Una idea en contra del mundo

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Este texto corresponde al segundo premio del IV concurso científico-literario dirigido a estudiantes de 3º y 4º de ESO y de Bachillerato, basado en la novela Relámpagos de Jean Echenoz organizado por la Escuela de Máster y Doctorado de la Universidad de La Rioja.

El día 29 de julio publicaremos el primer premio. 

TEXTO POR MARÍA TUBÍO
ILUSTRADO POR ÁNGELA ALCALÁ ALCALDE
ARTÍCULOS
RELATO
22 de Julio de 2017

Tiempo medio de lectura (minutos)

3 de septiembre de 1868

Era una noche de tormenta, el viento no dejaba de rugir mientras la lluvia repiqueteaba contra la enorme y sucia cristalera de la habitación. La estancia era lamentable, con un penetrante olor a moho y enfermedad que apenas me dejaba respirar. Una mesita de noche y una cama eran los únicos muebles que adornaban el lugar, iluminado por una vela que se consumía lentamente y dibujaba sombras en las paredes. El silencio se cernía sobre nosotros y solo era interrumpido de vez en cuando por los sollozos de la enferma, que agonizaba en la cama. Su tez era pálida, de un tono amarillento, y pequeñas perlas de sudor se deslizaban por su frente. La fiebre no paraba de subir y deliraba por momentos mientras ladeaba la cabeza de un lado a otro, como si intentara alejarse de la mano de la muerte que la acechaba. A pesar de estar a su lado sabía que Erika no podía reconocerme ni decirme nada coherente, no sobreviviría a aquella noche. Las medicinas son caras y poco accesibles para la gente como nosotros, sin ellas cualquier esfuerzo es inútil si la enfermedad es grave.

Miss Margaret, la dueña del orfanato, se mantenía firme a mi derecha mientras esperaba pacientemente la llegada del cura. No había nadie más, ni aparecería nadie más. Solo era una niña pobre y huérfana que moriría de gripe como tantas otras. Erika solo nos tenía a nosotros dos. Me sentía frustrado e impotente a la vez, sentado al lado de su cama sin poder hacer nada más que esperar y verla morir. Simplemente no podía aceptarlo, no era justo, ella no había hecho nada malo. Los recuerdos rondaban mi mente y quemaban y dolían y no podía hacer nada. Cuando nos conocimos, cuando jugábamos juntos, cuando aún estaba bien.

—¡Nikolaa!¡Nikolaa! ¡Miraa! ¡Es un bebé pajarito!
—Puaj, odio las alimañas, no lo toques o se te caerá el pelo.
—Pobrecillo, no puede volar, ¿nos lo llevamos? Podríamos cuidarlo y darle de comer hasta que se recupere.
—Erika, ¿me estás escuchando? Te he dicho que lo dejes, solo es una alimaña. Además, ¿dónde lo cuidarías? Miss Margaret no deja tener animales en el edificio y mis padres me matarían si se lo mencionara si quiera.
—Nikola, ¡qué malo eres! Podrías tenerlo en el granero de tu casa, así tus padres no se enterarían y lo cuidaríamos, ¡yo te ayudaré! Será divertido. Mira con qué carita te mira.

Esa fue la última vez que la vi tan libre y tan feliz. Hacía sol y arrodillada en medio del campo sostenía un pequeño gorrión entre las manos. Sus ojos verdes me miraban suplicantes esperando una respuesta. No pude negarme. Acepté cuidar del gorrión.

Volví a la realidad como movido por un resorte. Erika estaba llorando y me cogía de la mano con fuerza mientras se retorcía de dolor. Ese fue el momento en el que colapsé y ya no pude soportarlo más. No podía seguir esperando, aquella angustia me estaba volviendo loco. Tenía que hacer algo. Le solté la mano y me levanté bruscamente sin prestar atención a las quejas de Miss Margaret. No podía apartar la vista de mi amiga, quien había sido como una hermana para mí, quien había estado en los buenos y en los malos momentos, quien siempre estuvo a mi lado. Tomé una decisión: iría a las «casas blancas» y pediría ayuda. Las personas que viven en esas casas no son como nosotros, ellos no van sucios, ni descalzos, ni pasan hambre, pero había que intentarlo. Salí de la estancia, corrí por el pasillo y abrí la puerta que daba a la calle, adentrándome en la oscuridad más absoluta. El viento huracanado me impulsaba hacia atrás y la lluvia me calaba hasta los huesos, pero no me daría por vencido. Las «casas blancas» eran mi única esperanza.

