Muerte de un legionario

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En julio de 1976, un microorganismo desconocido produjo un brote infeccioso entre los asistentes a la 58ª Convención de la Legión Americana del estado de Pensilvania. En el hotel Bellevue-Stratford de Filadelfia, 221 personas fueron afectadas por una neumonía. De estos, 34 murieron. A esta enfermedad se le denominó enfermedad de los legionarios

TEXTO POR QUIQUE ROYUELA
ARTÍCULOS | EFEMÉRIDES
LEGIONELA | MICROBIOLOGÍA
18 de Enero de 2017

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Navidad de 1976. Despacho oval de la casa blanca. Washington D.C.

 El doctor Leonard Bachman sudaba profusamente. O tenían la calefacción demasiado alta o mi jodido sistema de regulación se ha hecho añicos con tanto estrés, pensó el buen doctor. Estoy demasiado mayor para estas mierdas, añadió mentalmente mientras el trigésimo octavo presidente de los Estados Unidos le escrutaba con una mezcla de ira e incredulidad.

—Hay que estar preparados para una terrible epidemia de una nueva cepa de gripe —dijo Leonard Bachman, secretario de salud de Pensilvania tratando de liberarse de la mirada asesina del presidente—. Esta nueva gripe porcina podría ser devastadora. Hay que prepararse para crear un plan de vacunaciones masivo.

 El presidente siguió con sus ojos clavados en el doctor Bachman sin decir ni una palabra. Al fin, se acomodó en su sillón presidencial, cruzó las manos sobre el pecho y habló desviando la mirada hacia la persona que estaba sentada junto al doctor Bachman.

—¿Y usted qué piensa, doctor Sencer? —preguntó con paciencia Gerald Ford.

 El hombre a quién el presidente había hecho la pregunta se ajustó sus gruesas gafas de pasta y con la tranquilidad propia de quién está acostumbrado a lidiar con organismos infecciosos todos los días respondió con rotundidad.

—En el CDC estamos convencidos de que no se trata de ninguna gripe, señor presidente —respondió el director del CDC—. Creemos que vacunar a la población frente al virus no solucionará el problema —sentenció.
—Si se equivocan serán los responsables de un buen puñado de muertes —señaló iracundo Leonard Bachman en referencia al comentario de Sencer, dejando al presidente de los Estado Unidos de América con la palabra en la boca.
—Por Dios, Leonard, cállate de una vez. Deja al doctor Sencer que se explique —pidió Gerald Ford al secretario de salud—. Esta epidemia nos está volviendo locos a todos y necesitamos resolverlo de inmediato.

 El doctor David Sencer afirmó con la cabeza. El CDC, en una decisión sin precedentes, había enviado a un ejército de 20 epidemiólogos a trabajar con los miembros del departamento de salud de Pensilvania para tratar de averiguar que estaba pasando, a qué tipo de organismo se estaban enfrentando. Un patógeno misterioso que había matado a treinta y cuatro personas y afectado a más de doscientas, que supieran.

 La prensa no ayudaba: las críticas recibidas por no encontrar al responsable de la enfermedad se hacían cada vez más feroces. Pero él, David Sencer, mantenía la calma. Confiaba en sus hombres y sabía que Joseph McDade acabaría dando con la tecla. Para echar más leña al fuego, el libro La amenaza de Andrómeda, de Michael Crichton, se había convertido en superventas y la histeria colectiva frente a la enfermedad de los legionarios era ya un hecho.

 18 de enero de 1977. Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades. Atlanta. Georgia

 El doctor Joseph McDade escuchó el portazo desde la sala de cultivos celulares. Se avecinaba tormenta.

—Joder, Joseph. ¡Tienes que darme algo ya! —gritó David Sencer desde el umbral de la puerta saltándose su habitual cortesía—. Sé que tienes algo desde hace tiempo… lo necesito ya.

 McDade, con su parsimonia habitual, tomó la placa de cultivo y la metió en la cámara incubadora. No dijo nada. Observó las distintas estanterías y escogió otra placa distinta. La llevó hasta el microscopio y la puso bajo la minuciosa mirada binocular de aquella maravillosa obra de la tecnología. Observó a través del microscopio y tomó una serie de notas en su cuaderno de laboratorio. Por el rabillo del ojo notó cómo su amigo y jefe comenzaba a impacientarse.

—Cómo bien sabes, David, esto requiere paciencia. No debemos cometer los mismo errores que el departamento de salud. Somos el CDC, no una barraca de feria —sentenció con serenidad el microbiólogo.
—Lo sé, Joseph, y te pido disculpas por mis modales. Pero entiende que tengo pisándome la cabeza a la administración Ford, al departamento de salud de Pensilvania y a toda la jodida prensa del continente americano… —se lamentó el director del CDC.

 McDade asintió con compasión.

—Te comprendo, David. ¿Crees que no me doy cuenta de cómo cuchichean a mis espaldas en todos y cada uno de los departamentos del CDC? ¿Crees que ignoro los comentarios jocosos cobre mi incapacidad para dirigir este asunto? Pues no lo soy, David, pero me jodo. Porque así es nuestro trabajo. Así es la ciencia y así debe hacerse.

