¿Dónde vive el arco iris?

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Había una vez una escuela que se llamaba Verdemar porque los campos eran verdes y el mar estaba cerca, muy cerca, justo al otro lado de la colina.

TEXTO POR SARA ALONSO RUIZ
ILUSTRADO POR ELSA ESTRADA
PRINCIPIA KIDS
FÍSICA
1 de Marzo de 2016

Las clases tenían nombres marineros como «Los peces luna», «Las tortugas verdes» o «Los delfines manchados». Pero había una cuyo nombre era muy diferente. Se llamaba «Clase C+C» y, aunque aparentemente todo en ella era normal, se sabía que esa era el aula en la que, de tanto en tanto, ocurrían cosas muy muy extrañas como las que os vamos a contar.

Un día, mientras los niños y las niñas jugaban en el patio, el cielo fue llenándose de nubes oscuras, aunque el sol conseguía colarse por los huecos azules que quedaban entre unas y otras.

Empezó a llover justo cuando el timbre señalaba el final del recreo y escaleras arriba, cada grupo se dirigió a su clase.

¡¡¡¡¡¡Halaaaaa!!!!! ¡¡¡¡¡¡¡Miraaaaad!!!!  ¡¡¡¡¡¡¡Uuuuuuf!!!!!!

Los gritos venían, ¡cómo no!, de la «Clase C+C».

El grupo entero se apretujaba junto a las ventanas intentando encontrar un hueco por el que ver mejor lo que había fuera. Y es que allí estaba, muy cerca, curvo, brillante, dominando todo el cielo, un enorme arco iris.

Pronto comenzaron a oírse las primeras preguntas:

—¿Es un arco iris?
—¿De dónde ha salido?
—¿Por qué tiene tantos colores?
—¿Dónde vive?

Y también algunas respuestas:

—Yo este verano vi uno en la playa. A lo mejor salen de las olas, de la espuma...
—¡No! ¡No creo! Yo he visto arco iris en un pueblo con montañas que está muy lejos del mar.
—Mi padre me dijo un día que solo aparecen cuando se mezcla la lluvia con el Sol.
—Sí, sí, eso es. Lo leí en un libro. Para ver un arco iris tiene que llover y hacer sol también. Mirad: ahora llueve, hace sol y hay arco iris.
—Y, digo yo… ¿de dónde salen los colores? ¿De las nubes? ¿Del aire?
—Los colores tienen que venir del sol porque los pájaros no pintan el cielo, ni los aviones, ni las personas, ni la Luna.  
—Pues yo creo que los arco iris se forman porque sí, sin ninguna razón. Aparecen ahora, desaparecen luego y ya está. No hay que darle más vueltas.

Pero, de repente, ocurrió algo. Una voz desconocida, ronca, pero amigable, se dejó oír: 

—¿Y no podría ser que la luz del Sol contenga diferentes colores que se separan cuando esa luz pasa a través del agua?

Todos se volvieron hacia el rincón de la biblioteca de donde venían aquellas palabras.

En el suelo había un libro titulado «Física» que acababa de caerse de la estantería.

Y, sorprendentemente, de entre sus páginas fue surgiendo la figura de un señor alto, delgado, de pelo rubio, largo y ondulado. Tenía un rostro agradable y vestía ropa antigua. Continuó hablando. 

—Discúlpenme vuestras mercedes. Soy Isaac Newton. Viví en Inglaterra hace 350 años y dediqué toda mi vida a buscar explicaciones a las cosas que suceden.

Los niños y las niñas de la clase quedaron literalmente p e t r i f i c a d o s. Nadie podía pronunciar ni una sola palabra. La profesora tenía los ojos muy abiertos y una expresión en la que se mezclaba el miedo y el asombro.   

—Déjenme que les diga —continuó— que tras escuchar su conversación sobre el arco iris me he sentido obligado a salir de ese libro en el que vivo pues yo mismo dediqué algún tiempo a buscar respuestas a las mismas preguntas que ustedes han formulado antes.
—¿Pero qué dice este señor? -logró pronunciar, muy bajito, Lucía.
—Y ¿de dónde ha salido? -dijo Alejandro.
—Pues de ese libro grande que está en el suelo pero… ¡Chissss!, ¡calla! ¿No ves que esto es magia? —susurró Emma.
—Tengo un poco de miedo —comentó Alberto.
—¡No os mováis!, ¡no digáis nada!, ¡no le interrumpáis! —dijo la profesora intentando proteger con los brazos extendidos al grupo.
—¡No teman, nobles infantes! Tan solo deseo ayudarles a comprender este prodigio de la naturaleza que es el arco iris. 

Isaac Newton se acercó a la ventana y bajó la persiana de forma que solo un chorro de luz se colaba por una rendija. A continuación, sacó de su bolsillo un pequeño prisma y, orientándolo, cortó con él el haz de luz hasta que, de repente, una línea de colores apareció en el techo de la clase.

—Mirad, la luz blanca del Sol tiene todos esos colores y el prisma los separa –dijo el físico inglés.
—¡Qué bonito! Y además, ¡son los mismos colores que los del arco iris de la calle! —exclamó Jana.
—Sí, en efecto. Pero en la calle son las gotas del agua de lluvia las que separan los colores. El arco iris es un fenómeno hermoso y mágico. Una muy antigua leyenda cuenta que quien logre llegar al final del arco iris antes de que se desvanezca encontrará un tesoro.

