La música de la tierra

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Estoy de pie, cerca del suelo pero sin tocarlo. La pequeña altura me da una buena perspectiva del paisaje que me rodea. Estoy en la costa, en algún punto del Mediterráneo; el ambiente es seco, polvoriento, con arbustos y pequeñas plantas aromáticas. No me resulta ajeno. El sol brilla sobre el suelo, la escasa vegetación y el agua del mar. No hay ni una nube pero me doy cuenta de que no hace un calor agobiante. Soy perfectamente consciente de que estoy soñando pero no me importa, quiero ver a dónde me lleva esto.

TEXTO POR MARTA PÉREZ-FOLGADO
ILUSTRADO POR ÁLEX FALCÓN
ARTÍCULOS
CICLICIDAD | CLIMA | GEOLOGÍA | MÚSICA
27 de Octubre de 2016

Al poco, se empiezan a formar nubes y se pone a llover aquí y allá, y el paisaje comienza a cambiar. No es un cambio radical pero sí significativo y está sucediendo rápidamente delante de mis ojos. Es como si estuviera en una película animada. Yo estática y todo a mi alrededor cambiando. La vegetación comienza a ser más abundante: ahora además de los arbustos hay hierba y algunos árboles. Además, en las cercanías desemboca un río en el mar. Me percato de que la desembocadura ya estaba allí antes pero no llevaba agua. Ahora sí. Gradualmente, el río vuelve a dejar de llevar agua (ahora que sé dónde está veo perfectamente el cauce), las nubes se dispersan, el sol vuelve a brillar y los árboles van desapareciendo para volver a la situación inicial.

Vale. Interpreto que está pasando el tiempo, así que, ya que estoy teniendo un sueño lúcido decido intervenir. Quiero saber cuánto tiempo está pasando, de manera que coloco un contador imaginario en el cielo (con ojos, brazos y manos con guantes blancos, al estilo de Érase una vez el hombre), para que pueda ir anotando los años que pasan. Justo a tiempo, porque el paisaje vuelve a cambiar de nuevo. El contador funciona y va acumulando y contando milenios. Cada cambio completo del paisaje resultan ser veintitrés mil años, y suceden una y otra vez delante de mis ojos. En un momento dado, paso de estar en la playa a estar en el fondo del mar. Es como si viera la misma perspectiva desde abajo. Al principio me asusto; nado muy mal y no soporto estar con la cabeza debajo del agua. Pero oye, esto es un sueño, yo controlo la situación. Y el contador de tiempo ahora tiene una escafandra muy graciosa y me mira con cara de circunstancias mientras no deja de trabajar. Me relajo.

La secuencia es la misma, puedo distinguir los paisajes por el aspecto que tiene el mar y lo que sucede en el fondo: en las épocas secas, cuando no llega el agua al río, el mar está mezclado y agitado y el sedimento del fondo es blanquecino. En el paisaje con árboles y mayor aporte del río el agua superficial no llega al fondo y el barro que se deposita es oscuro. Sé lo que significa el cambio de color: como hay más agua dulce en superficie, que es más ligera que la salada, se queda flotando, con lo cual al fondo llega menos oxígeno y se acumula más materia orgánica. Y la materia orgánica es oscura, como el humus que compro para las plantas.

A todo esto, ya han pasado más de doscientos mil años y este ciclo no deja de repetirse. Tengo la sensación de que me estoy perdiendo algo, así que trato de fijarme. El caso es que detrás de todos estos cambios parece haber un ritmo, un rumor, un runrún, sonidos lejanos que componen… ¡una melodía! ¡Sí! ¡Está sonando música! Me deleito en lo que oigo. Notas más graves y retumbantes cuando el río llega con sus sedimentos, más agudas y ligeras en los momentos de calma del medio. Es emocionante. Estoy tan concentrada en escuchar la música que no me doy cuenta de que cada vez hay menos agua encima de mí. Claro, supongo que tanta sucesión de sedimentos cíclicos ha ido rellenando la cuenca, de manera que ahora estoy otra vez en la superficie y ya no hay mar debajo de mí. De hecho, no hay mar en ninguna parte del paisaje de mi sueño. Lo que hay son… ¡yesos! ¡Ya sé exactamente cuándo estoy!

El caso es que detrás parece haber un ritmo, sonidos lejanos que componen… ¡una melodía! ¡Sí! ¡Está sonando música!

Me despierto sobresaltada y emocionada, pero feliz. Ya sé de qué voy a hablar en mi próximo artículo de Principia.

