Sabemos cuánto atraemos. Sabemos cuánto gustamos. ¿Sabemos cómo impactamos?

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«Si quieres saber el verdadero motivo por el que alguien hace algo, basta con que observes qué es aquello que evalúa como indicador de éxito»
Un viejo profesor en una Universidad de Barcelona, allá por 1990.

TEXTO POR GUILLERMO FERNÁNDEZ , JOSÉ ANTONIO GORDILLO MARTORELL
ARTÍCULOS
CIENCIA | MUSEOS
7 de Diciembre de 2017

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Comencemos por una pregunta ingenua: ¿son necesarios los museos de ciencia hoy en día? No nos precipitemos ni tengamos demasiada prisa en contestar porque ya advertimos que es una pregunta-trampa: dependiendo de lo que contestemos estaremos poniendo al descubierto lo que implícitamente entendemos por «museo de ciencia».

Algunos contestarán: «Por favor, la duda ofende. ¿Cómo no van a ser necesarios los museos de ciencia? Es obvio». Pero que algo parezca obvio no significa que quede demostrado.

Los museos de ciencia viven un momento apasionante en su evolución. Algunos expertos hablan incluso de que estos atraviesan una crisis de identidad de la que sin duda saldrán reforzados... claro, siempre y cuando no eludamos hacernos las preguntas necesarias —ojo, ya no decimos el contestarlas sino el mero hecho de formulárnoslas.

Sin duda, una de estas preguntas es ¿cómo evalúan hoy los museos de ciencia su impacto social? O si se prefiere ¿cómo demuestran estos de manera objetiva que el impacto social que proclaman tener o al que dicen aspirar es el que realmente tienen o al que realmente aspiran? No en vano la llaman «la pregunta aguafiestas» o la pregunta «Pepito Grillo» por ser suaves, pero sin duda es la pregunta del millón, ya que de ella viene a colgar en su totalidad la arquitectura identitaria del museo de ciencia hoy; lo que es y, por contraste, lo que debiera ser. En todo caso está claro que cualquier entidad contemporánea que aspire a una repercusión social deberá ser capaz de no confundir los verdaderos objetivos con las buenas intenciones, ni la planificación estratégica con la visión romántica. Esto no significa en absoluto que deba haber una renuncia a los valores —elemento básico de toda entidad que pretenda algunaintención social— sino que se precisa una apuesta por la eficacia en la aplicación de esos valores, desarrollada en el seno de una sociedad que cada vez exigirá con más determinación la máxima eficiencia operativa a sus equipamientos culturales y a sus responsables.

Hoy en día, no se concibe ámbito profesional alguno que aspire a cierta eficiencia en el que una evaluación concreta y nada abstracta no sea una parte fundamental de su praxis. Da igual que hablemos de construir un puente o de intervenir una apendicitis. Lo anterior debiera ser más evidente si cabe en el caso de las entidades públicas —como es el caso de muchos museos de ciencia— que dependen de un presupuesto a cargo del contribuyente. En este caso la asignación de recursos en función de los resultados realmente obtenidos según los objetivos previstos no es algo discrecional sino consustancial a su propia naturaleza organizativa. Y además es el único modo realmente eficaz de asegurar su supervivencia futura.

En la actualidad, y en relación a este tema, nos encontramos en una situación que parece una mezcla entre «tierra de nadie» y «cajón de sastre». Por un lado el museo de ciencia de naturaleza pública ha asumido de forma un tanto acrítica herramientas y metodologías de evaluación de base cuantitativa que son más propias de otro tipo de organizaciones, como por ejemplo la empresa privada. Por otro lado se practica a veces una evaluación ex post, es decir, una valoración hecha a posteriori sin haber identificado previamente unos objetivos operativos mínimamente solventes que guíen la acción, produciéndose el efecto «dardo previo a la diana», esto es, primero tirar el dardo para después dibujar la diana entorno a él. 

