Lunatismo. Una Luna muy brillante

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Clara se hartó y decidió irse. Aunque era de noche, salió por la puerta y empezó a caminar. No llevaba linterna y aún así caminó mucho rato y… ¡Espera! ¿Cómo pudo llegar tan lejos a oscuras? En lo alto del cielo la Luna llena le iluminaba el camino. Esa noche, la misma Luna le explicó el porqué.

TEXTO POR CARLA BELLERA VILAR
ILUSTRADO POR ÁNGELA ALCALÁ ALCALDE
PRINCIPIA KIDS
ASTRONOMÍA | CUENTO
3 de Julio de 2017

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Horas antes había encontrado todos sus lápices de colores por el suelo, con las puntas rotas e incluso algunos partidos por la mitad. Cuando Clara los vio se le puso la cara roja. Ya era la segunda vez que su hermano Juan tocaba sus lápices sin ningún cuidado.

Escuchó a Juan hablando en la cocina y, como estaba tan enfadada, decidió que no lo quería ver más. No se lo pensó dos veces: se fue hacia el recibidor, se puso la chaqueta roja, las botas amarillas y salió en silencio.

Al cabo de dos horas andando, Clara se sentó en una piedra a descansar. Miró el musgo de la piedra de al lado. Era gris, casi plateado, como todo a su alrededor. Mirándolo sin pensar se tocó los bolsillos y entonces, alarmada, se dio cuenta de que se había olvidado su linterna y, además, de que por ahí no habían farolas. Pero a su alrededor… todo se veía claro. Plateado, pero claro.

Luego miró arriba y la vio. Llena y luminosa. Ah, la Luna… Esa noche había luna llena.

Clara recordó el día en que en el colegio le hablaron de los astros, esos cuerpos celestes que habitan el cielo. Le hablaron de las estrellas y de su luz, como la del Sol. Y de los planetas, como la Tierra. Y de los satélites, como la Luna.

«Estrellas... Luz… La señorita Teresa nos contó que solo las estrellas tienen luz propia y que el Sol es una de ellas».

Clara recordaba lo bien que le sentaba el Sol de mediodía durante el patio.

«¡Eh! ¡Pero la Luna es un satélite! ¿Por qué brilla así? ¿Acaso recordaré mal?».

—No, Clara, recuerdas muy bien. Solo las estrellas emiten luz —una voz sonó en el ambiente.
—Ah, ya decía yo… —respondió Clara, justo en el momento en que se daba cuenta de que no había nadie con ella. Abriendo bien los ojos, asustada, preguntó—: ¿Quién está ahí? ¿Con quién hablo?
—Conmigo. Aquí, aquí. ¡Aquí arriba! Perdona que te interrumpa. Oí que pensabas en mí y decidí prestar atención. No ibas equivocada: yo soy un satélite. El satélite natural de la Tierra, ¡el único e irrepetible! Y no, no tengo luz propia —respondió la Luna desde el cielo.

Del susto, Clara se cayó de la piedra donde estaba sentada. Miró hacía arriba y… ¡la Luna tenía cara! Unos ojos abiertos con unas pestañas muy largas y unos labios carnosos que dibujaban una sonrisa muy divertida y amable.

—Pero… pero… ¿hablas?

Clara no se lo podía creer.

—Bueno, normalmente no mucho. La verdad es que suelo estar muy sola y no hay muchas estrellas que hablen conmigo —respondió la Luna—. ¿Qué haces sola a estas horas de la noche?
—Me fui de casa —dijo Clara mientras miraba el suelo.

Como no quería hablar de eso, y se acordó de su bolsillo vacío, cambió de tema.

