Las fronteras de la ciencia

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Este texto corresponde al primer premio del IV concurso científico-literario dirigido a estudiantes de 3º y 4º de ESO y de Bachillerato, basado en la novela Relámpagos de Jean Echenoz organizado por la Escuela de Máster y Doctorado de la Universidad de La Rioja.

TEXTO POR SARA PICOS
ILUSTRADO POR ÁNGELA ALCALÁ ALCALDE
ARTÍCULOS
RELATO
29 de Julio de 2017

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Fronteras. Ese es el mayor de los problemas. El mayor de los obstáculos para el desenvolvimiento cultural, económico, tecnológico o científico.

Tiene gracia. Cuando todavía vivía en mi país natal, Voltonia, tenía la esperanza de emigrar a los Estados Unidos y cumplir el «gran sueño americano». Mostrar a los habitantes de la mayor potencia mundial mis ideas, mi ingenio, mis inventos y mis investigaciones.

En Voltonia la gente me decía que tenía un talento innato, que llegaría muy lejos y que pronto me convertiría en el próximo Tesla. Iluso de mí. Llegué a creérmelo hasta tal punto que comencé a ahorrar todo el dinero que pude (que no era mucho) para marcharme a «la tierra de las oportunidades». 

Todo fue una pérdida de tiempo, esfuerzo y dinero. 

Mi equipaje constaba únicamente de una pequeña mochila en la que guardaba dos mudas, 80$ en el bolsillo y mis inseparables libretas con todos mis cálculos y anotaciones. Tampoco es que en Voltonia tuviera muchas más posesiones. Todo lo que necesitaba lo tenía en mi cabeza. Ese es el único equipaje que necesita un inventor. O eso creía yo. 

Bajé del avión y me dirigí hacia la aduana en el aeropuerto Washington—Dulles.  En cuanto vieron mis facciones, dos policías tan corpulentos como armarios me agarraron y cachearon, me preguntaron por mi nacionalidad y yo, con mi decadente inglés, traté de hacerles entender que era un visionario, un inventor que venía a su tierra para poder enseñarle a la gente mi gran proyecto. El proyecto que cambiaría el mundo. Se rieron de mí. Dijeron algo que no logré entender pero que pude imaginarme que no era precisamente un cumplido. Necesitaba un permiso para poder entrar en los Estados Unidos. 

¿Qué hubiera sido del mundo, de la vida que conocemos ahora, de la sociedad actual, si grandes genios como Nikola Tesla o la familia de Steve Jobs hubieran tenido las mismas dificultades que yo a la hora de emigrar en busca de alguien que les escuchase, de alguien que apoyara el proyecto que les llevaría al triunfo?

Me temo que yo no tendría tanta suerte. 

Os preguntaréis por qué escogí los Estados Unidos si, con las nuevas normas allí, es casi imposible para los emigrantes entrar. Es fácil:

En primer lugar, la mayoría de los grandes éxitos a nivel científico y la mayoría de las patentes se han producido allí.

En segundo lugar, hace un tiempo, un famoso profesor de Washington vino a dar una conferencia a Voltonia. El profesor  Byron Collins.  Después de su impresionante conferencia acerca de la energía y los nuevos métodos de obtención de la misma, el profesor Collins se acercó a mi asiento. Para mi asombro se dirigió a mí diciendo:

—Buenas tardes joven. ¿Podría conocer tu nombre?

No me esperaba esa pregunta. No sabía que responder. Por un momento me había olvidado hasta de mi nombre

—Eh... Ljehvik, Buddhòk Ljehvik 

La cara del profesor reflejaba la dificultad de mi nombre. Solía pasar muy a menudo con los extranjeros. Nosotros veíamos nuestros nombres completamente normales.

—Ya…Bueno, ¿te importa que te llame Buddy? Agilizaría mucho más nuestras conversaciones.
—En absoluto profesor Collins, por favor, llámeme como usted crea más conveniente.

Pude percibir una sonrisa bajo el abundante bigote del Profesor, que rió ante mi aparente exceso de formalidad.

—Bien Buddy, tengo que admitir que, a pesar de haber recorrido el mundo entero ofreciendo cientos de conferencias, nadie antes me había sorprendido de la manera que tú lo has hecho. La pregunta que formulaste acerca de la fusión nuclear me dejó, como pudiste ver, sin palabras.

En ese momento, el que se quedó sin palabras fui yo. Todavía no podía creer que el gran Profesor Byron Collins hubiera dicho eso.

