¿El gato saborea sus croquetas como yo mi desayuno?

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Todos vivimos el día a día gracias a la consciencia, y cada uno lo hace de manera personal.

TEXTO POR JOSÉ GOTÉS CANO
ILUSTRADO POR ÁNGELA ALCALÁ ALCALDE
ARTÍCULOS
NEUROCIENCIAS
24 de Agosto de 2017

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Seguro que te ha pasado alguna vez: debías de haber comido hace unas dos horas, pero la vida se interpuso y cuando por fin te sientas a la mesa tienes un enojado hueco en el estómago. El primer bocado te sabe delicioso e inunda tu cuerpo de alivio. Mientras más comes, el dolor de cabeza empieza a bajar y para la mitad del plato ya no estás masticando con desesperación.

Cada vez que esto sucede, todo tu sistema digestivo se está involucrando en este estado, pero no es tu estómago el que siente hambre o tu colon el que está satisfecho después del postre. Estos órganos solo mandan señales a tu cerebro que son recibidas como impulsos electroquímicos e interpretados como una necesidad, pero tampoco es tu cerebro el que los siente.

Estas sensaciones las experimentas tú, pero no todo tu cuerpo, solo una pequeña parte llamada consciencia. Sin embargo, si no la tuvieras no experimentarías nada y ¿cuál sería el sentido de una vida así?

Ser conscientes supone conocer nuestra propia existencia, nuestros estados y nuestros actos. Algunas personas han dicho que la consciencia es el puente entre nuestro mundo interno y el externo.

En mi vida he tenido alguna crisis de identidad, pero nunca he dudado de mi propia existencia y, tal vez, tú tampoco. ¿Cómo puedes, por tanto, saber que yo existo igual que tú, que también soy un ser humano consciente que experimenta la sensación de pasear por un parque mientras disfruta el sol en la cara?

Estas sensaciones las experimentas tú, pero no todo tu cuerpo, solo una pequeña parte llamada consciencia.

Seguro que te lo puedes imaginar, pero ¿cómo puedes saberlo si solo eres capaz de experimentar a nivel personal e individual disfrutar el sol en tu cara, cómo a ti te sabe el café o tu pastel favorito, cómo se siente asistir a un concierto o dar un beso a esa persona que te gusta? Son sensaciones que solo tú sabes cómo se sienten. Por que no hay forma de que sepas cómo lo siento yo, ¿o sí?

Estas ideas son parte de un debate filosófico que lleva un buen rato en discusión por mentes como las nuestras. Sin embargo, desde hace algunos años, la neurociencia también es parte de esta conversación, ya que la conciencia, como la fotosíntestis o la digestión, es un fenómeno natural biológico.

El problema de estudiar la consciencia

Mientras una fisióloga puede observar la acción de las enzimas del páncreas o un botánico el ciclo reproductivo de los helechos, las personas dedicadas a neurociencias no pueden apartarse de su objeto de estudio, ya que solo podemos experimentar la vida desde nuestra propia consciencia.

Gracias a millones de disparos neuronales somos conscientes desde que despertamos hasta que dormimos, y vivimos una semi-conciencia mientras soñamos. No conocemos algo diferente a ser conscientes porque esa es la manera en la que percibimos la vida. Es más, hasta la memoria, cuando la experimentamos, es un estado de conciencia presente; traemos recuerdos al momento que estamos viviendo.

Entonces, nuestra conciencia es profundamente personal, no podemos conocer qué es vivir la vida desde la consciencia de alguien más y no nos podemos apartar de ella. Entonces, ¿cómo la estudiamos?

Lo primero que ha querido definir la neurociencia es dónde se encuentra la consciencia. Sabemos que la amígdala se encarga de las reacciones emocionales y que el núcleo supraquiasmático es el reloj de nuestro cerebro, pero tenemos esa información por experimentos que han dañado o apagado temporalmente esas áreas. También porque se han estudiado modelos animales que por alguna irregularidad en el desarrollo no tienen esas estructuras y se ha comparado su comportamiento con el de animales que sí las presentan.

Sin embargo, no se ha podido hacer eso con la consciencia porque no es solo una estructura o área del cerebro la que se encarga de que la experimentemos. Este es el paradigma de la correlación neuronal de la conciencia —o NCC por sus siglas en inglés—, el conjunto mínimo de eventos en nuestras células nerviosas para que se dé una percepción consciente. Es decir, lo mínimo que se tiene que prender en nuestro cerebro para que experimentemos un estado como ver o saborear.

No conocemos algo diferente a ser conscientes porque esa es la manera en la que percibimos la vida.

Para poder conocer más sobre la consciencia y el NCC, se han planteado experimentos partiendo de cómo vivimos los sentidos, especialmente el visual. Para esto, a los sujetos de estudio se les muestra algo en el laboratorio (una palabra, un color o una cara feliz) y reportan si lo vieron o no. Mientras esto sucede, se hace un mapa visual de su cerebro y se comparan las áreas que están activas, por ejemplo, cuando se ve verde contra cuando se ve rojo.

Sin embargo, es difícil asegurar que se ha encontrado el NCC al experimentar colores porque no todas las áreas que se activan en un estado de vigilia trabajan durante el sueño profundo, otro estado de conciencia que experimentamos a diario.

De este tipo de experimentos, y otros donde el resto de los sentidos están involucrados, se ha descubierto que la corteza cerebral, la parte de tu cerebro más cercana al cráneo, está directamente asociada con las experiencias y nuestra percepción del presente. También se ha concluido que otras estructuras cerebrales, como el cerebelo, no están relacionadas con estas funciones. 

La búsqueda actual 

Mientras se siguen planteando formas de precisar aún más el dónde de la consciencia, surge una nueva línea de estudio que se enfoca en el por qué y el cómo de que una estructura neuronal esté asociada con nuestra experiencia personal: la teoría de la información integrada, o ITT.

Para hacer esto, la ITT trata de identificar las características esenciales de la consciencia y luego se pregunta qué tipo de mecanismos físicos pueden ser responsables de ellas. Algunas de las características que la definen son que estamos seguros de nuestra existencia, que ciertas experiencias son irreducibles, por ejemplo un libro azul no es lo mismo que un libro gris más el color azul, y que una experiencia es un conjunto de hechos específicos, ni más ni menos, como que estar en mi cama viendo televisión no es lo mismo que estar en mi cama viendo televisión mientras tengo catarro.

Parece que el estudio de la consciencia es cada vez más complejo y se aleja de un postulado que logre explicar todo sobre este fenómeno que conocemos como experimentar nuestro día a día. Sin embargo, estos esfuerzos poco a poco se integran a nuestra cultura con series como Westworld o preguntas difíciles sobre casos de síndrome de enclaustramiento o pacientes en estado vegetal.

Perseguir esta línea entre la neurociencia y la filosofía nos está dando herramientas para conocernos mejor, así como para saber si otros animales experimentan la vida como nosotros, cómo percibimos la vida cuando estamos en el vientre materno o cómo podemos ayudar a las personas que padecen condiciones médicas que inhiben su consciencia. Nos ayuda a comprender cómo es que podemos experimentar el mundo en el que vivimos y hacer de esta experiencia lo mejor que podamos.

Para saber más

Conciencia: ¿aquí, allá y en todas partes? Giulio Tononi y Christof Koch.
El cerebro y el mundo interior. Una introducción a la neurociencia de la experiencia subjetiva. Mark Solms y Oliver Turnbull.
La conciencia es más de lo que podemos ver: una llamada para el estudio multisensorial de una experiencia subjetiva. Nathan Faivre y Anat Arzi.

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