Corrí durante horas como alma que persigue el diablo, atravesando calles y pisando charcos de barro, tropezando y tambaleándome, hasta que finalmente llegué a mi destino. Estaba muy cansado, la boca me sabía a sangre y me costaba respirar, pero por fin una «casa blanca» se alzaba frente a mí. Era enorme, tan grande que no podía abarcarla con una sola mirada, tan grande e imponente que a su lado yo no era nadie. Múltiples ventanas negras adornaban las paredes y plantas exóticas de todos los tamaños se destacaban en los balcones. La puerta estaba situada en lo alto de unas escaleras de mármol y cubierta por un pequeño tejado que conformaba la entrada. Se veía intimidante. La casa estaba rodeada por un terreno inmenso con estatuas enormes y árboles que jamás había visto. Una verja mucho más grande que yo limitaba el terreno y gracias al temporal pude comprobar que en una zona el viento había levantado ligeramente los barrotes, formando un pequeño hueco encharcado por el que podría colarme para llegar hasta la casa. Me arrastré por el suelo, arañándome con los barrotes, hasta que conseguí entrar en el recinto. Una vez dentro tuve miedo, pero un pensamiento de Erika bastó para que tuviera el coraje suficiente de seguir. Subí las escaleras de dos en dos y una vez estuve enfrente de la puerta la golpeé con los puños mientras gritaba con todas mis fuerzas:

—¡¡Por favor, abran!!,¡¡abran!!. Por favor, mi amiga necesita ayuda, ¡¡por favor, abran!!

Segundos después sonaron varios chasquidos y sonidos metálicos y la puerta se abrió. Un hombre salió a mi encuentro con cara de pocos amigos y una escopeta en la mano izquierda. Era muy alto, rubio y corpulento, con la piel blanca y un bigote cuidado e impecable. Vestía lujosamente y a su espalda la estancia era elegante, limpia y totalmente iluminada. Me miró de arriba a abajo y poniendo cara de asco preguntó:

—¿Cómo has entrado, mugriento?
—Lo siento mucho señor, pero necesito su ayu…
—He preguntado que cómo has entrado ¿o es que eres imbécil?

Su voz sonaba fría y cortante. No dejaba de sujetar el arma.

—Yo...yo...entré p..p..por un hueco que había en la verja p..porque mi...mi amiga está muy enferma y necesita medicina. ¿Podría ayudarla, por favor? Usted seguro que podría, podría salv…
—Lárgate, alimaña. No gastaría ni un céntimo en ratas como tú. Estás cubierto de barro, estás mojado y sangras, me das asco. Vete por donde has venido o enviaré a un mozo a avisar a la policía.
—Pero…
—O mejor quédate aquí esperando a que llegue la policía, ¿sabes cuánto multan por allanamiento de morada? Si tus padres son ratas como tú no podrían pagar la multa ni con todo el sueldo de un año. Tienes suerte, chaval, de que sea tan considerado. Te daré unos segundos en salir de aquí. Más vale que corras.

En efecto, segundos después corría de vuelta al orfanato con el corazón en un puño y lágrimas de rabia en los ojos. El tiempo se acababa.

Al llegar al orfanato distinguí la silueta de un carruaje y supe que el párroco había llegado. La entrada estaba abierta, entré y me dirigí hacia la habitación de la moribunda. Antes de alcanzar la puerta vi a un hombre salir e ir en dirección contraria a la mía. Era el cura y se estaba marchando. Una chispa de esperanza prendió en mi interior: Erika ya estaba bien.  Corrí y atravesé el pasillo agradeciendo a Dios de que no se la hubiera llevado, pero cuando entré en la habitación la vi y me quedé sin respiración y no quise creerlo. Erika había muerto.

