¿Cuánto hace que no ves la Vía Láctea?

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Ya en otra ocasión me habían estropeado el espectáculo de la luna llena: un año quise ir a contemplarla en barca al estanque del monasterio de Suma en la decimoquinta noche, así que invité a algunos amigos y llegamos cargados con nuestras provisiones para descubrir que en torno al estanque habían colocado alegres guirnaldas de bombillas eléctricas multicolores; la luna había acudido a la cita, pero era como si ya no existiera.

El elogio de la sombra, Junichiro Tanizaki, 1933

TEXTO POR ESTÍBALIZ ESPINOSA
ILUSTRADO POR ÁLEX FALCÓN
CIENCIA, ARTE Y DISEÑO
ASTRONOMÍA
10 de Julio de 2017

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¿Cuánto hace que no ves la Vía Láctea? Esa especie de arco iris en negativo. Nuestra propia galaxia vista desde nuestro planeta es, sin duda, abrumadora. Pero hoy cuesta tanto verla como ver «hablar» a una luciérnaga.

Foto de Óscar Blanco. «Grávida bajo Vía Láctea, en Guitiriz. Puede verse contaminación lumínica de Lugo y A Coruña.»

La historia de este puñado de sapiens, es decir, la que nos contamos a nosotros mismos, es la historia de nuestra luz propia. Cómo imprimimos nuestras manos en cavernas, entre yeguas y bisontes rojizos, a la luz vacilante de médulas con llama. Cómo iluminamos con sebo o espermaceti nuestros bailes de medianoche, antes del siglo XIX. Cómo uno de nuestra especie se imaginó a lomos no ya de su bicicleta sino de un rayo de luz y años después formuló la teoría de la relatividad. Cómo aprendimos a hacer el ruidito ese de luchar con espadas láser...

Ilustrar es iluminar. Los «Ilustrados» (enlightened ones) europeos se llamaron así por su conocimiento radiante, esa razón tan cool y, al tiempo, tan recién horneada. No solo nuestras ideas las hemos metaforizado como filamentos en incandescencia, también nuestras obras: desde el Gran Palais de París, iluminado con un nuevo gas, el neón, por Georges Claude para el Salon de l’Automobile et du Cycle en 1910 (velocidad y luz, esa pareja de amigas), hasta nuestros monumentos actuales bajo docenas de focos.

Vivo en una ciudad con un antiguo faro romano. Se lo conoce como La Torre, pero su oficio a lo largo de dos milenios fue el de lanzar rayos al mar. Además de encender el Atlántico en 4 destellos cada 20 segundos, la Torre de Hércules se rodea de focos ornamentales que resaltan su silueta hoy neoclásica. A veces estas luces son de un color determinado. Expresan un estado de ánimo, una festividad, memoriales...

Foto de Sandra G. Rey. «Farolas»

No solo tiene su gracia jugar con la luz. Esos 299792,458 km/s de particulares ondas, ese río de fotones, son un elemento arquitectónico y artístico de primer orden: desde las vidrieras en tecnicolor de la Catedral de León hasta tu cara reflejada en la Chicago Bean (o Cloud Gate), de Anish Kapoor; desde las celosías fotoeléctricas de L’Institute du Monde Arabe (obra de Jean Nouvel) al cromlech de Stonehenge, pasando por Lía Chávez. Natural o artificial, la luz expresa, define, informa. Galileo sospechaba que la luz debía de poder medirse. Casi toda la historia de la física moderna han sido juegos con la luz. Cuantos de luz. Fotones. Lux o lumen. El lado luminoso de la fuerza. 

Si, siguiendo a los lingüistas Lakoff y Johnsson, admitimos que nuestro pensamiento está sembrado de metáforas que brotan en el lenguaje diario, con la luz casi todo suena positivo: traer alguien a la vida es «dar a luz» en nuestra lengua. El icono común de «tener una idea» o «ser un genio (o genia)» es una bombilla encendida. Tener «pocas luces» (ser algo tonto) nos hace pensar en la inteligencia como en una verbena intracraneal, con farolillos tendidos de neurona a neurona. Se han consignado, incluso, los llamados zinc fireworks (fuegos artificiales de zinc) cuando, en la intimidad nupcial de una placa de Petri, un espermatozoide fecunda un óvulo en el laboratorio. 

Desde que orbitamos nuestro propio planeta y nos sacamos selfies con él, mostramos orgullosos el patrón intrincado de nuestras ciudades en la noche, como si fuese el oro maya. Las imágenes desde la Estación Espacial Internacional nos hablan de un Norte resplandeciente y un Sur a ciegas (o eso creemos). Comparamos las dos Coreas, Norte y Sur, como si fuesen el yin y el yang. El progreso parece algo iluminándose en alguna parte. La alegría es chispa. Queremos luz a todas horas. Pero las fotógrafas saben que eso solo nos lleva a la sobreexposición. A la foto quemada. A lo que ya no se puede ver.