—Gra…gracias señor Collins —tartamudeé—. Es un verdadero honor.
—¿Sabes, chico? Tienes un gran talento, créeme. Después de tantos años sé reconocer a un verdadero genio a 100 kilómetros de distancia. El mundo necesita a gente joven, visionaria, sin miedo a fracasar y que aporte nuevos puntos de vista. Y tú puedes hacerlo.
—Profesor Collins, no creo que yo…
—¡Tonterías! —me interrumpió—.  No te dejes influir por ignorantes que te dicen que fracasarás. Se han perdido muchos grandes talentos a causa de esto. No quiero que seas uno de ellos. Persigue tu sueño Buddy.
—Pero Profesor Collins, no tengo dinero y además soy de Voltonia. No hay manera de afrontar eso.
—Siempre hay una manera, Buddy.  Ahora debo marcharme —rebuscó en el bolsillo de su chaqueta y me ofreció su tarjeta de visita—.  Si necesitas ayuda tan solo tienes que contactar conmigo. Me alegro de haberte conocido, Buddy.
—El placer es mío señor Collins. Gracias.

Un tiempo después, conseguí reunir el dinero necesario para abandonar Voltonia trabajando durante el día en bares y cafeterías. Por las noches, me centraba únicamente en desarrollar el proyecto con el que el profesor Collins me ayudaba mediante algún que otro intercambio de correos electrónicos.

El proyecto que desarrollamos consiste en una serie de estudios y cálculos con los que se puede demostrar lo factible y eficaz que es la fusión nuclear en la Tierra. El ITER (Reactor Internacional Termonuclear Experimental) ya está construyendo un complejo, el Tokamak, para experimentar con la fusión nuclear en nuestro planeta, pero las pruebas no serán iniciadas hasta dentro de unos años. Sin embargo, yo ya había dado con la solución. Había encontrado la prueba de que un nuevo medio de obtención de energía limpio y prácticamente inagotable se podía dar en la Tierra, el mismo método presente en las estrellas de nuestro universo. Había encontrado la clave para que la humanidad no tuviera que depender de recursos fósiles y de que la vida de nuestro planeta sea más longeva.

Pero lo que más sorprendió al profesor Collins, fue que lo deduje sin tener que realizar pruebas a gran escala y, claro, sin gastar los millones de dólares que otros están destinando a esta búsqueda.

Una vez hube terminado con todos los cálculos y con el desarrollo de mi teoría estaba preparado para mostrar al mundo mi gran proyecto.

Como os iba diciendo antes de explicaros el por qué de mi viaje a Washington, me habían cortado el paso en la aduana debido a que no tenía ningún visado ni permiso.

Lo primero que pensé fue en llamar al profesor Collins, él sabría qué hacer. Me dirigí hacía una de las cabinas telefónicas del aeropuerto, ya que yo ni siquiera tenía móvil. Marqué el número del profesor. Primer tono. Segundo tono. Estaba empezando a impacientarme, ¿qué pasaría si el profesor Collins no descolgaba mi llamada? Tercer tono. Cuarto tono. Cuando ya había perdido la esperanza de que el profesor respondiera escuché su voz:

—¿Diga?
—Soy Buddhòk Ljeh …¡Buddy, soy Buddy, profesor! Estoy en el aeropuerto Washington-Dulles. No me dejan pasar la aduana.
—¡Buddy! ¿Qué haces aquí?
—Conseguí ahorrar el dinero necesario para comprar un billete de avión.
—¿Les has hablado a los de seguridad de que es un viaje para desarrollar tus estudios?
—Sí, pero no ha servido de nada, me miraron riéndose.
—Está bien, voy para allá. Conozco a algunos altos cargos. Intentaré ponerme en contacto con ellos y conseguir que te dejen pasar.
—Gracias profesor.

Estuve dos horas esperando sentado en el suelo del aeropuerto. Viendo como la gente iba y venía sin apenas mirarme, y las personas que lo hacían me dedicaban una mirada llena de desdén y desprecio. Me acordé entonces de una de mis frases favoritas, una frase del gran Albert Einstein: «¡Triste época la nuestra! Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio». ¡Qué razón tenía!

Cuando se me estaban empezando a cerrar los ojos debido a la falta de sueño por haber estado trabajando sin descanso durante tantos días, vi a lo lejos la figura del profesor Collins avanzando a paso ligero. Me levanté y me acerqué hasta él.

