El cielo sobre Madrid

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Nunca pensé que podría ver las estrellas desde el centro de Madrid. Antes solo la Luna desafiaba la contaminación lumínica de miles de farolas. Para hacer nuestras observaciones astronómicas teníamos que alejarnos hasta la sierra. Pero ahora la ciudad se sume en una feroz oscuridad cada noche.

TEXTO POR LAURA DEL RÍO LEOPOLDO
ILUSTRADO POR ÁNGELA ALCALÁ ALCALDE
CIENCIA DE ACOGIDA
CIENCIA DE ACOGIDA
21 de Noviembre de 2017

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Tampoco brota luz de las ventanas. Los edificios que siguen en pie carecen de electricidad desde hace meses. Quienes los habitan encienden velas o linternas a hurtadillas cuando no tienen más remedio. No conviene llamar la atención.

Yo tengo dos mecheros que heredé de Alberto cuando escapó a Suiza. Nunca tuve linterna en casa, pero tampoco habría logrado salvarla del fuego. Desde mi rincón en el patio de la corrala atisbo lo que antes era mi hogar. Es como si el espacio-tiempo hubiese hecho una pirueta para colocarme al otro lado. Solo que no hay nadie que escudriñe desde un balcón que ya no existe.

Me pregunto donde estarán mis amigos y compañeros de trabajo. Los smartphones de última generación se han vuelto chatarra electrónica al no poder alimentarlos. La última vez que pude cargar el mío tenía un mensaje de Ada: «Suerte. Me voy a Alemania. Búscame». Siempre odió el clima de Dortmund cuando estudiaba allí. Pero ahora preferirá aquellas nubes grises al azul trágico que se extiende sobre Madrid.

Recuerdo cuando los aviones militares solo rompían este cielo en los ensayos para el desfile del 12 de octubre. No era más que un simulacro y apenas dejaban estelas de humo coloreado tras de sí. Pero su cercanía atronadora me perturbaba. Imaginaba cómo sería vivir en una ciudad en guerra. Temer que a ese ruido le siguiese otro terrible. Rezar a un dios en el que no creo para que no me tocase a mí.

Ahora lo sé. Para mi sorpresa, no rezo cuando comienza el zumbido, no me sale. Cierro los ojos y me concentro en mis latidos desbocados. 

Ojalá hubiese escapado a tiempo. Antes también pensaba que sería capaz de huir si se desatase la catástrofe. Que sabría vislumbrar el punto de no retorno, decidir que era hora de marcharse.

Pero fallé con el timing. No es fácil renunciar a una vida. Veía que la situación empeoraba pero quería creer que aún había solución. ¿Adónde voy? ¿Recuperaré mi trabajo si no pasa nada? ¿No será mejor quedarse cerca de la familia? Fui posponiendo la huida hasta que me engulló la historia que se repite. Hasta que se volvió casi imposible llegar a la frontera. Hasta que muchas naciones vecinas empezaron a cerrar las puertas a los refugiados. 

Los refugiados eran siempre otros. Los niños de chándal colorido de la antigua Yugoslavia. Los sirios con barba de varios días. Como mucho, las españolas de falda negra del 37. Ahora lo serán Ada y Alberto, espero. Supongo que se fueron con lo puesto: documentos, algo de ropa y el teléfono móvil. Sus libros y fotos quizás ya no existan, como los míos. Ahora tendrán que encontrar un lugar donde quedarse. O seguir buscando. Quizás aprender otro idioma, trabajar de lo que sea, resignarse. Creo que más tarde saldré a buscar electricidad. Espero que al encender el teléfono haya buenas noticias. Yo también quiero ser refugiada.

En la Historia reciente millones de personas huyeron de los conflictos y el hambre en países de todo el mundo. La exposición Ciencia de Acogida que se exhibe en CentroCentro Madrid hasta el 26 de noviembre de 2017 repasa el exilio de científicos españoles y europeos durante la guerra civil española y la Segunda Guerra Mundial. En la actualidad miles de seres humanos escapan de situaciones dramáticas en Siria, Afganistán, Myanmar, Centroamérica o el África subsahariana. No lo hacen por espíritu aventurero. Emprenden un viaje obligado y dejan atrás a sus familias, hogares, trabajos y recuerdos, sin saber lo que les espera. Muchos países les cierran las puertas o les expulsan. En el futuro cercano seguirá habiendo refugiados, también por motivos climáticos. Cualquiera podríamos serlo.

 

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