Mary Leakey y las aventuras de las huellas de Laetoli: las primeras pisadas humanas

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Cuando la vimos por primera vez quedamos prendados ante la magnitud de su mirada. Tenía los ojos redondeados, grandes y profundos, a través de los cuales podíamos prácticamente leer sus pensamientos. Delante de ellos tenía colocados dos enormes pedazos de rocas transparentes. Estos reflejaban todo a su alrededor, incluidas nuestras siluetas, como si fueran agua fresca. Sin embargo, la mujer era inquietante porque nos observaba durante mucho tiempo. Estábamos de los nervios, pero parecía que algo bueno iba a pasar. «La mujer nos ayudará a encontrar el camino», imaginaba mi padre. Entretanto, mi madre pensaba: «esa mujer es muy guapa, inteligente y dedicada; nos cuidará estupendamente».

TEXTO POR ANDREA GARCÍA
ILUSTRADO POR MARINA PÉREZ LUQUE
KIDS
ANTROPOLOGÍA
29 de Octubre de 2018

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En todo caso, pasó minutos contemplándonos, que se convirtieron en horas, semanas y meses. A través de su mirada descubrimos lo sabia que era, pero no entendíamos sus murmullos. La mujer hablaba en un idioma extraño; mis padres me dijeron que en nuestra época no existía nada parecido. Su aspecto físico también se alejaba del nuestro y nosotras. Lo más raro es que tenía la piel sin vello. Esto nos sorprendió muchísimo porque mi familia y yo teníamos pelo en todo el cuerpo. También era capaz de sentarse y levantarse con facilidad, recorriendo largas distancias con velocidad y sin torpeza. Yo recuerdo que cuando caminaba con mis padres solíamos tardar bastante más tiempo en llegar a casa o al lugar donde comíamos. Por otro lado, la mujer podía manipular diferentes objetos con los dedos de las manos, que eran muy largos, flexibles y hábiles. Nunca habíamos visto a alguien coger un utensilio de color negro y utilizarlo para hacer garabatos en unas hojas blancas. Mi madre arrojaba piedras a los animales violentos e intimidantes, mientras que  mi padre recogía las frutas y raíces arrancándolas con sus manos. A mí lo que más me gustaba era colgarme del regazo de mi madre. Así, me agotaba menos que andando sin parar por la sabana. En cualquier caso, lo que no se puede negar es que todas estas cosas que la mujer tenía y era capaz de hacer nos parecían increíbles. A pesar de que el sol era abrasador durante el verano, la mujer no dejó de mirarnos. Creímos que sus cualidades la hacían bastante distinta a nosotras y nosotros, así que su propósito debía ser conocernos más y mejor.

Mary Leakey y una reproducción de las huellas de Laetoli. Créditos: Kenneth Garrett. National Geographic.

Llegó un día en el que la mujer invitó a mucha gente para que nos vieran. Todos ellos tenían una apariencia similar a la de la mujer. Un hombre se dedicó a observarnos con detenimiento y después quiso ponernos nombre. A mis padres y a mí nos llamó de una manera que no fuimos capaces de pronunciar: Australopithecus afarensis. En ese momento, la mujer le reprochó lo que acababa de hacer. Dijo que no era justo ponernos un nombre cualquiera. Lo curioso es que en nuestra familia siempre nos llamamos padre, madre e hija. Hasta mi padre y mi madre se llaman así entre ellos. Pero descubrimos qué significaba tener nombre porque cuando la mujer nos encontró trajo a algunas personas, cada una de las cuales tenían un nombre concreto. Así, le respondían con un «vale, Mary» o «1979 es nuestro año, Leakey». Lo importante es que Mary Leakey estaba muy enfadada en aquel momento, algo de lo que se dio cuenta fácilmente su colega, por lo que decidió guardar silencio. Pese a este problema, Mary invitó a todo el mundo a escuchar su voz. Parecía que iba a decir algo de gran valor sobre mi familia y yo. Una historia que sería contada más allá de la tierra en la que una vez vivimos. Mary Leakey dijo que fuimos sus parientes lejanos, algo así como sus abuelas y abuelos. Pero no dejaba de pensar en las palabras de su compañero. Explicó que no buscaba darnos un nombre porque ninguno de ellos sería totalmente correcto. Quiso decir que era incapaz de ver por completo nuestra apariencia física, aunque nosotras y nosotros sí podíamos describir a la mujer sin dificultad.

Rastro de las huellas de Laetoli. Yacimiento arqueológico. Créditos: Tom Moon. The J. Paul Getty Trust.

