nativo. No sabía que España tuviera representación en el Gobierno Mundial, siempre creo que nos tienen relegados al fondo y no dejan a casi ningún funcionario español aprender idiomas y actuar de viajero lingüístico.
—Los tiempos van cambiando, ya sabe…
—Supongo que el Gobierno Mundial ha cambiado mucho desde su fundación en 2020.

En aquel instante, recordé que el año pasado se habían cumplido 200 años desde sus acuerdos iniciales. Cuando me presenté a las oposiciones al Ministerio de Lengua tuve que responder innumerables cuestiones sobre la fundación y los principios del Gobierno Mundial. Al comienzo era un esfuerzo desesperado de todos los países del mundo por lograr la paz mundial y erradicar la pobreza. En los primeros años funcionó bien, pero según fue pasando el tiempo varios países mostraron su desacuerdo con ciertas políticas y desearon separarse. Esto provocó que gradualmente el Gobierno Mundial se volviera más dictatorial, manteniendo a todos los países bajo su mandato (después de todo, nadie quiere tener como enemigo al mundo entero). Tienen cientos de ministerios por país, controlando desde aspectos básicos como la sanidad o la educación, hasta cuestiones que inicialmente eran más banales como el idioma.

Pertenezco a uno de los primeros nuevos ministerios que crearon: el Ministerio de Lengua. Esta fijación del Gobierno Mundial por los idiomas se debe a que varios de sus fundadores eran lingüistas con un alto interés en este tema.

El estudio de la lengua adquirió importancia a finales del siglo XX, con las teorías de Noam Chomsky (quien, irónicamente, era un gran activista político que desaprobaba los gobiernos totalitarios). Chomsky defendía que todos los idiomas del mundo contenían unas mismas normas gramaticales básicas, independientemente del origen del mismo. En todos los idiomas había nombres, adjetivos y adverbios. Él postulaba que esto solo podía ser debido a dos posibles causas: o todos los idiomas provenían de un mismo idioma original, o nuestro cerebro necesitaba estas normas gramaticales básicas para manejar el lenguaje. Si esto último era cierto, estudiar estas normas gramáticas daría pistas sobre cómo funciona nuestro cerebro. Así nació el campo de la neurolingüística.

Cuando Chomsky propuso su teoría, rápidamente la comunidad lingüística se dividió en dos grupos: los defensores, que empezaron a buscar aquellas normas lingüísticas básicas; y los detractores, que buscaron pruebas de la existencia de idiomas que no cumplieran con estas normas. En ambos casos, los lingüistas se dedicaban a viajar por el mundo documentando todas las lenguas que pudieran. Seguramente en alguno de estos grupos se encontraban los fundadores del Gobierno Mundial.

El descubrimiento que acabó con esta polémica fue gracias a Daniel L. Everett, un lingüista misionero que viajó con su familia al centro de la Amazonia para vivir con la tribu piranha. Su misión era doble: aprender su idioma y escribir una traducción de la Biblia para convertir a la tribu al cristianismo. La misión se volvió casi imposible. Su lengua solo tenía 10 sonidos que combinaban para crear palabras larguísimas; en su vocabulario no tenían ninguna palabra para definir colores ni números; y los verbos solo se usaban para definir acciones en el presente, sin tiempos de pasado o futuro.

Un idioma así atacaba directamente las teorías de Chomsky. De alguna forma, ese idioma se había generado de manera independiente y demostraba que los sustantivos o los adjetivos no son requisitos fundamentales para un lenguaje eficaz.

En vez de tener numerales, los piranha solo tenían dos palabras para contar: uno y muchos. Es sorprendente incluso hoy en día las consecuencias de esto: los piranha no sabían contar objetos. Para ellos tres o cinco cosas apiladas en el suelo serán exactamente lo mismo: muchos y muchos. No lograban adivinar qué montón era mayor.

Por supuesto, esto les traía problemas a la hora de comerciar con las tribus vecinas, así que pidieron a Everett que les enseñara nociones matemáticas básicas. En todos los años que pasó con ellos, no logró hacer casi ningún avance para introducir los números en su mundo. Estos detalles aportaron pruebas de que la manera en la que funciona nuestro cerebro está condicionada por nuestro lenguaje.

Otro ejemplo son los colores. Nosotros somos capaces de diferenciar colores porque tenemos palabras para definirlos. En el castellano tenemos verde y azul, y son colores independientes. En cambio muchos idiomas tienen una misma palabra para ambos colores, siendo simplemente categorías (como el marrón claro y marrón oscuro del castellano). Así, en vietnamita se refieren a azul cielo y azul hierba para hablar de ambos colores. Y algunos idiomas tienen colores de más, como en el ruso donde azul claro y azul oscuro son colores independientes. Al igual que los numerales de los piranha si no tenemos palabras para definir algo, este algo se escapa de nuestra realidad y no somos capaces de usar el concepto.

