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04 Septiembre

Max Delbrück, la transición de la física a la biología que amaría Darwin

Por Quique Royuela

Max Delbrück nació y creció en un suburbio Berlín el 4 de septiembre de 1906. Este hijo de un profesor de Historia y bisnieto del químico Justus von Liebig no tuvo una infancia nada fácil, como la mayoría de su época, por el estallido de la Primera Guerra Mundial, y no sería la única guerra que le tocaría sufrir. El frío, el hambre, y la pobreza marcaron el inicio de su vida.

Encontró en la astronomía un camino que seguir y en el físico químico Karl Friederich un gran amigo y una figura a la que imitar, por lo que decidió cambiar sus estudios de astrofísica hacia la disciplina de su gran amigo.

Delbück fue un investigador de amplias miras, quizás porque no solo tuvo la influencia de Friederich sino también del profesor de filosofía Werner Brock, lo que posiblemente le incitó a aplicar sus conocimientos en los trabajos multidisciplinares, ya como doctor, que llevaría a cabo en Estados Unidos tras pasar por Inglaterra, Suiza y Dinamarca

Sin duda, estas estancias por Europa antes de recalar en Caltech resultaron fundamentales para sus futuras investigaciones, ya que aquí tuvo contacto con los genios Wolfgang Pauli y Niels Bohr. De hecho, fueron los trabajos de mecánica cuántica del físico danés los que despertaron el interés de Delbrück por la biología, al comprender el vínculo existente entre ambas disciplinas, algo que algunos —todavía, a estas altura de la película— son incapaces, ni si quiera, de imaginar. Y es que la amplitud de miras no está al alcance de cualquiera. 

En 1932 se trasladó a Berlín como asistente de otra de las mentes brillantes de la Historia de la ciencia: Lise Meitner; la descubridora de la fisión nuclear y otro de los claros ejemplos del ninguneo de los Premios Nobel a las mujeres. Mérito que, por otro lado, sí se le reconoció al otorgársele el Premio Enrico Fermí en 1966.

Delbrück creyó que había llegado el momento de implementar los conocimientos de la física química a la biología, pero el auge del nazismo trastocó todos los planes de los científicos de aquella época que no tenían más objetivos que el avance de la ciencia. Por ello, un grupo de científicos (entre los que encontraban el biólogo ruso Timofeeff Ressovsky y el propio Delbück) consideró oportuno reunirse en secreto para llevar a acabo varios estudios y esto llevó a la publicación de diversos trabajos, ya encaminados a la mutagénesis y la biología evolutiva, que tuvieron un gran impacto en el desarrollo de la biología molecular.

A pesar de que la posición de Delbück en Berlín era segura, para no comprometer sus avances científicos se marchó a estados Unidos en 1937, gracias a una beca de la Fundación Rockefeller, un año antes de que Lise Meitner huyese a Estocolmo por la ley antisemita que le impidió mantener su puesto, y por el peligro que corrían los judíos al permanecer en Alemania.

Lise Meitner en el juego «Ciencia a pares»
Lise Meitner en el juego «Ciencia a pares»

La beca de la Fundación Rockefeller le permitió trabajar en Caltech en el campo de la investigación en biología molecular con la mosca Drosophila melanogaster. Durante esta etapa se asoció al bioquímico Emory Ellis con el que publicó el trabajo The Growth of Bacteriophage.

En 1939 se terminó su beca y la Segunda Guerra Mundial había comenzado, por lo que decidió permanecer en Estados Unidos para seguir avanzando en sus investigaciones. Para ello aceptó un trabajo en la Universidad de Vanderbilt de Nashville (Tennessee) donde conoció a un investigador italiano de la Universidad de Indiana que hacía estancias en Nashville. Este científico era Salvador Luria, uno de los padres de la virología, y el investigador con el que pudo continuar sus trabajos de biología evolutiva con bacteriófagos, mutagénesis y resistencias.

Max Delbrück (izquierda) y Salvador Luria (derecha).
Max Delbrück (izquierda) y Salvador Luria (derecha)

Delbrück y Luria formaron una de las parejas, científicamente hablando, más interesantes del campo de la biología evolutiva. El conocido como experimento Luria-Delbruck es la aportación molecular más elegante y convincente a la teoría de la evolución a través de la selección natural de Charles Darwin. En este experimento demostraron que las mutaciones que permitían a la bacteria Escherichia coli resistir la infección por el virus bacteriófago T1 existían de manera previa a la exposición de la bacteria a este agente infeccioso y que, por tanto, dichas mutaciones no eran inducidas por la presencia de este sino que se generaban de manera aleatoria. Pero no solo eso, sino que también pudieron demostrar que dichas mutaciones, y los beneficios que conllevan, se traspasaban a las siguientes generaciones, permitiendo la evolución de la especie. 

De esta manera, en 1969 Delbrück, Luria y Alfred Day Hershey recibieron el Premio Nobel de Fisiología o Medicina.

Barbara McClintock con Alfred Hershey
Barbara McClintock con Alfred Hershey

En su última etapa como investigador, Delbrück abandonó el estudio con bacteriófagos y se dedicó al estudio de la naturaleza molecular y la base genética de las respuestas sensoriales y de los órganos de los sentidos, para lo que eligió como modelo de trabajo el hongo Phycomyces, un organismo con una respuesta a estímulos externos muy marcada, principalmente al fototropismo.

Max Delbrück no dudó en apostar por la multidisciplinariedad de los conocimientos científicos para alcanzar el éxito, algo que, sin duda, muchos le agradeceremos eternamente.