Por este motivo, y tal y como sucede para todas las organizaciones que pretenden generar un impacto social en su entorno, la evaluación debe configurarse como una parte esencial en su planificación estratégica, no pudiéndose concebir como algo secundario, menor, aislado o como un mero trámite con el que concluir la memoria anual de una forma simpática. Nos tememos que en el futuro hará falta mucho más que fotos de caritas sonrientes en las portadas de las memorias anuales de las entidades con pretensiones sociales, a fin de justificar su existencia en el marco de las sociedades necesariamente eficientes del siglo XXI.

Cuando analizamos algunos de los procedimientos de evaluación y análisis más utilizados en los museos de ciencia contemporáneos constatamos una serie de contradicciones en los resultados obtenidos que tienen que ver con los dos aspectos —en ocasiones los únicos— más frecuentemente medidos.

El número de visitantes (magnitud que en realidad solo da idea de cuánto ha atraído la exposición). José María Parreño identificaba esta práctica llevada al extremo como una patología de los museos contemporáneos que él denominó peste numérica.

El grado de satisfacción expresada en la visita (que habla de cuánto ha gustado el contenido en cuestión, normalmente la exposición), en lo que sin duda es una especie de prolongación al mundo físico de los me gusta de Facebook o los emojis de turno.

En el fondo, este tipo de herramientas —a pesar de su indudable interés como elemento complementario— no son sino meras extrapolaciones de mecanismos cuantitativos válidos en otros sectores tales como la empresa privada y que son aplicados al mundo de los museos a menudo de una forma tan directa como ingenua, de modo que a la hora de la verdad de poco o nada sirven para valorar los propósitos sociales de base cualitativa que tradicionalmente declara un museo de ciencia en las respectivascartas magnas de su fundación. Aunque parezca obvio no está de más recordar que idealmente los museos de ciencia nacieron con una profunda vocación de transformación social en base a una ampliación y consolidación de la cultura científica de los visitantes, esto es, cosas tales como si se ha aprendido algo en la visita, si ha cambiado alguna actitud o preconcepto importante respecto de la ciencia, si ha variado su interés con respecto a la misma, si ha reforzado su posición crítica, si ha hecho significativa su visión del entorno científico-tecnológico en el que se desenvuelve cada día, si ha sentido un nuevo estímulo por el conocimiento científico, si se ha contribuido a suscitar una vocación científica… Este tipo de propósitos o misiones no son nada nuevo sino que son fieles a los orígenes mismos de los museos de ciencia—pensamos en casos como el Palais de la Découverte o el Exploratorium— que nacieron precisamente con esa vocación de transformación social que hoy parece haber quedado relegada a un segundo o tercer plano, al menos a juzgar por los aspectos que a la hora de la verdad se evalúan actualmente como indicadores de éxito de los museos contemporáneos.

Idealmente los museos de ciencia nacieron con una profunda vocación de transformación social en base a una ampliación y consolidación de la cultura científica de los visitantes.

Por eso la pregunta a la que antes hacíamos referencia es justamente si hoy en día los museos de ciencia pueden demostrar o demuestran el impacto social entendido en los términos que se describen en los dos párrafos anteriores, máxime siendo que su manutención no requiere precisamente de pocos recursos. Este factor es tanto más importante en el caso de los llamados centros de ciencia, que en realidad son plenamente museos contemporáneos de ciencia que se han dado en llamar así por no tener colección, de forma que se reserva tácitamente la palabra «museo» para aquellos espacios que sí la tienen. Estos centros de ciencia, a pesar de que en primera instancia pueden sentirse aliviados del peso y responsabilidad de tener una colección que conservar y custodiar, son sin embargo mucho más susceptibles de ver su continuidad muy cuestionada si no ofrecen unos rendimientos sociales  perfectamente constatables.