No salían de su asombro pero dijeron:

—¿Síííí? ¿Un tesoro?
—En efecto —respondió Newton—. Pero ¿qué les parece si realizando un experimento científico vuestras mercedes crean su propio arco iris y llegan hasta el final para conseguir el tesoro?
—Síííí —respondieron al unísono.
—En ese caso, procedamos sin demora. Necesitan un balde con agua, un pergamino blanco, un espejo pequeño y mucho sol. Como ustedes ya saben trabajar en equipo, repártanse las tareas, ayúdense, debatan, encuentren soluciones…  

Ya sin temor alguno se pusieron en movimiento y comenzaron a seguir sus instrucciones. Espejos, folios blancos, recipientes con agua fueron apareciendo por doquier.

—A mí también me gustaría ayudar, honorable señor Newton —dijo con voz aún un poco temblorosa la profesora.
—Gran favor me haría vuestra merced, estimada colega. Agradezco enormemente su ayuda pues veo en el aula rarísimos objetos que no sé para qué sirven —contestó Newton y continuó:
—Bien, les ruego que una persona de cada equipo se ocupe de colocar el espejo dentro del agua de forma que recoja los rayos solares y los proyecte hacia el lugar en el que otro miembro del equipo sujeta el pergamino o el papel.

A continuación, se produjo un gran revuelo de actividad y comentarios:

—El espejo no se sostiene —dijo Marta—. Necesito algún objeto pequeño para mantenerlo inclinado.
—Pedro, deprisa, trae una goma de borrar o un trozo de plastilina o unas pinturas o…
—¡Mirad!, un CD también sirve de espejo.
—Don Isaac, aquí no pasa nada, ni sale nada, ni se ve nada de nada.
—Pues nosotros tampoco encontramos la manera de….
—Mis amables estudiantes, debo decirles que los experimentos con frecuencia salen mal. A los científicos les pasa miles de veces. Pero no por eso se rinden. Así es como se han logrado los grandes descubrimientos del mundo en el que ustedes viven. Este experimento parece sencillo pero no lo es. Habrán comprobado que deben evitar que el agua se mueva, que el papel se moje, que se caiga el espejo e incluso, a veces, el Sol no colabora y se oculta. Pero sigan intentándolo, pues, vuestras mercedes sin desmayo. No desesperen. Están muy cerca de lograr su objetivo.

Y, en efecto, al cabo de unos instantes se oyó gritar:

—¡Mirad!, ¡ya lo tenemos!, ¡aquí está!

Ciertamente, Martín, Sofía y María habían conseguido que la luz del Sol que atravesaba el agua se reflejara en el espejo, rebotara hasta el papel y ¡los colores aparecían separados!

Eran muy pequeñitos pero eran arco iris de verdad.

Un momento después, Paula y Alicia gritaron: 

—¡También lo hemos conseguido!

Y, de rincón en rincón, todos los equipos fueron señalando lo mismo de forma que la clase entera se llenó de arco iris.

—Se me ocurre que para verlos mejor podemos hacer una fotografía de cada uno, después las descargamos en el ordenador y las ampliamos —dijo la profesora entusiasmada ya con el experimento.

Así lo hicieron y pudieron ver todos los colores situados tal y como aparecen en los arco iris. 

—¡Qué maravilla, no me lo puedo creer!
—¡Qué bueno!
—¡Yo quiero hacerlo otra vez!
—Pues yo lo voy a hacer en mi casa y se lo voy a enseñar a mis padres. 

Mientras tanto, Newton no dejaba de mirar con gran curiosidad y cierto recelo al ordenador y a la cámara de fotografías hasta que finalmente exclamó:

—¡Voto al cielo! ¿Qué extraños artilugios son estos?
—Ambos son consecuencia de la sabia aplicación del método científico —dijo la profesora.
—Fascinante, increíble, prodigioso, extraordinario, sorprendente, insólito...  —exclamaba Newton.
—Enhorabuena, nobles aprendices —continuó—. Lo han conseguido. Han logrado separar la luz del Sol en sus colores. Y díganme, ¿qué colores son?, ¿cuántos hay?
—Rojo, naranja, amarillo, verde, azul, añil y violeta.
—O sea, siete —contestaron.
—Pues, observen, cuando solo hay un arco iris, siempre aparecen en ese orden y siempre el rojo por la parte de fuera del arco iris y el violeta por la parte de dentro. Pero, fíjense bien en el futuro, porque a veces se ven dos y entonces el segundo arco iris será mucho más débil y los colores se ordenarán al revés, por dentro del arco estará el rojo y por fuera el azul. Y ya, distinguidos escolares, han llegado al final porque han encontrado la respuesta a la gran pregunta del inicio. Definitivamente, vuestras mercedes están en situación de afirmar, para que todo el mundo lo conozca, que el arco iris vive en la luz blanca. 

Dicho esto, Newton se dirigió hacia el rincón de los libros, recogió del suelo el de física y abriéndolo dijo:

—He de regresar a casa. Ha sido un gran honor para mí estar aquí hoy. Les prometo que volveré a esta clase cada vez que deseen seguir descubriendo el porqué de las cosas. 

Y mientras hablaba su figura fue haciéndose cada vez más trasparente hasta desaparecer del todo de la misma forma que lo había hecho antes el arco iris de la calle.

El libro quedó perfectamente colocado en la estantería.

Los chicos y las chicas tan solo pudieron mover un poco las manos en señal de despedida.

Pero, la profesora, señalando con su mano hacia una mesa próxima a la ventana, dijo: 

—¡Mirad!
—¡Es un cofre! —gritaron.
—Es el tesoro del final del arco iris. Se nos había olvidado.
—¡Tenemos que abrirlo!
—¿Qué habrá dentro?
—¡Pero… si es un libro!
—¿Cómo se titula?
—Esperad, un momento. Aquí pone… «¿Dónde vive el arco iris?»

Texto escrito conjuntamente con Aurelio Escribano García

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