Caí de rodillas y el shock que me produjo ver el cuerpo sin vida de mi amiga fue tan grande que no podía dejar de mirarla, no podía reaccionar, no podía llorar, ni siquiera podía moverme. Miss Margaret seguía tranquila y en un hilo de voz me pidió que me fuera a casa.

Sin darme cuenta estaba en mi casa, mis padres estaban durmiendo y el silencio era sepulcral. Todo parecía un mal sueño del que no podía despertar y un tsunami de recuerdos volvió a invadir mi mente. Erika sonriendo, Erika en la escuela, Erika con el pajarito, Erika, Erika, Erika…

Sin darme cuenta estaba en el granero con una vela en la mano. Me acerqué al nido que había construido para el pajarito de mi amiga pero no estaba. Apoyé la vela en el suelo y lo busqué por todas partes pero no había ni rastro del gorrión. En ese momento desperté del trance y las lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas. 

6 de junio de 1882

—¿Nikola Tesla? Pase, por favor, le estaba esperando. He visto que su expediente es sorprendente, tiene unas calificaciones perfectas y no posee ningún tipo de antecedente penal o problemas con la justicia. Sus profesores me han hablado maravillas de usted, es el ejemplo a seguir. Me sorprende que un muchacho como usted, viniendo de un barrio en tan pésimas condiciones, haya conseguido tantos premios y reconocimientos académicos. Con el debido respeto, es usted diferente. Sé que aún es muy joven y lo que le voy a decir a continuación se confirmará con el tiempo pero creo que usted es un genio con mucho talento. He arreglado el papeleo para el traslado y todo está en orden. También he mandado una carta de recomendación a mi buen amigo Edison, por lo que no habrá ningún problema. No suelo hacer este tipo de cosas pero creo que esto merece la pena. No me defraude ni discuta demasiado con Edison, es un poco testarudo pero recuerde que tiene más experiencia que usted. Dentro de dos días cogerá el primer barco a Estados Unidos, América, y completará su formación como Dios manda. Ya lo verá, esta es su gran oportunidad.

 7 de junio de 1882

«Ya nada es como antes», pensé mientras colocaba delicadamente el ramillete de flores sobre la lápida.

—Me iré de aquí mañana a Estados Unidos y quizás no vuelva nunca. Todo ha cambiado, yo he cambiado y me he dado cuenta de cosas que antes me eran ajenas y que ahora siento en carne propia. El dinero mueve al mundo bajo nuestros pies y si no tienes dinero no eres nadie. No te tratan de la misma forma vestido con un traje de lino, como el que llevo ahora, que con un saco, a pesar de ser la misma persona. No me importa el dinero, solo quiero que las cosas cambien, que este mundo cambie. Un pobre debería tener las mismas oportunidades que un rico. Tengo multitud de ideas revoloteando en mi interior, como un volcán en erupción, y las pondré todas en práctica. Erika, te prometo que cambiaré este mundo para que todos tengan la oportunidad de vivir. Es una promesa.

5 de febrero de 1896

No debería estar tan nervioso, me sudaban hasta las manos. Supongo que estaba así porque era mi primer día. ¿Le causaría una buena impresión? Solo esperaba que no fuese muy exigente o estricto conmigo. Me habían hablado maravillas de él como inventor pero también me dijeron que era horrible como jefe, muy impaciente, meticuloso y cascarrabias. Mi tío me había conseguido este trabajo y no me iba a rendir el primer día, le demostraría a ese tal Nikola Tesla que podía ser de utilidad. Además, aquella era mi última oportunidad de seguir viviendo en la ciudad, necesitaba el dinero como fuese y mi tío me lo había dejado bien claro: «¡o pagas el alquiler o te vuelves al pueblo a vivir con tus padres!».