David Sencer se encogió de hombros. Sabía que Joseph McDade tenía razón: tenían que tener evidencias, pruebas concluyentes antes de dar un paso en firme.

Por su parte, McDade siguió observando al microscopio y tomando notas. Volvió a guardar la placa observada, sacó otra e hizo lo mismo. Así hasta que no quedaron más placas por mirar al microscopio. Sencer lo miraba trabajar. Le gustaba cómo hacía las cosas McDade: era cuidadoso y muy escrupuloso, metódico y eficiente. Resignado, se giró para marcharse por dónde había venido hasta que la voz, tranquila, como siempre, de McDade le detuvo.

—David, ¿cuándo tienes que dar la siguiente rueda de prensa? —preguntó McDade.
—Mañana —sentenció lacónico Sencer—. Esos buitres de la prensa me van a decapitar.
—Pues a mi me gusta cómo te sienta el sombrero —respondió McDade.

David Sencer le miró sin comprender a qué se estaba refiriendo su amigo. Hasta que este le indicó que se acercara al microscopio. Confuso, se puso la bata y guantes estériles y se acercó sin comprender todavía. McDade le cedió el asiento y este se acomodó, ajustó el enfoque de los binoculares y entonces lo vio claro, a unos preciosos diez mil aumentos. Sonrió y se dirigió a McDade.

—¿Cómo la vas a llamar? —preguntó al microbiólogo.
—Todavía no lo he pensado —respondió McDade haciéndose el interesante.
—¡Anda ya! Pero si es en lo primero que pensáis los microbiólogos ante la oportunidad de descubrir un nuevo microorganismo. A mi no me engañas —añadió guiñando un ojo a su compañero.
Legionella pneumofila —respondió por fin McDade.
—Qué original —señaló con mofa Sencer—. Acabas de salvar unas cuantas vidas, Joseph McDade.
—Y la posibilidad de que sigas llevando sombrero, David —añadió McDade mientras David Sencer salía por la puerta del laboratorio silbando una canción.

 

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Esta historia es un relato de ficción. No tengo constancia de que el doctor Leonard Bachman fuese un incompetente o que David Sencer y Joseph McDade fuesen amigos. Sin embargo, los nombres de los protagonistas y lo que aconteció es todo real.

El 18 de enero de 1977, el doctor Joseph McDade descubrió el agente causal de la enfermedad de los legionarios, una bacteria a la que denominó Legionella pneumofila. Todo se había iniciado en julio de 1976, cuando se produjo un brote entre el personal de la Legión Americana hospedada en el hotel Bellevue-Stratford de Filadelfia (Pensilvania) que asistió a la 58ª Convención de la Legión Americana del estado. En este brote, 221 personas fueron afectadas por una neumonía cuyos síntomas iniciales se parecían a los de la gripe y que decidieron llamar enfermedad de los legionarios. De estos, 34 murieron.

Asistentes a la 58 convención de Leginarios americanos
Asistentes a la 58ª Convención de la Legión Americana del estado de Pensilvania. Dos de estas personas resultaron muertos por la enfermedad de los legionarios

 

Posteriormente, el doctor Carl Fliermans relacionó la Legionella descubierta por McDade con un grupo de bacterias localizadas en las regiones templadas del Parque Nacional de Yellowstone. Además, Fliermans encontró que esta bacteria habita en las aguas templadas naturales en todos los Estados Unidos y, sobre todo, en las torres de refrigeración de aire acondicionado. De aquí se pudo determinar que la propagación en el hotel se había producido desde el sistema de aire acondicionado a las personas que inhalaron las microgotas que contenían la bacteria.

Tras el descubrimiento de la bacteria, la investigación continuó y se pudo determinar que era el mismo organismo que había sido aislado en 1947 por un grupo de investigadores de la Reed Army Institute en Washington en una enfermedad que solo afectó a animales, por lo que no se le pudo relacionar inmediatamente con la enfermedad de los legionarios.

Otro de los descubrimientos interesantes tras el aislamiento de la bacteria causante de la legionela es que se pudo determinar que era la misma que en 1968 había causado un brote de neumonía en Pontiac (Michigan) entre los trabajadores del departamento de salud. A esta enfermedad se le denominó fiebre de Pontiac.

Además, también se pudo asociar esta bacteria con un brote que se produjo en el mismo hotel que el que dio origen a la investigación pero tres años antes. En aquella ocasión hubo tres muertos de un total de 30 casos. Sin embargo, el sistema de salud de Filadelfia no informó de ello.

Hasta la fecha, el mayor brote de legionela ocurrió en Murcia (España) en el año 2001 con más de seiscientos afectados y cuatro muertos.

El caso de la enfermedad de los legionarios puso en evidencia el funcionamiento del sistema de salud de los Estados Unidos así como la falta de comunicación entre los distintos estamentos gubernamentales en aquella época, donde recibieron críticas constantes por parte de la prensa y la ciudadanía ante la incapacidad de contener un brote producido por un nuevo microorganismo. 

 

Referencias:

http://www.nytimes.com/2006/08/01/health/01docs.html

https://www.cdc.gov/legionella/about/history-sp.html

—http://agencias.abc.es/agencias/noticia.asp?noticia=1670015

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