En nuestra opinión y siempre en términos generales, claro está —siempre hay honrosísimas excepciones— podrían evaluar pero normalmente no lo hacen. Y no lo hacen porque para empezar no está nada claro que un museo de ciencia hoy tenga como función esencial transformar a sus visitantes y cuente con una planificación estratégica inconfundiblemente dirigida a ello. Algunos hablarán de que su función básica es distraer y divertir—acaso con un cierto enfoque cultural— pero posicionándose en todo caso dentro del arrollador e inacabable mercado delamusement actual que casi siempre garantiza a los museos pan para hoy y hambre para mañana, a la vez que desvanece el singular efecto del museo en el océano saturado de las industrias del ocio o del turismo. Otros dirán que se trata de un modelo de negocio sostenible en el que la única cuenta que vale es la de resultados, aproximándose a un muy legítimo enfoque empresarial del lenguaje museográfico. Pero el acuerdo como tal entorno al vector-fuerza de la transformación en el mundo de los profesionales de los museos de ciencia simplemente no existe. Y este justamente debiera ser a nuestro humilde entender el punto de partida.

Algunos hablarán de que su función básica es distraer y divertir posicionándose dentro del arrollador e inacabable mercado del amusement actual que casi siempre garantiza a los museos pan para hoy y hambre para mañana.

Como vemos, evaluación e identidad del museo de ciencia, evaluación y función social a la que este sirve son dos caras de la misma moneda. Está claro que el museo de ciencia contemporáneo puede ponerse —muy legítimamente— al servicio de intenciones tales como el lucro, el turismo, el marketing o el entertainment, pero si esos son los objetivos a perseguirse nos ocurren otras muchas mejores y más eficaces ideas que construir un museo de ciencia. No obstante, si lo que buscamos es producir verdaderas transformaciones en la alfabetización científica de la sociedad, entonces el museo de ciencia nos cuadra mucho mejor; no en vano para eso nació. Al respecto nos gustaría abrir un debate sereno pero profundo y lo más argumentado posible en torno a este tema/problema. Y nos va mucho en ello: por ejemplo, en plantear o por contra hacer oídos sordos al debate en torno a la profesionalización de los cuadros y plantillas que atienden los museos de ciencia hoy en día, abordando el grave problema de su fomento y conservación a medio y largo plazo, en plena era de la externalización (¿o sobre-externalización?) de servicios museísticos. 

El tiempo de la evaluación meramente cuantitativa en los museos de ciencia pasó. La época de la guerra de cifras en forma de titular según las cuales el museo mejor era el más visitado, también. Necesitamos adentrarnos sin prisa pero sin pausa en el terreno de lo cualitativo, en el ámbito de la experiencia global de visita para conseguir reducir de algún modo la enorme complejidad de factores que se conjugan en ella, en todo lo que subyace a ese «me ha gustado mucho» o «me ha encantado» que lanza un visitante satisfecho de lo que acaba de vivir. No tiene nada de fácil, pero es vital para el museo contemporáneo hacerlo o al menos aproximarse a ello todo lo que se pueda.

Esto implica un reto formidable a varios niveles: clarificar nuestra identidad, diseñar órganos y planes estratégicos —y no solo ejecutivos— que vayan mucho más allá de meros trámites para dejarlos colgados en la web y decir que se tienen; desarrollar herramientas metodológicas capaces de vérselas con lo cualitativo traduciéndolo a términos ponderables, a la vez que indicadores válidos para medir exactamente aquello que proclamamos aspirar a lograr y no otras cosas; generar y compartir con el sector repositorios de buenas y malas prácticas; poner en marcha amplios proyectos de accountability que nos permitan demostrar de forma inconfundible y cualitativa qué es exactamente lo que conseguimos a aquellas entidades que nos financian;atribuirle una mayor centralidad estratégica a la evaluación y a la investigación museográfica en general; reeducar a los medios de comunicación haciendo mucha pedagogía al respecto y un largo etcétera. En todo caso lo que está en juego es demasiado importante como para no intentarlo: nada menos que el que sean nuestros públicos los que respondan por nosotros a la pregunta con la que abríamos este artículo. ¿Contamos contigo?

 

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