Los edificios se alzaban a un lado y al otro de la calle, la cual estaba repleta de carteles y pancartas publicitarias. Yo no paraba de fijarme en todas las marcas empresariales que se cruzaban en mi camino esperando encontrar el nombre de Westinghouse, la empresa donde trabajaba el señor Tesla. Recorrí las calles, temiendo haberme equivocado de ruta, hasta que por fin lo encontré. El nombre Westinghouse estaba marcado en letras doradas sobre la entrada de una enorme edificación. Era elegante, de más de diez metros de altura y un recibidor en la entrada. El lugar se veía lujoso y los rayos del sol se reflejaban en los cristales de las ventanas. Con una sonrisa e ilusión crucé la entrada y me encaminé con determinación hacia mi nuevo trabajo. Tenía que ser positivo, la gente criticaba demasiado y seguro que el señor Tesla era mucho mejor jefe de lo que se decía en realidad. Todo saldría bien. Me sentía muy seguro de mí mismo.

Un hombre alto y amable estaba esperándome al otro lado de la puerta para acompañarme hasta el despacho del señor Tesla. Tenía una sonrisa afectuosa y algo cansada, y por la forma en la que me miraba casi parecía compadecerse de mí.

Una vez subidas las escaleras y recorridos unos cuantos pasillos nos hallábamos enfrente del despacho. Le di una moneda al hombre por su ayuda y llamé a la puerta. 

—¡Está abierto! 

Sorprendido por aquella voz entré con cuidado, abriendo la puerta de tal forma que pasara un poco desapercibido.

—¡Espabila muchacho! ¿¿No ves que estoy ocupado?? Tengo tantas cosas que hacer... espero que tú no seas como esos gandules que vinieron la última vez. Menos mal que dimitieron, si no tendría que haberlos despedido yo mismo, no es la primera vez que lo hago. Esta pieza aquí, esta otra... ¡Oye ,tú! ¡¿Quieres dejar de papar moscas y ponerte a trabajar de una vez?!
—Lo siento señor.
—¡¡Muévete, muévete!!

La imagen del señor Tesla era muy diferente a la que me imaginaba. Ya me lo habían descrito tanto física como psicológicamente y aun así no pude evitar asombrarme. Era muy joven para ser un inventor con tanto prestigio y reputación, vestía un impecable traje y estaba bien aseado, raya en medio y bigote negro ligeramente torcido. No dejaba de moverse de un lado a otro de la estancia, cogiendo piezas, haciendo y deshaciendo, calculando y tomando notas. El ambiente estaba cargado y el aire era pesado, había objetos extraños por doquier y una enorme pizarra con un montón de garabatos ocupaba casi toda la pared. Un escritorio colocado en el medio de la habitación era su centro de operaciones, donde este se disponía a construir con prisas un extraño objeto de metal. Mientras analizaba cada rincón de aquel cuarto me quité la chaqueta y me puse a su disposición. La emoción me carcomía por dentro. ¿Qué invento construiremos? ¿Qué piezas aprenderé a utilizar? ¿Qué materiales habrá? Aquel panorama parecía sacado de un cómic de ciencia ficción. 

—Papanatas, si has acabado cógeme aquel abrigo marrón y llévalo al tinte, tráeme un café doble con mucha espuma, llévate esa lista y compra todos los materiales apuntados en ella y pasa por el supermercado a comprar semillas, a los pájaros les encanta. Rápido, rápido.

Fue en aquel instante que comprendí que iba a odiar profundamente mi trabajo así como al señor Tesla.

12 de marzo de 1896 

El invierno iba tocando a su fin y cada día que pasaba era peor que el anterior. El tiempo en la oficina parecía avanzar con más rapidez a causa del señor Tesla, quien nunca estaba quieto. Las ideas de aquel hombre fluían de forma impresionante, ora estaba haciendo un cálculo para un no sé qué de frecuencia, ora estaba montando un nuevo cacharro sobre el escritorio. Me sacaba de quicio la mayor parte de las veces. Me explicaba cómo montar una pieza de «vital importancia» y a pesar de que la montaba bien, tal y como me había dicho, para él estaba terriblemente mal y había que volver a empezar. Claro que todo eso estaba mezclado con gritos y algún que otro «papanatas» o «atontado». Mi jefe era superior a mi paciencia y, aunque me esforzaba por acostumbrarme a su carácter, no era capaz de vivir con ese estrés constante. Sin embargo, tenía que hacerlo y rápido o me quedaría sin trabajo.