—Hola Buddy —dijo jadeando—. Me alegro de verte. Lo siento, pero no he conseguido que te concedan el permiso de residente ni de estudiante. Sin embargo, podrás obtener un visado en calidad de turista, pero únicamente podrás permanecer en suelo americano durante una semana. Siento no haber podido hacer más.
—Está bien profesor. Gracias de todos modos. Si solo tenemos una semana habrá que aprovecharla.

En cuanto me concedieron el visado de turista subimos a un taxi para ir a la casa del profesor Collins. Bueno, decir casa era quedarse corto. Era prácticamente una mansión. Sin duda era la vivienda más grande que había visto nunca. En Voltonia no tenemos nada parecido, ni siquiera los edificios públicos más importantes se pueden igualar a la residencia del profesor. Tenía varios pisos y una escalinata que conducía a la entrada principal. Estaba rodeada de unos jardines perfectamente cuidados, con numerosos estanques, fuentes y arbustos de todo tipo. El Profesor debió percibir mi cara de asombro:

—Tengo alguna que otra patente. Antes yo tampoco tenía mucho. Puedes lograr muchas cosas si consigues la aceptación de tu proyecto.
—Pero eso no va a pasar, profesor. Al menos no en este país.
—Mantén la esperanza, Buddy —por primera vez, el profesor no sonó muy convencido de lo que estaba diciendo—, seguro que acabas consiguiéndolo.

Yo sabía que no. Él sabía que no. Sin embargo debía intentarlo. De todos modos, no tenía nada que perder.

El profesor me condujo a la que sería mi habitación. Era enorme. La cama era casi tan grande como mi propio cuarto. Tenía un inmenso ventanal que dejaba ver las espléndidas vistas de la capital estadounidense. Al lado de mi habitación estaba la colosal y maravillosa biblioteca del profesor. Quién sabe la de miles de libros que habría allí. Haría falta una eternidad para leerlos todos.

La vivienda del Profesor Collins no era nada comparado con la Universidad de Georgetown, donde este impartía clases. Más que una universidad cualquiera parecía Hogwarts. El edificio que servía de  recepción de la Universidad, el Healy Hall, era una construcción imponente con numerosos torreones y ventanales, casi semejaba un castillo.

Nos dirigimos a la facultad de Física, que estaba a pocos minutos a pie. La facultad del profesor era un edificio bastante más austero que el anterior. La única decoración con la que contaba era con una especie de celdas de panal que recubrían la fachada. Las clases allí eran, sin exagerar, tres veces más grandes que las de la universidad en la que yo estudié en Voltonia.

Tras detenernos para hablar un par de veces con otros profesores y algún que otro alumno fuimos al despacho del profesor para coger la llave del laboratorio.

La cantidad de instrumentos y utensilios que había me dejó asombrado. Algunos de los artefactos no sabía ni lo que eran, en mi universidad solo contábamos con lo básico. El profesor me fue explicando la función de cada uno y cómo se manejaban.

—Buddy, se me acaba de ocurrir una cosa. ¿Qué te parecería hablarles a los otros profesores sobre tus ideas en la fusión nuclear? Además, así podrías practicar por si un día de estos tienes que exponer de verdad tu proyecto.
— Sí, es una buena idea, pero…
— Sé lo que estás pensando —dijo riendo—. No te preocupes, mis compañeros de departamento nunca tratarían de copiarte la idea, son muy respetuosos en ese ámbito.
— Ja, ja, ja. Hecho entonces.

En la sala de conferencias de la Universidad nos esperaban seis profesores que me sonrieron al entrar.

—Buddy, te presento a la profesora Barringer, al profesor Griffin, al profesor Underwood, a la profesora Granger, al profesor Koothrappali  y al profesor McConnell
—Mucho gusto —dije estrechándoles la mano.

