Eugenia Sacerdote de Lustig. Científica exiliada, mujer salvadora

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Con los dedos entrecruzados, la mujer reposa sentada junto a una ventana. Al otro lado, la lluvia golpetea sin cesar contra el cristal y el barrio de Belgrano en Buenos Aires brilla contra el espejo de su suelo mojado.

TEXTO POR ENEKO BERAZA
EFEMÉRIDES | CIENCIA DE ACOGIDA
CIENCIA DE ACOGIDA | MEDICINA | MUJERES DE CIENCIA
28 de Junio de 2017

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La mujer ha vivido casi 100 inviernos. Una tercera parte de ellos fueron en otro lugar, en otro hemisferio que parece tan alejado ahora como los recuerdos que cada día se esfuerza por contar a los suyos antes de que sea demasiado tarde. Sobre la mesa, una grabadora reproduce una voz que habla en italiano: una biblioteca para ciegos de su país natal le envía de vez en cuando algunos audiolibros en cassette. Un tumor ocular se llevó su visión, pero Eugenia no se rinde. Nunca lo hizo. Cuando descubrió que en Argentina solo podía tener acceso a 600 libros habló con unos amigos italianos: allí tienen más de 10 000 volúmenes.

Aunque el relato que la acompaña en el salón es interesante, es una de esas tardes en las que su mente va hacia atrás, a aquellos fotogramas que no pierden brillo y que se mantienen intactos en el baúl de su memoria.

Nació en Turín, Italia, a más de 11 000 kilómetros del Buenos Aires sobre el que la lluvia descarga ahora sin piedad. Era 1910. Aún recordaba el olor de su casa, las manos de su madre. Eugenia significa «bien nacida» en griego, decía su padre. Griego, latín, sus clases particulares junto a su prima Rita Levi-Montalcini. Rita, que ganó el Premio Nobel en 1986. Pero Eugenia no entiende de honores, no le importan. Piensa de nuevo en las clases en el Liceo Femenino donde aprendía idiomas, Historia y Literatura. En el día que mintió a su pobre madre cuando decidió estudiar Medicina, diciéndole que estudiaría Matemáticas. Pobre madre, que la crió a ella y sus dos hermanos mayores después de que su padre muriera tan pronto, que reía porque las manos de Eugenia no eran para hacer ajuares de bebé sino para algo distinto. Lo entendió el día de los huesos, el día que los llevó a casa, y cuando madre los descubrió no quedó sino explicarle la verdad. Se enfadó y le costó aceptarlo pero aquel día fue el primero de tantos que vivió de verdad.

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