Castañas

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En Principia además de hacer divulgación científica, a veces nos da por ponernos introspectivos y reflexionamos sobre la divulgación propiamente. ¿En qué consiste? ¿Para qué la hacemos? ¿Es eficaz? Lo que aquí dejamos constar es solo parte de esa reflexión que todo el equipo llevamos años desarrollando como parte de nuestro ideario. Esto lo cuento no por darnos bombo, sino para que entendáis mejor lo que se me pasó por la cabeza cuando hace dos días, la conserje del departamento donde trabajo se me presentó con… dos castañas pilongas. Ese día supe que había fracasado.

TEXTO POR RAFA MEDINA
ILUSTRADO POR ÁNGELA ALCALÁ ALCALDE
ARTÍCULOS
DIVULGACIÓN
12 de Junio de 2017

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Os pongo en antecedentes: María fue una de las primeras personas que vino a visitarme a mi despacho cuando, el verano pasado, yo aún estaba vaciando cajas en mi nueva universidad de Illinois. Lo hizo porque, siendo ella mexicana, siempre se agradece la expansión de la pequeña pero activa comunidad hispana del campus. Desde el principio nos llevamos muy bien y aprovechamos cuando teníamos un rato libre para hablar de nuestras cosas.

Al poco de conocernos, y sabiendo que lo mío son las plantas y que vengo de España, me preguntó si yo sabía lo que eran las castañas pilongas. Encantado de poder responder a una pregunta de las fáciles, le respondí afirmativamente haciendo la típica distinción entre las castañas de verdad, que dan los castaños (Castanea sativa) y las castañas pilongas que son las semillas del castaño de Indias (Aesculus hippocastanum) y que no son comestibles. María me preguntó que si las castañas pilongas solo se dan en España, y le aclaré que ese castaño de Indias es europeo, que en España lo usamos en parques con frecuencia, pero que en Estados Unidos hay otras especies del mismo género a las que se les llama buckeye o horse chestnut. Llegados a este punto fui yo el que le abordé con curiosidad acerca del interés por dichas semillas a las que no les conocía beneficio alguno.

Y aquí es donde María me confiesa que el interés viene porque es seguidora de un doctor español que da consejos de salud en internet. Tarjeta amarilla. Al parecer el mero hecho de llevar un par de castañas pilongas en el bolsillo sana la tos, el reuma y todo tipo de males. María hizo memoria y recordó como durante conversaciones con sus amistades salía a relucir que fulano o mengano llevaba siempre unas castañas y las toqueteaba a todas horas, como si aquello fuese una prueba manifiesta adicional de las bondades de las hipocastanáceas.

Aquí es donde yo me vi en una tesitura interesante, una invitación manifiesta a poner en práctica la vocación de desear una sociedad libres de supersticiones y con unas dosis saludables de escepticismo y cultura científica. ¿Qué más se puede pedir? Inmediatamente rechacé la idea de confrontar directamente a María con lo que se me estaba pasando a mí por la cabeza en aquel momento. No hubiese sido eficaz tachar de charlatán al susodicho doctor sin conocerle, y declarar que el asunto de las castañas pilongas era una idiotez no hubiese hecho más que dañar la confianza que María había puesto en mí para un asunto que a ella le parecía importante. En su lugar le pedí que me diese el nombre del doctor y decidí ir paso a paso.

El «doctor», como ya os podéis imaginar, era uno de los «expertos en naturopatía» que se hicieron famosos por participar en algún programa de televisión y que tras caer en desgracia se han hecho increíblemente populares en vídeos de YouTube en los que son entrevistados a través de Skype. Tarjeta roja. No merece la pena que le citemos por su nombre.

Durante las siguientes semanas, el asunto de las castañas volvía a salir a colación y yo trataba, con mucho tacto, de hacer que la buena de María se preguntara qué podría haber detrás de las castañas y, con un poco de suerte, ejercitar su sentido crítico. Juro que creí que hubo avances. Horas de mayéutica socrática de la buena más tarde, María llegó a reconocerme que el asunto de las castañas no tenía ni pies ni cabeza. Examinamos algunas de las frases célebres del supuesto experto en las que llega a afirmar que males como la diabetes son inequívocamente el resultado de conflictos emocionales del pasado. María acabó afirmando que, efectivamente, afirmaciones como aquella son, en el fondo, una amenaza a la salud pública.

Y sin embargo, como decía al principio, bastó que un familiar suyo regresara de Italia con las malditas castañas (por supuesto, previo encargo) para dejarme de piedra. Orgullosísima, me las enseñó sin poder ocultar su júbilo, y como si todas nuestras conversaciones previas nunca hubiesen tenido lugar. Y con ellas se fue, más contenta que unas pascuas dejándome a mí bastante confundido en mi fracaso. De todas las personas a las que he invitado a tener una perspectiva más crítica de la realidad, María era, quizá, una de las que más lo necesitaban, precisamente porque son los individuos más vulnerables aquellos a los que se les puede acabar engañando con más facilidad. Es cierto que se trataban solo de unas inocentes castañas, pero quizá por eso precisamente el episodio me dejó especialmente preocupado. Las supersticiones pseudomédicas son uno de los caballos de batalla más recurrentes de la comunicación científica, un caso de libro. Y sin embargo… ¿Cómo sabemos realmente que lo estamos haciendo bien? ¿Cómo evaluar el éxito de la divulgación científica? Si de verdad creemos que esta actividad persigue un propósito no basta solo con hacer nuestros deberes, también hay que comprobar si han sido eficaces (y corregir estrategias, en caso de respuesta negativa).

 

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