Les expuse todos mis cálculos y anotaciones y les expliqué cómo llegué a deducir el resultado final con una pequeña presentación que pude realizar unas horas antes.  Al acabar, me envolvieron con un inesperado aplauso seguido de numerosas preguntas y elogios hacia mi trabajo. El profesor Underwood, un hombre mayor con gafas, poco pelo y una abundante barba me dijo: 

—Supongo que ya habrás pedido plaza en la universidad como profesor,  ¿me equivoco?
—Me temo que eso no va a ser posible, señor Underwood. Pude conseguir un visado de turista pero no me está permitido quedarme en Estados Unidos más de una semana.
—¿No hay ninguna manera de que puedas quedarte? —preguntó la profesora Granger.
—Entonces, ¿cómo vas a presentar y a patentar tu idea? —siguió el profesor Griffin—. ¿Volverás a Voltonia?
—Sinceramente, no sé lo que haré —respondí.
—Yo tuve suerte —añadió el profesor Koothrappali—. Vine de la India hará unos treinta años. Por aquel entonces todavía no estaban instauradas las leyes que limitan el acceso de inmigrantes. 

Tras despedirnos de los profesores y recibir su ánimo y apoyo, el profesor Collins y yo volvimos a su casa. El silencio se había apoderado de nuestra cena hasta que el profesor Collins lo interrumpió:

—Mañana por la mañana iremos en busca de tu permiso. Estoy seguro de que tiene que haber alguna manera de conseguirlo. Acabas de hacer uno de los descubrimientos del siglo y puede que uno de los más importantes de nuestra historia reciente. Tu teoría de la fusión nuclear será la clave para  el futuro de la especie humana. No podemos permitir que se desmorone de este modo.

A pesar de que sabía que tenía razón en eso, no creía que las leyes que me habían impedido quedarme fueran a cambiar de un día para otro.

Durante los dos días siguientes, el profesor Collins y yo nos limitamos únicamente a recorrer todo el estado en busca de una solución para mi problema. Visitamos varios departamentos de inmigración pero ninguno pudo o quiso darnos solución. Por suerte, en una oficina de extranjería nos dijeron que existía un visado para trabajar en el país si se tenían las aptitudes necesarias en campos como la ciencia, el arte o los deportes, pero que era un proceso muy largo y poco fiable. Podían pasar varios años hasta que me lo concedieran (si es que me lo concedían). A pesar de esto, cubrimos los papeles necesarios para poder solicitarlo y nos fuimos.

—Bueno Buddy, si quieres puedes aprovechar los días que te quedan en Washington para ultimar más tu proyecto con algunos fondos y recursos de la Universidad.  El rector ya conoce tu situación y nos ha ofrecido él mismo esta posibilidad.
—Sería fantástico profesor, agradézcaselo al rector de mi parte.

Gracias a la contribución de la Universidad pude cerciorar aún más mi teoría con la ayuda de algunos profesores y alumnos. Conseguí obtener más resultados y más pruebas para poder utilizar la fusión nuclear como fuente energía, si es que en un futuro optan por no rechazarme debido a mi procedencia.

Hubiera deseado que esa semana no acabase nunca.

El viernes por la tarde ya lo tenía todo listo para volver a Voltonia. El profesor Collins fue muy generoso pagando mi billete de avión de vuelta ya que yo no me lo podía permitir. Subimos al taxi y pusimos rumbo al aeropuerto. No quería marcharme pero no me podía aferrar a nada para poder quedarme.

Cuando llegó la hora de que embarcase el profesor Collins y yo nos despedimos:

—Sigue llamándome y escribiéndome, Buddy. Puedo ayudarte en cualquier cosa que necesites.
—Gracias Profesor, no sé cómo agradecerle todo lo que ha hecho por mí.
—No es nada, chico. Verás como dentro de poco nos volvemos a ver aquí, en Washington.
—Eso espero. Adiós, profesor Collins

Me dio un fuerte abrazo y dijo algo que me sorprendió:

—Hasta pronto, Buddhòk Ljehvik

Por primera vez me había llamado por mi nombre completo, se había acordado. Sonreí.

Me dirigí hacia la puerta de embarque y en el último instante me giré para despedir al profesor con la mano.

Mientras volvía a casa en el avión iba pensando en que ojalá algún día pueda volver, o al menos que en todos los países se oferten las mismas oportunidades y recursos de estudios de las que disfruta la gente de países como Estados Unidos.

También se me ocurrió que, si todos estamos compuestos de la misma materia, ¿por qué no todos disponemos de los mismos derechos y oportunidades aunque no tengamos el mismo lugar de origen, ideología o cultura? En el futuro tiene que haber una ciencia sin fronteras en la cual el conocimiento se pueda emplear para mejorar la vida de todo el mundo en el planeta sin tener en cuenta factores tan irrelevantes como los anteriores.

Bastante difíciles son ya los retos que nos propone la ciencia como para dificultarlos más con discriminaciones y fronteras.

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