—Oye, Luna, cuéntame. Si solo las estrellas emiten luz, ¿porque hoy se ve todo tan claro? ¿De dónde viene tu luz?
—¡Buena pregunta! Yo no tengo luz propia, en realidad me veo así de brillante gracias al Sol.
—¿Al Sol? —preguntó extrañada Clara.
—Exacto. La luz del Sol se refleja en mi superficie. Podríamos decir que soy… como un espejo gigante.
—¡¿En serio?¡ Pero entonces… ¿por qué lo veo todo plateado? Durante el día, con la luz del Sol, puedo ver muchísimos colores.
—Bueno, eso es porque como espejo, la verdad, es que no soy muy buena. Soy rugosa y estoy llena de rocas y de polvo, así que aunque me veas muy brillante, en realidad reflejo muy poca luz de la que recibo, aunque sí la suficiente para que veas el camino. En cambio, si estuviera lisa y suave, como recubierta por nieve… ¡Uy! ¡Entonces iluminaría mucho más!

Clara, en ese momento se imaginó la Luna recubierta de nieve. Qué hermosa sería… Ambas se quedaron un rato en silencio, el justo para que una lagartija saliera de una grieta y se escondiera por la siguiente. En ese momento a Clara le dio un escalofrío y recordó noches muy oscuras en las que no se veía nada ni nadie, ni plateado ni de ningún color, solo oscuridad.

—Hay veces en las que no brillas así. Incluso hay veces en las que ni siquiera estás. ¿Por qué? ¿Dónde te vas? —preguntó Clara.
—No, no me voy. Siempre estoy aquí aunque tú no me veas. El brillo que tú ves depende del lugar en dónde me encuentro de mi viaje. Cada 29 días más o menos le doy una vuelta a tu planeta, la Tierra, que a su vez, da vueltas alrededor del Sol. Durante ese viaje, el Sol me ilumina desde distintos ángulos. Por eso puedes verme en distintas fases: nueva, creciente, menguante y llena —explicó la Luna.
—Vaaaale… Entonces, ¿siempre estás ahí?
—Siempre.
—Pues menos mal que hoy estabas llena de luz… —exclamó Clara recordando el largo rato que estuvo andando sin linterna.

En ese momento, la Luna se despistó mirando una estrella fugaz que pasaba por delante de ella.

—Los lápices de colores, mi hermano los rompió —dijo Clara repentinamente.
—¿Los lápices eran tuyos? —preguntó la Luna.
—Sí, eran un regalo de cumpleaños.
—Oh, así que es eso lo que pasó… ¿Y no tienes sacapuntas?
—¿Sacapuntas?
—Sí, claro, para que puedas arreglarlos y utilizarlos otra vez.
—Pues… sí… tengo sacapuntas… —Clara recordó que junto a los lápices también venía un sacapuntas—. ¡Es verdad! ¡Puedo recuperar mis lápices!

En su cabeza vinieron un montón de dibujos bonitos para pintar. Llevaba tanto rato viendo colores plateados que le apeteció mucho ver colores rojos, verdes, azules y amarillos.

—Sí —dijo decidida Clara—. Me voy a dibujar un rato. ¡Me voy ahora mismo a casa! Aunque me pilla un poco lejos. Oye, Luna, ¿me seguirás iluminando mientras vuelvo a casa?
—Por supuesto. Durante toda la noche. Hoy y cada día de Luna llena en que quieras salir a pasear.
—¡Gracias, Luna! Ha sido un placer hablar contigo —dijo Clara mientras empezaba a andar.
—¡Buena suerte, Clara! El placer ha sido mío —se despidió la Luna.

Clara se fue corriendo a su casa siguiendo un sendero iluminado por luz de Luna, llenito de flores plateadas. Se sentía emocionada y con muchas ganas de dibujar. Luego, ya en el comedor de casa y sentada en el suelo dibujando, recordó a la Luna. Le gustó haberla conocido y pensó que era muy simpática.

La siguiente Luna llena Clara volvió a salir de casa, paseó un poco y buscó en el cielo. Al ver de nuevo a la Luna, le saludó y esperó respuesta. Con sus largas pestañas y su sonrisa de siempre la Luna le respondió y se pasaron toda la noche hablando. Clara tenía una nueva amiga. Y aunque no tenía luz propia, era la más brillante de todas.

 ¡Buenas noches!

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