Éramos un rastro de huellas plasmadas en el suelo. Sinceramente, ya no queda nada de mi familia y yo. De hecho, si podemos contar esta historia es gracias a esta científica, pues ella interpretó nuestros pies. Habían pasado más de tres millones de años desde que no habíamos vuelto a ver la luz del brillante sol y sentido el calor tan fuerte. «¡No podría contar esto de no ser por ella!». Mary explicó que durante ese tiempo mi familia y yo habíamos nacido en medio de un lugar africano llamado, Laetoli, en Tanzania. Aunque ya no seamos de carne y hueso, nuestras huellas son una muestra de que existimos hace millones de años. La verdad es que sin estas pisadas no podríamos hablar a nadie y no se acordarían de quiénes fuimos. Ni siquiera Leakey hablaría de nuestra presencia al mundo, por eso mi madre repetía «es una suerte lo que nos ha pasado». Mary Leakey comentaba con detalle que las huellas que dejamos en el suelo se habían conservado por la ceniza de un volcán que nos dio un buen susto antaño. No obstante, lo que más destacó es la forma de nuestras pisadas:

«Tienen un aspecto similar a las huellas de nuestros pies si caminamos por la tierra húmeda o la arena mojada —explica Mary Leakey—. Como antropóloga, puedo decir que quienes habitaron este lugar son antepasados de nuestra especie, el Homo sapiens. Es más, creo firmemente en que su género es Homo. Las personas de Laetoli, como sabemos, tienen muchas diferencias con la gente del siglo XX. Sin embargo, no dejan de ser Homo, es decir, humanos; personas. De este hallazgo es útil estudiar la forma de los pies porque se puede investigar gracias a las pisadas».

Escaneo láser óptico de las huellas de Laetoli. Es importante observar las dos huellas de la parte inferior. En ellas hay que encontrar los círculos más grandes, los cuales se sitúan en el talón, el metatarso y el dedo pulgar. ¿Recuerdan a nuestras huellas, verdad? Créditos: «Laetoli's lost tracks: 3D generated mean shape and missing footprints»

«Los pies de estas personas servían para caminar de una manera bastante cercana a la nuestra —manifiesta la científica—. Se apoyan en el talón y el metatarso, mientras que el arco del pie está un poco despegado del suelo, como en nuestro caso. Tienen los dedos más o menos alineados; pienso que podían desplazarse por el terreno cómodamente. Estas huellas son muy importantes porque nos hablan de que existe la bipedestación desde al menos tres millones de años».

Esqueleto de un chimpancé y de un ser humano. Créditos.

La bipedestación quiere decir que esta gente andaba con las dos patas traseras. Por tanto, todos los individuos del género Homo tienen piernas. No se desplazaban como los gorilas y los chimpancés: a cuatro patas y muy frecuentemente a través de los árboles. La bipedestación también significa que los pies tienen los dedos en una misma posición. Gracias a esto, las personas debieron caminar erguidas y su columna vertebral tendría curvas para aguantar el peso del cuerpo. Igualmente, su pelvis debería haberse ensanchado y desarrollado muscularmente para ayudar a soportar la carga. Como sabemos, otros primates como los gorilas y chimpancés (grandes simios) no poseían ninguna de estas características. No tienen pies con dedos alineados, sino que el pulgar está separado para agarrarse a las ramas. Se caracterizan por una columna muy recta, la posición joroba y la pelvis estrecha.

«Pienso que tampoco los Australopithecus afarensis tenían la suficiente capacidad para andar así y crear estas huellas tan parecidas a las nuestras, pues son una especie prehumana entre los chimpancés y el Homo —explica Mary Leakey—. Defiendo que este descubrimiento pertenece a nuestros ancestros. Caminar erguidos les sirvió para recorrer de forma más rápida la sabana, evitando que el sol abrasador de África les quemase. También fue útil porque podían ver a los animales peligrosos y posibles amenazas desde la altura de la mirada. De este modo, queridos y queridas colegas, estamos ante un hallazgo único para la antropología. Por el número de pisadas, deduzco que la gente de Laetoli era una familia formada por la madre, el padre y un hijo o hija. No podemos verlos, pero en nuestra imaginación somos hábiles para interpretar su modo de vida mediante las magníficas huellas que nos han dejado».

Así fue como Mary Leakey contó nuestra historia al equipo que trabajaba con ella y a la gente que deseó escuchar su gran explicación. Mis padres se sintieron muy felices al oír todo aquello. Era muy positivo para mi familia y yo, ya que Mary quiso que se nos tratara como personas, no como animales o criaturas prehumanas. A partir de ese momento, denominaron a nuestro hogar el yacimiento arqueológico de Laetoli y nos convertirnos en antiguos humanos y humanas famosas a lo largo de un lugar llamado planeta Tierra. Pensamos que había merecido la pena permanecer enterrados millones de años para que Mary Leakey supiera entender nuestras huellas y reconocernos ante el mundo como una humanidad ancestral.

Nota de la autora. Este es un relato de ficción literaria. La idea de que las huellas pudiesen pertenecer a una familia se formuló tiempo más tarde, pero ponerlo en boca de la protagonista servía para poder hablar de ello en el momento histórico del descubrimiento. Por otro lado, la contraposición entre los género Homo y Australopithecus, aunque ambos se correspondan a humanos, se ha hecho para resaltar el pensamiento de Mary Leakey sobre la pertenencia de las huellas a individuos del género Homo, hoy día muy olvidado en lo concerniente a este hecho, ya que se suele sostener la versión de Donald Johanson y no se evalúa el pensamiento de la antropóloga ni tampoco se observan las huellas y el contexto del mismo modo que ella sostuvo.

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