¿Está E.T.? Pues que se ponga

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¿Estamos solos? A pesar de los esfuerzos dedicados en las últimas décadas a detectar vida inteligente en el Universo, no hemos observado ninguna señal inequívoca que nos haga pensar que hay alguien más en el abismo cósmico esperando a ser escuchado. ¿O sí? A finales del pasado año, unas anomalías detectadas desde la estrella KIC 8462852 hacían saltar todas las alarmas. ¿Y si respondían al intento de una civilización extraterrestre por capturar la energía de la estrella como si del mismísimo Galactus se tratase?

TEXTO POR NAHÚM MÉNDEZ
ILUSTRADO POR ANDRÉ E. STEFANINI
ARTÍCULOS
28 de Enero de 2016

Si existe vida en el Universo una de las mejores maneras de buscarla, por ahora, es tratar de localizar los planetas que hay alrededor de otras estrellas, estudiar si se encuentran en lo que llamamos la zona habitable: región alrededor de cualquier estrella en la que un cuerpo pueda mantener agua líquida durante periodos prolongados de tiempo, y por lo tanto, capaz de sustentar formas de vida tal y como las conocemos. Y por último, caracterizar sus condiciones físicas y químicas, intentando buscar señales que indiquen la presencia de vida.

Para ello, una de las técnicas que usan los científicos es lo que conocemos como curva de luz. Consiste en observar la luminosidad de una estrella durante periodos prolongados de tiempo. Esto genera un gráfico que puede alterarse cuando los planetas potenciales que tenga en órbita u otros cuerpos, pasen entre nosotros y la estrella, haciendo que su intensidad disminuya muy levemente. Esto produce un cambio en las mediciones que se presenta en forma de valle, una curva, en el gráfico de la luz (y de ahí el nombre). La forma de esta curva dependerá de muchos factores, como el tamaño del cuerpo que se interpone, su proximidad a la estrella y el ángulo que forme. El aspecto del ángulo es importante, ya que solo si el plano de las órbitas está «de canto» con respecto a nuestra línea de visión podremos detectarlos con este sistema. De otra manera nunca veremos transitar a un planeta por delante de su estrella. Gracias a esta técnica se han detectado más de mil doscientos planetas extrasolares, es decir, alrededor de otras estrellas que no son nuestro Sol.

En 2009, se lanzó al espacio la misión Kepler, un complejo telescopio espacial dedicado, precisamente, a observar simultáneamente el brillo de miles de estrellas en un campo de visión fijo con el fin de estudiar las variaciones en su brillo y comprobar si estas se debían a la existencia de planetas. Una de las zonas que entran dentro de su campo visual corresponde con una parte de la constelación del Cisne, donde se encuentra una estrella conocida como KIC 8462852 y que se encuentra a mil cuatrocientos ochenta años luz de nuestro planeta.

Los planetas suelen tener órbitas relativamente estables y lo normal sería que en las curvas de luz los picos fuesen periódicos y con descensos de brillo similares, pero esta estrella muestra un comportamiento anormal, con valles en su curva de luz con una profundidad muy variable, y con repeticiones que no son periódicas. Además, estos valles llegan a reducir el brillo de la estrella más de un 20%, mientras que un planeta del tamaño de Júpiter apenas lo haría de un uno por ciento. ¿Qué podría estar provocando este extraño comportamiento?

Una de las teorías más atractivas y de la que la prensa enseguida se hizo eco fue de la posibilidad de estar observando un artefacto postulado por la ciencia ficción y que se conoce como esfera de Dyson. Las esferas de Dyson son estructuras gigantescas (sin exagerar) que básicamente rodearían a las estrellas para intentar capturar el mayor porcentaje posible de energía que emiten. La premisa consiste en que cuando una civilización altamente desarrollada crece demasiado, su planeta natal deja de tener recursos necesarios para mantenerla. A modo de inmenso panel solar, una de estas esferas se encargaría de captar cantidades monstruosas de energía necesaria para saciar la sed de energía de una civilización de esas características Obviamente con nuestra tecnología actual sería imposible de conseguir, pero, ¿quién sabe si una civilización más avanzada —el mismísimo E.T.— podría conseguir llevar a cabo semejante empresa?¿Es posible que la misión Kepler haya localizado al gran Galactus, el personaje de ficción de Marvel que solo puede saciar su voracidad consumiendo la energía de los planetas, destruyéndolos?