Infografía sobre medidas para evitar contaminación lumínica de la Dark Sky Association.

«Y da a tu decir sentido: dale sombra», aconsejaba Paul Celan en el poema Habla también tú. Una aurora nace de cierta tiniebla. Pero no solo nace de ella: la necesita para ser significativa. Los actuales desafíos en astrofísica —ciencia basada en interpretar la luz que incide en tu ojo desde remotos confines— redefinen el atractivo de lo oscuro, lo oscuro como fascinante, como lo que nos queda por conocer y que dota de sentido a la fisis, la naturaleza: a pesar de tanta bombilla LED, resulta que estamos rodeados de agujeros negros, materia oscura, energía oscura. Toda la materia que conocemos (desde galaxias remolino a los tiesos bigotes de tu gato) supone solo el 5% de este festín de oscuridad. Y la luz visible es solo una fracción minúscula en el espectro de radiaciones conocidas.

El ser humano vive un momento perplejo: ha encendido miríadas de lamparitas planetarias que le hablan de sí mismo, pero que interfieren con las luces naturales que venían ya de serie en otros seres vivos. Tomemos, por ejemplo, varias especies de luciérnagas (entre otras Photinus pyralis, también llamada osa mayor): escasean porque nuestra iluminación artificial emborrona sus mensajes intermitentes de cortejo. Y no se aparean. Nuestras farolas son su bajón.

Poster de Tyler Nordgren sobre Parques Naturales norteamericanos y la visión del cielo nocturno.

Apenas nos sumergimos un poco en el océano, nos encontramos bioluminiscencia, organismos que producen luz: no solo criaturas abisales, también peces, moluscos, medusas y otros seres que suben a la superficie y crean lo que por aquí conocemos como «ardora» y en inglés milky seas (mares lácteos). El explorador Alexander von Humboldt, ante la fosforescencia y suponemos que hambriento, anotaba en su diario de a bordo: «un líquido comestible lleno de partículas orgánicas».

Así que contamos con una especie de vía láctea marina, hermana de la celeste. Otra maravilla natural. Pero, ¿acaso vemos la Vía Láctea? ¿Cuánto hace que no ves la Vía Láctea? 

Escribe Rachel Carson en su clásico Primavera silenciosa, de 1962: «Una forma de abrir tus ojos es preguntarte a ti misma: “Cómo sería si nunca hubiera visto esto antes? ¿Cómo sería saber que no lo volveré a ver?”».

Ilustración de Oriol Jolonch.

«Una luciérnaga entre el musgo brilla/ y un astro en las alturas centellea». Es el primer verso de un poema de Rosalía de Castro, de En las orillas del Sar, en 1884. Ciento treinta y tres años después ni luciérnaga ni astro —así sea el fulgurante Sirio— compiten fácilmente con el LED azul de luminarias y reclamos publicitarios. Si fotosintetizamos penumbra daremos a luz una Tierra menos nuestra y más de todos. La contaminación lumínica puede ser tan perjudicial como la polución del aire pero, ¿cómo entender que la luz en exceso es contaminante cuando el símbolo universal de una idea era una bombilla irradiando? Leonard Cohen sabía que la luz que emociona entra por una grieta. En pequeñas dosis. Es urgente aprender a iluminarnos con sentido: las horas que haga falta, con filtros respetuosos, con farolas orientadas solo hacia lo que necesita claridad. Junichiro Tanizaki en El elogio de la sombra relata esta anécdota: Albert Einstein exclamó desde el tren rumbo a Kyoto: «Vaya, no son muy ahorradores por aquí!» y señaló el alumbrado eléctrico prendido en pleno día.

Fotografía sin acreditar, mujer con cabeza de nebulosa y luna.

Tanizaki y Rosalía charlan en un porche a oscuras, contemplando el Río Celeste en japonés (Ama no Gawa), o el Camino de Santiago. Un escarabajo pelotero junto a ellos también la admira a su manera: todo es lo mismo, la Vía Láctea. Se dicen algo así como «señora de Castro, esta sombra sigue asombrándonos»; «De acuerdo, señor Tanizaki, la sombra es no solo digna de elogio, también fuente de comunicación y vida para otras unidades basadas en el carbono». Y brindan con sake y licor café. ¿Apagamos luces innecesarias y nos arrimamos una silla a su porche?

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