Los fundadores del Gobierno Mundial decidieron interpretar esta idea al pie de la letra e instauraron el programa un idioma, una realidad para la «preservación de tantos idiomas y percepciones del mundo como sean posibles». Se crearon ministerios de lengua en cada país (varios si hay varios idiomas) y se puso frente a cada uno de ellos a un ministro cuyo propósito es estudiar su idioma y evitar aprender ninguno más (para conservar la percepción asociada al idioma lo más pura posible). Según mis escritos, en España antes de mi presencia estaba la Real Academia Española, con una función similar, aunque ellos podían aprender varios idiomas. De hecho, en las escuelas de comienzo del siglo XXI podían aprenderse hasta dos lenguas adicionales. Hoy en día, para aprender otro idioma aparte del natal se necesita un pasaporte especial, lo que te convierte en un viajero lingüístico. El término viajero viene de esta influencia: la posibilidad de percibir el mundo de diferentes maneras usando diferentes idiomas. El señor trajeado de enfrente era un viajero lingüístico del Gobierno Mundial, así que podría ser que le hubieran permitido aprender más de una decena de idiomas. No como yo, con mi castellano.

—¿Podría decirme que desea hacer el Gobierno Mundial? —retomé la conversación.
—Verá… —dijo mientras sacaba una carpeta con varios folios escritos en un idioma extraño que yo me esforzaba en no mirar—. Hemos comprobado los últimos análisis del castellano que nos ha enviado y estamos preocupados por el aumento del uso de palabras negativas que han surgido: fallo, corrupción, maldad… Hemos aprobado una iniciativa para que usted elimine esas palabras del idioma y los sustituya por palabras más positivas, como intento, desacierto o desorientado. En este papel usted puede ver la lista…

Le interrumpí con una sonora carcajada. El ataque de risa duró unos segundos mientras el funcionario me miraba impasible.

—Ay, lo siento… —carraspeé para evitar empezar a reír de nuevo—. Veo que los de la programación neurolingüística han vuelto a subir al poder del Gobierno Mundial. Nunca aprendéis —le reproché.

Maldita programación neurolingüística —me dije a mí mismo—. La culpa la tiene uno de sus fundadores, que dejó esa influencia. La programación neurolingüística o PNL fue otra consecuencia de estos estudios sobre el lenguaje. Un grupo de lingüistas decidieron (estoy seguro que con la mejor de las intenciones) manipular el lenguaje para tratar enfermedades. Si el lenguaje era tan poderoso que podía cambiar nuestra realidad, ¿por qué no usarlo para hacer el bien?

De este modo, sus creadores Richard Bandler y John Grinder estudiaron las conversaciones de las consultas psicológicas con mayor éxito para ver qué características tenían en común. Desarrollaron una terapia basada en modificar el vocabulario de una persona, favoreciendo un pensamiento más positivo. También educaban a terapeutas y empresarios para que escogieran las palabras correctas que permitieran influenciar a otras personas.

A priori la teoría no es tan mala, ¿verdad? El problema es que lejos de favorecer solo un pensamiento positivo, acabaron creyendo que «eran capaces de curar (y hay escritos sobre así lo demuestran) resfriados, miopía, jaqueca o depresión…», es decir, enfermedades complicadas que requieren mucho más esfuerzo que cambiar unas palabras. Recordemos que los piranha no aprendieron a contar por mucho que Everett les enseñara los números.

Toda esta teoría fue adornada con un gran vocabulario técnico y con una baja eficacia de tratamiento según los estudios científicos que se realizaban. Además, al aportar el prefijo neuro daban a sus terapias una explicación neurocientífica claramente errónea y con ideas estancadas en el conocimiento del cerebro del siglo XIX (como la conexión de neuronas mediante dendritas).

Lamentablemente, los fundadores del Gobierno Mundial eran absolutos defensores de la PNL, supongo que de ahí el interés de generar los Ministerios de Lengua. Respiré hondo, y elegí las palabras más adecuadas para contestar a su representante:

—Este debate también lo tuve con su compañero anterior. Aún no lo han entendido. El lenguaje es algo vivo. Las nuevas palabras nacen solas, nadie se pone de acuerdo para usarlas o dejar de utilizarlas. Surgen de nuestras necesidades para vivir esta realidad.
—Lo entiendo, pero si cambia la influencia de estas palabras la población puede ser más positiva y feliz. Puede cambiar su manera de ver el mundo…
—¿Sabe cómo lograr eso? No es mediante leyes que restrinjan el uso de las palabras en los medios, ni peleando contra un lenguaje que se genera solo y que yo no controlo. Quizá si el Gobierno Mundial deja de centrarse en el idioma, y mira más por el resto de sus medidas, los ciudadanos no necesitarían usar palabras como “corrupción”. Si prohíbo el uso de estas palabras aparecerán otras nuevas, porque la realidad sigue ahí, invariable. Dígale al Gobierno Mundial que se molesten en cambiar el mundo hacia algo más positivo, no las palabras. Puede irse.
—Le dejaré aquí el informe.
—Muchas gracias. Adiós.

Seguramente por esto me llegue una carta y deje de ser Ministro de Lengua, pero de todas maneras mi jubilación ya está cercana. Ya era hora de decir lo que pensaba. Bueno, ¿por dónde me había quedado en el libro?

Bibliografía

—Everett L. Daniel. No duermas, hay serpientes. Vida y lenguaje en la Amazonia. Ed. Turner
—Álvarez Mellado, Elena. Anatomía de la lengua. Ed. Vox
—Sobre PNL: Refutando la Programación Neurolingüística. Curiosa Biología (14/7/2015).

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