6 de enero de 1943

Empecé a intuir que algo no iba bien cuando escuché al señor Tesla discutir encarnizadamente con otro hombre cuya voz no pude reconocer. La discusión iba más allá de mi comprensión pero me asusté al pensar que quizás estaba siendo testigo de una conversación que no debía ser escuchada, de algo mucho más serio que de un simple berrinche. Escuché frases que, inesperadamente, hicieron que surgiera en mí un profundo respeto hacia el señor Tesla. Frases relacionadas con la igualdad entre pobres y ricos, frases en contra del capitalismo mercantil... en resumen, frases que ni el gobierno ni la comunidad científica toleran. Quizás no fuese muy espabilado pero sabía que en temas de poder la igualdad nunca es defendida por el más rico porque no le reporta beneficio alguno. También sabía que si la defendías corrías un riesgo bastante alto, un riesgo que varía dependiendo de lo peligroso que se te considere, y para la comunidad científica el señor Tesla era un sujeto muy peligroso.

La discusión se produjo un domingo por la tarde, no había nadie y a pesar de ser mi día libre me había acercado hasta el edificio para dejarle a mi jefe el abrigo recién lavado del tinte. Estaban dentro de la oficina y no pude evitar escuchar la conversación desde el pasillo. Cuando me di cuenta era demasiado tarde y había escuchado cosas que sería mejor no recordar. 

Retrocedí unos pasos con la intención de marcharme de allí lo antes posible y lo último que escuché del señor Tesla antes de salir del edificio sin ser visto fue «energía libre», dos palabras que supondrían una terrible amenaza.

7 de enero de 1943

Aún seguía un poco conmocionado por la conversación del día anterior pero sabía que debía actuar con normalidad si no quería ser descubierto. Recogí el abrigo y algunos documentos y me adentré en la oficina. Para mi sorpresa, el cuarto estaba poco iluminado y el señor Tesla estaba sentado sin hacer absolutamente nada. Tenía la mirada perdida y se le veía muy viejo y cansado, con profundas ojeras y el pelo revuelto y canoso.

—Señor, ¿Se encuentra usted bien? ¿Quiere que avise a un médico? No tiene buen aspecto.
—…
—¿Señor Tesla…?

Su silencio me ponía los pelos de punta, era la primera vez que lo veía en ese estado y no tenía ni idea de cómo reaccionar. No lo entendía. «Quizás...», pensé. «Quizás el carácter de un genio es algo que nadie logrará comprender del todo».

Sabía que el señor Tesla, a pesar de parecer cascarrabias y odiar a todo el mundo, no era malo en el fondo. Te acabas acostumbrando a él y una vez que lo haces, su tranquilidad y silencio son más espeluznantes que sus gritos.

Cerré la puerta detrás de mí y tomé una decisión.

—Señor, ¿puede hablarme de la energía libre, por favor? ¿Por qué es tan importante para usted?

Funcionó. Con lentitud movió la cabeza hacia mí y me miró como si fuese la primera vez que me veía. Sonrió amargamente y me ofreció una silla al lado de su escritorio.

—¿No sería maravilloso que todos pudiésemos tener electricidad... gratis? 

Su voz sonaba lejana, eco de sus pensamientos.

—Hice una promesa, muchacho. Una promesa a la que dediqué toda mi vida y que lamentablemente no soy capaz de cumplir. Prometí destruir el horrible sistema capital actual y establecer uno totalmente diferente, uno más... justo. Así todo el mundo podría disfrutar de las mismas posibilidades, todo el mundo tendría la posibilidad de vivir. Una electricidad que pudiese disfrutar todo el mundo supondría un avance, un paso. No acabaría con la diferencia de clases pero les haría las cosas más fáciles a las personas desafortunadas, ¿no te parece? Todos estos años he empezado proyectos que he dejado a medias porque simplemente no se ajustan a mi objetivo principal. Sigo ideando, probando y calculando pero el tiempo se me acaba y la empresa ya no me da el dinero que necesito. Dicen que he gastado demasiado, que los beneficios no son suficientes y que no me darán más. Estoy arruinado, así que arriesgué todo a una sola carta. El domingo pedí ayuda a un conocido mío del ejército militar alemán. Estaba dispuesto a dejarme el dinero pero cuando se enteró de mis verdaderas intenciones no se lo tomó muy bien y discutimos. No estaba de acuerdo con el proyecto de la energía libre e intenté convencerlo pero se marchó y no se volvió a poner en contacto conmigo. Intentaré hablar con él, si no lo consigo utilizaré otros métodos para conseguir el dinero. Sé que hay gente que quiere verme muerto pero no me importa, no voy a dejar de intentarlo hasta mi último aliento.

