El pequeño Leo

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El pequeño Leo tenía una inmensa curiosidad por todo lo que le rodeaba y todo lo anotaba en un diario que guardaba en un pequeño bolso de piel que llevaba a todas partes colgado de su hombro. Daba igual lo que estuviera haciendo o el lugar en el que se encontrara: todo le fascinaba, todo lo reflejaba en su diario y de todo aprendía algo; flores, árboles, animales, edificios, personas… 

TEXTO POR JULIÁN ROYUELA
ILUSTRADO POR ENERI MATEOS
PRINCIPIA KIDS
CUENTO
5 de Marzo de 2015

Tiempo medio de lectura (minutos)

Pero lo que Leo más admiraba y envidiaba eran, sin duda, las aves. Majestuosas y ligeras, se movían por los aires con una facilidad asombrosa que Leo deseaba y estudiaba. Le hubiera encantado ser una de ellas ¡Lo que hubiera dado por ser un pájaro!

Volar por los cielos, recorrer grandes distancias sin encontrar barreras y dejarse mecer por el viento; soñaba con verlo todo desde arriba y después poder dibujar desde las alturas, inmensos bosques, caudalosos ríos, magníficas fortificaciones o humildes casas de agricultores o granjeros.

 A menudo soñaba con ello incluso sin estar dormido. Su madre, Caterina, lo encontraba casi siempre sentado bajo un gran manzano, cercano a la pequeña casa familiar que compartía con otros once hermanos que apenas le prestaban atención más que para reírse de él y de ese extraño cuaderno que llevaba a todas partes. Un día, harto de que sus hermanos le robaran el cuaderno continuamente para leer sus notas y reírse de ellas, se le ocurrió una idea que puso en práctica. A la mañana siguiente tras el desayuno, sus hermanos le robaron de nuevo el diario y se escondieron en el granero para leerlo, lejos de la mirada de su madre.

 Leo les siguió en silencio y se escondió tras la rueda del carro que le tapaba completamente y a través de una de las rendijas de la rueda de madera veía la escena.

Sus hermanos, todos mayores, se peleaban por ver quién leía las “tonterías” que el pequeño escribía, pero cuando lo abrieron esta ocasión se quedaron pasmados y boquiabiertos. No entendían nada.

 Ver la cara de bobos que se les había quedado a sus hermanos fue más de lo que Leo pudo aguantar y comenzó a reír tanto que se cayó de espaldas y rodó por el suelo sin poder parar.

 A Leo se le había ocurrido escribir las letras, palabras y frases al revés y comenzando desde la derecha hacia la izquierda de tal forma que solo se podía leer lo escrito mirándolo en un espejo. No le costó mucho aprender a escribir de semejante manera, le salía de forma natural y con la práctica, sin apenas esfuerzo.

 Desde aquel día sus hermanos perdieron el interés en el diario de Leo y ya no se lo robaron nunca más pues no podían entender lo que estaba escrito y les daba mucha rabia. Leo nunca les contó el secreto de la lectura y desde entonces y para siempre, escribió de esa manera tan curiosa.

 Uno de esos días en los que se encontraba bajo el árbol absorto en sus ensoñaciones, mirando tan pronto el infinito como tomando notas y dibujando en su diario, una de las manzanas ya maduras cayó, rebotó contra una piedra haciendo un ruido sordo y se perdió entre la maleza que rodeaba el árbol. Leo tuvo tiempo de acompañar con su mirada toda la caída de la manzana que pasó ante él como a cámara lenta.

Y se puso a pensar porqué caían las cosas de esa manera pero el grito de su madre llamándole, interrumpió su ensoñación.

 Pero nunca se paró de nuevo a pensar en aquella manzana.

 Una bonita historia cuenta que, más de doscientos años después, un joven inglés llamado Isaac se encontró en la misma situación que Leo. Sentado bajo un manzano escribía en un cuaderno cuando una manzana cayó, pero Isaac sí le prestó atención a la manzana o más bien a su caída, la recogió y la miró fijamente como quien ve un objeto nuevo por primera vez y se le ocurrió un idea acerca de por qué los objetos, aunque se lancen hacia arriba, siempre acaban cayendo, como si una misteriosa fuerza nacida del suelo les atrajera como un imán. Isaac llamó a esa fuerza “gravedad”, y muy solemne, formuló toda una ley al respecto a la que muy pomposamente puso el nombre de Ley de la Gravitación Universal. ¡Pues no era nadie Isaac cuando se lo proponía! Esa historia también cuenta que junto con otros asombrosos descubrimientos e ingeniosas invenciones, Isaac Newton escribió varios libros que se harían muy famosos, sobre todo uno de ellos acerca de matemáticas y física, bastante gordo por cierto, del que ahora mismo no recuerdo su nombre.

 A Leo siempre le había interesado más todo aquello que remontaba el vuelo, caer no tenía mérito (cualquiera podía hacerlo), volar sí.

 Hacía unos días, había recibido muy buenas noticias. Su padre había llevado unos dibujos suyos a un conocido pintor de la localidad y este al verlos había quedado tan sorprendido por su calidad que había decidido admitir a Leo en su taller; aunque para ello tendría que esperar un tiempo, todavía era demasiado joven. Sin embargo, su deseo de aprender era tan grande que no veía el momento de entrar al servicio del maestro Andrea para conocer las técnicas de pintura.

 Un cálido día de primavera, a Leo lo echaron del colegio. Le ocurría de vez en cuando y aunque trataba de que no sucediera porque eso ponía triste a su madre, no siempre podía evitarlo y callarse sus ocurrencias.

 Luigi, el maestro de astronomía, geografía y aritmética, estaba explicando a los alumnos como la Tierra, el planeta en el que vivían, era el centro del universo y que todos los demás planetas y objetos celestes giraban en torno a ella. Pero Leo, al que le gustaba quedarse por las noches observando el cielo nocturno, le había planteado a su maestro la posibilidad de que fuera el Sol el que estuviera quieto y de que la Tierra y el resto de planetas fueran los que se movían en torno a él y por eso transcurrían el día y la noche y las estaciones de año, porque era la Tierra la que giraba, no el Sol. Pero no tenía pruebas de lo que decía, tan solo una corazonada apoyada en su continua observación. Leo estaba convencido de que muchas de esas estrellas de allí arriba eran como el Sol pero estaban tan lejos tan lejos que se veían como pequeños puntitos colgados del cielo nocturno.

 El maestro Luigi enfureció tanto al oírlo que se le puso la cara roja y gritó a Leo. 

 Leo, que no sabía cómo explicarlo y no quería enfurecer más a su maestro, se encogió de hombros y salió de la clase entre las risitas de sus compañeros y se encaminó a casa de su abuela Lucía, la única que comprendía su pasión por las artes y las ciencias.

Lucía era ceramista. Hacia preciosos objetos con barro cocido. Compartían secretos y confidencias entre ambos hasta el punto de que nadie sabía que, por ejemplo, muchos objetos de su tienda estaban fabricados o decorados en realidad por Leo ya que su abuela había visto en él un don para cualquier empresa que el pequeño Leo se propusiera.

Cuando sea mayor, le dijo a su abuela, “estudiaré detenidamente el vuelo de las aves para poder crear máquinas voladoras que me eleven hasta el cielo, también estudiaré a los peces para fabricar trajes y artefactos que viajen por debajo del agua, estudiaré el cuerpo humano para conocer su funcionamiento, diseñaré edificios, esculpiré figuras y pintaré por todas partes”.

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