El paisaje cambiante de mi ensoñación podía haber sido diferente: la orilla de un lago al que desagua un impetuoso torrente, un delta que avanza y retrocede sobre el mar, un cañón submarino al borde de un talud continental y tantos otros escenarios. En la mayoría de los casos el clima cambiante (más seco o más húmedo, más frío o más cálido) hace que el registro sedimentario que se forme sea uno u otro. Además, la ciclicidad, el tiempo que pasa hasta que la situación vuelve a repetirse, que en mi sueño eran veintitrés mil años, también podía haber tenido otros valores.

El origen de los ciclos climáticos está —y no vamos a entrar en detalles— en la cambiante posición de la Tierra en el espacio. Lo que sucede es que una ciclicidad astronómica provoca una ciclicidad climática, que a su vez provoca una ciclicidad sedimentaria. Y también paleontológica, pues no hay que olvidar que la biosfera también se ve afectada por estos cambios. En último término, esa ciclicidad sedimentaria, que es rítmica, se puede traducir en un compás, una tonalidad y formar una melodía musical.

En esta genial idea se basa el proyecto de música experimental Tierra. Poemas y música de las esferas, coordinado por Miguel Ángel Fraile y José Luis Simón. Miguel Ángel Fraile es profesor de música tradicional, fundador del grupo folk aragonés O´Carolan, e interesado por la geología. José Luis Simón es catedrático de Geodinámica de la Universidad de Zaragoza, director del curso de Geología práctica de la Universidad de Verano de Teruel y uno de los impulsores del Geolodía, entre otros méritos de la divulgación de la geología. En el proyecto participan además un buen montón de músicos interesados en la geología y de geólogos con conocimientos musicales.

Lo que sucede es que una ciclicidad astronómica provoca una ciclicidad climática, que a su vez provoca una ciclicidad sedimentaria.

A partir del supuesto de que existen patrones repetitivos en las rocas sedimentarias, han traducido a notas musicales las columnas estratigráficas de diferentes afloramientos españoles. Para cada localidad, se hacen corresponder los distintos tipos de rocas presentes con las notas de una escala, eligiendo una tonalidad precisa; y las potencias de las capas (el espesor de los estratos) con la duración de los sonidos. Así se obtienen compás y tonalidad, a partir de los cuales se construyen las partituras básicas sobre las que luego se hacen arreglos y acompañamientos respetando la melodía base que surge de la sucesión estratigráfica. Las partituras básicas y los archivos de audio resultantes están a disposición de todo el mundo en internet. Las pistas con arreglos, instrumentales y acústicos, componen un disco de dieciocho temas, con un bonito libreto que explica el proyecto.

A partir del supuesto de que existen patrones repetitivos en las rocas sedimentarias, han traducido a notas musicales las columnas estratigráficas de diferentes afloramientos españoles.

Para aquellos aficionados a la geología, seguro que os suena uno de los lugares musicalizados, pues es el famoso Flysch de Zumaia (Guipúzcoa), donde se registra la anomalía de iridio del límite Cretácico–Paleógeno, pista clave para entender que en dicho momento fuimos alcanzados por un meteorito. El equipo estudió setenta y dos metros de la serie estratigráfica paleoceno-eocena, que representa un sistema de turbiditas (sedimentos resultantes del depósito de una corriente de turbidez), en un ambiente marino profundo. La tonalidad elegida fue Sol Mayor (Sol M), asignando un Si (8vb) a las areniscas, un Fa# a las lutitas, un Sol a las margas, un La a las margo-calizas y un Si a las calizas. Notas más graves para los terrígenos y más agudas para la sedimentación química. Antes de construir el pentagrama, todavía quedaban más decisiones: hicieron equivaler la duración de una negra con cuarenta centímetros de serie y el compás elegido fue 4/4. ¿Tiene toda esta jerga musical algún sentido? ¿Cómo suena Zumaia? Bueno, sorprendentemente alegre, ajeno a la extinción biológica que había sucedido metros más abajo en la serie sedimentaria.

¿Y el paisaje de mi ensoñación? ¿Queréis saber cómo sonaba? Lo siento, pero esa serie sedimentaria (imaginaria, pero con base real, como los sueños son) no está entre ninguna de las usadas por Miguel Ángel Fraile y José Luis Simón, aunque hay un par de ellas que son de la misma edad, Mioceno Superior.

Ya os había dado un dato anteriormente para deducir esa edad, Mioceno Superior. ¿Os dais cuenta de cuál? ¿No? Bien, entonces puede que ya tenga tema para otra publicación en Principia…

 

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