«El señor Tesla es diferente», pensé de golpe. «¡Pudo ocultar todo esto durante todos estos años!» 

—¿Por qué no te tomas el día libre? Yo también necesito aclarar mis ideas de vez en cuando.

Su voz me sobresaltó y por un momento no comprendí lo que me estaba diciendo. «¿El señor Tesla ha dicho día libre? ».

La preocupación me invadió al verlo levantarse, coger el sombrero y salir por la puerta, pero no podía hacer nada. Era valiente y le admiraba por ello pero al mismo tiempo le envidiaba. «Yo no soy como él, yo no soy capaz de arriesgar mi vida de esa manera. Lo siento señor Tesla».

Todo estaba en calma pero mi cabeza era un completo caos. Caminaba sin rumbo fijo por las calles dándole forma a ideas y posibilidades que descartaba casi al instante. Cumplir la promesa se estaba volviendo cada vez más complicado y todo parecía un callejón sin salida. Sabía que el dinero era la clave para seguir con el proyecto de la energía libre pero la pregunta era cómo conseguirlo.

Seguía caminando y resolví adentrarme por un pequeño bosque que marcaba los límites de la ciudad. El soplo del viento batía las hojas de los castaños y su sonido calmó mis nervios durante unos segundos. Sin embargo el sonido de las ruedas de un carruaje y del relincho de unos caballos se impuso sobre todos los demás y antes de que pudiese reaccionar tenía a las bestias encima de mí.

Abrí los ojos lentamente y me sentí un niño de nuevo. Todo el peso de los años, el dolor y la incertidumbre se habían desvanecido por completo. Me sentía en calma y podía respirar paz. Estaba tumbado en el camino, en el camino por donde minutos antes estaba paseando. El cielo tenía un tono grisáceo pero no había nubes, ni sol, ni luna. Me incorporé y no había nadie salvo una niña de ojos verdes mirándome con dulzura. Me tendió la mano y yo la sostuve entre las mías. Todo estaba bien ahora. 

10 de enero de 1943

Me enteré de su muerte sentado en una cafetería con el periódico en una mano y la frustración en la otra. En letras grandes se podía leer: «Muere uno de los mejores inventores de la historia por una trombosis coronaria», lo cual era mentira. Debajo del título un subtítulo que decía: «Nikola Tesla muere solo, pobre y odiado por todos, ¿a qué precio se sacrificó por la ciencia?», y una foto suya en la Feria Mundial de Chicago de 1893 completaba la portada.

La última vez que vi al señor Tesla salía de la oficina y me confesó su secreto, así como la amenaza de muerte que recaía sobre él. Sé la verdad, sé que no murió por enfermedad sino que fue asesinado. A las personas adineradas no les interesaba que se corriera el rumor del asesinato de alguien como el señor Tesla, era más fácil echarle la culpa a una enfermedad. No puedo hacer nada por demostrarlo, no tengo pruebas ni nada que contrarreste todas las difamaciones extendidas por la comunidad científica, pero haré todo lo que esté en mi mano para que su trabajo sea reconocido. Solo espero que algún día se sepa cómo era realmente el señor Tesla. Fue un gran hombre que nunca estuvo solo y jamás dejó de luchar, yo le conocí.

Todo mi dinero lo he invertido en experimentos para realizar nuevos descubrimientos que permitan a la humanidad vivir un poco mejor. Nikola Tesla

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