Lupus, del laboratorio al cómic

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Pasar de estar en mi laboratorio a una nave de carga robada camino a otro planeta requiere de ciertas circunstancias. Requiere que sea la hora del café y que me siente solo porque las muestras me han obligado a retrasarme una hora más de lo normal. Requiere un café con leche. Requiere coger Lupus, embobarse con las espirales de polvo estelar, salir del ensimismamiento y después abrirlo.

TEXTO POR ÁNGEL ABELLÁN
ARTÍCULOS | CIENCIA, ARTE Y DISEÑO
CIENCIA-FICCIÓN | RESEÑA
17 de Abril de 2017

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Requiere ser consciente de que, por mucha ciencia ficción que Frederik Peeters trace con sus lápices, el trasfondo del asunto vuelve a ser el mismo de siempre: el amor. Pero al lio, que no hay tiempo: la nave de carga robada tenía unas coordenadas grabadas en el sistema de mandos. El piloto automático ha hecho el resto.

—Atención, está entrando en zona restringida. Identifíquese.
—Aquí Ángel. Soy comerciante de semillas de cultivo.
—La zona está abandonada, señor. No es segura.
—….
—¿Señor? Le repetimos que la zona n….ura… fffffhhhhsssss

En fin, no creo que ningún comisario del sistema tenga ganas de mover su culo hasta este lugar abandonado a su suerte. Y si es así… le rogaré que se enrolle, que será cuestión de lo que dura un Nespresso de máquina con agua del grifo.

Aterrizo en un complejo vacacional en el que hace tiempo que nadie pasa su verano. Me quito el polvo de los pantalones y piso suelo firme. Hay oxígeno, aunque me cuesta un poco respirar. El trazo de Peeters me envuelve en una atmósfera vacía y viciada pero que incita a estar callado y atento a los detalles. Es precioso dentro de la desolación que lo envuelve. Algo así como un maravilloso desastre. Algo contradictorio que encaja en su sinsentido. Algo así como el amor.

Aquí sentado en la marquesina rota de un edificio cuya pared reza «módulo B3», viendo las cuatro lunas ubicadas con la exactitud de una figura geométrica regular, se hace fácil sentir. Un ligero sentimiento de ansiedad que siempre me asalta cuando me quedo a solas me hace mirar un punto fijo al azar que me embelesa. No necesito más. Medio café con leche —ya me he bebido la mitad—, un punto fijo y un cómic. Pero las muestras están a punto de salir del sonicador y he de darme prisa.

Un señor de pelo rizado loco se ha acercado desde lejos para sentarse a mi lado sin ni siquiera mirarme. Como fingiendo que no estoy aquí, pero sabiendo que aquí estoy.

—¿Pero qué? ¿Quién diablos eres tú?
—¿Quieres un cigarro? —me pregunta, aún sin mirarme.
—Lo dejé hace un par de años. Aunque tampoco estoy aquí realmente, así que… ¡bah! Dame uno.

En mi cómic, son dos los amantes en el complejo vacacional. Aquí tengo a uno, pero me falta otro.

—¿Dónde está ella? —le pregunto.
—Dentro. Está descansando. Ha tenido muchas contracciones.
—Ah, sí. El crío.

Menos de medio cigarro y ya me he mareado. Me da vueltas todo. Es la nicotina, que tiene ese efecto. Eso me lleva, por mi dispersión mental intrínseca, a recordar que una vez descubrí que la nicotina pura es irritable en la piel. Lupus ha acabado con su cigarro en cuestión de un minuto y no parece mareado. Parece ansioso. Lo entiendo, no debe ser fácil para él. Detrás de mí se puede llegar a ver, a través de la ventana de su habitación, la figura de una mujer preciosa tapada hasta media espalda. De ella, mi mirada va como guiada hacia Lupus, que procura guiar la suya hacia una nube de estrellas, y de él, mi mirada vuelve al mismo horizonte.

—Oye, Lupus.
—¿Qué?
—Me pregunto… bueno…
—Suéltalo ya.
—Bah, da igual.

Vuelvo a mirar al horizonte. Esa chica de la ventana es la razón de algo terrible para Lupus pero, al mismo tiempo, no es la culpable. El problema es que Lupus no puede convencerse de ello. La culpa y se odia por culparla. Un mamífero acuático acaba de salir del agua en un tremendo salto. Hubo un tiempo en el que Lupus dedicaba todo el día a pescarlos.

—En fin, ¿por qué sigues con ella si en el fondo la odias?
—Porque la quiero. ¿Qué clase pregunta es esa?
—Nada, nada. Perdona.

Ahora miro al suelo y a mi cuarto de café con leche. Estoy un poco indignado. Me pregunto si soy consciente del peso que suponen los sentimientos complejos. Cuanto más adulto me hago más comprendo que pesan más de lo que puedo soportar. Cuanto más crezco más me percato de lo inherentes que se vuelven. Cuanto más envejezco más pesan, y cuanto más pesan más míos se hacen. Es una sensación terrible que es mejor descartar para poder vivir y respirar al mismo tiempo. Porque no siempre se puede vivir y respirar al mismo tiempo. Que se lo digan a Lupus.

Me pregunto si precisamente eso quiere decir ser adulto. No solo perder agilidad en las piernas. Tampoco el privilegio de comer todo el azúcar que te dé la gana. Lo peor, lo más significativo, es lo imposible que es variar la conformación de tu forma de pensar y ser. Como si lo mejor de ti estuviese tan impuesto, que lo peor, celoso, reclamase lo mismo por derecho propio. Una sensación que te agarra del pecho con fuerza y te zarandea y te declara que cambiar a estas alturas es tan difícil que posiblemente sea más fácil morir antes.

—Creo que ya sé qué es el amor, Lupus.

Lupus ahora me mira con toda su atención y pretende aclararme algo:

—Yo también. Es ponerte encima de un precipicio y lanzarte al vacío. Antes de llegar a golpearte, un agujero negro absorberá todo a tu alrededor, evitará tu caída pero te atraerá con tanta fuerza que será imposible soltarte. Todo empezará a dar vueltas a tu alrededor y a estropearse paulatinamente. Y cuando por fin traspasas el agujero de gusano, allí está, al otro lado.

Lupus mira a la ventana. A ella. Y está sonriendo sin decir nada. Se levanta y se va sin despedirse.

En ese momento suena mi timer, mis muestras están listas. Cierro el cómic pero me queda un trago de café. Mi mente dispersa me recuerda que una rubia me dijo una vez que nunca había sido capaz de tomarse toda la leche, que siempre se tenía que dejar un traguito al fondo. Y que ese traguito al fondo es la cosa más intragable del mundo, a pesar de que es como los demás tragos. Me dijo que no lo entendía, pero que así lo sentía. Pero yo sí que lo entiendo, aunque nunca del todo.

Frederik Peeters, autor de Lupus dice que eso es el amor.

Por suerte.
Por desgracia.
Por todo.

Imagen de portada: Lupus. Frederik Peeters (Astiberri Ediciones, 2013)

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