Esto es lo que debieron pensar algunos periodistas aficionados a los cómics. Sin embargo, la realidad resultó un tanto menos stanleeniana. Los valles que aparecerían en la curva de luz estarían provocados porque la esfera no estaría totalmente construida y unas partes cubrirían a la estrella desde nuestra perspectiva, pero otras no, creando estas variaciones poco periódicas.

Tanto fue así que el SETI (Search for ExtraTerrestrial Intelligence o Búsqueda de Inteligencia Extraterrestre), una de las instituciones encargadas de la búsqueda de señales de vida inteligente en el Universo, principalmente a través de las ondas de radio, puso las 42 antenas de 6 metros del Allen Telescope Array, que se encuentra en la cordillera de las Cascadas (Estados Unidos), a escuchar cualquier señal que viniese de la estrella durante más de dos semanas en distintas frecuencias, pero no se detectó ninguna que pareciese tener origen en una inteligencia extraterrestre.

No contentos con esto, el SETI emprendió una búsqueda óptica el pasado noviembre con un telescopio localizado en Panamá, intentando detectar pulsos de láser enviados con dirección a la Tierra con la intención de comunicarse con nosotros, algo que una civilización avanzada podría hacer con cierta facilidad. Sin embargo, no hubo sorpresa alguna, ya que no se detectó ningún pulso.

Entonces, si no es un planeta, ni tampoco Galactus, ¿qué estamos observando en realidad? Se ha descartado un error instrumental, la presencia de manchas sobre la superficie de la estrella, e incluso que se deba a la presencia de un disco de polvo alrededor de la estrella, puesto que es una estrella vieja y estos solo se observan en estrellas jóvenes. También se ha descartado la colisión entre varios planetas, ya que el polvo formado por esta absorbería la luz de la estrella y se calentaría, mostrando un exceso de brillo en el infrarrojo, que tampoco se ha detectado.

La única teoría que de momento ha sobrevivido al escrutinio científico, aunque con dificultades, es que una familia de cometas que orbitase alrededor de la estrella, pero muy lejos, fuese perturbada por la fuerza… perdón, por la presencia de una estrella cercana que comenzara a caer hacia el interior del sistema. Estos cometas dejarían tras de sí nubes de gas y polvo capaces de crear al menos una parte de los valles (y las irregulares formas de estos) que vemos en la curva de luz.

Eso sí, resulta francamente difícil imaginar la gran cantidad de cometas que haría falta para crear unas variaciones de brillo tan grandes. Esta teoría tiene como ventaja que la estrella que hace falta para perturbar a los cometas sí que existe y se encuentra a unos 130 mil millones de kilómetros de KIC 8462852, una distancia más que razonable para provocar una alteración en las órbitas cometarias.

A fecha de hoy, y con la tecnología actual, resulta difícil poder dar una respuesta certera puesto que la observación directa del sistema es muy complicada tanto por la distancia, por la resolución de nuestros instrumentos, como por el brillo de la estrella, que enmascara los objetos más débiles que hay a su alrededor y complica su estudio.

Aunque finalmente no hayamos recibido la primera llamada telefónica con tarifa interestelar ni la visita de un habitante del planeta Taa, esta estrella pone de manifiesto que desconocemos muchas más cosas de las que conocemos y que lejos de contestar preguntas, la observación del universo nos va a plantear nuevas dudas y retos emocionantes que tardaremos mucho tiempo en resolver. 

Bibliografía

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