Un dinosaurio en Berlín I

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Un gigante de más de trece metros se pasea pesadamente por el centro de Berlín. Su nombre es Oskar y tiene más de 150 millones de años. Sus huesos forman el mayor esqueleto de dinosaurio montado del mundo y aunque nació en Tanzania su hogar está desde hace un siglo en el Museo de Ciencias Naturales de la capital alemana.

TEXTO POR LAURA DEL RÍO LEOPOLDO
ILUSTRADO POR MEIBEL ROUS
ARTÍCULOS | TURISMO CIENTÍFICO
28 de Noviembre de 2016

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Los restos de este Brachiosaurus brancai fueron encontrados junto a otras 230 toneladas de huesos por una expedición organizada por el propio museo entre 1909 y 1913 en el país africano. Casi tan antiguo como él es el Archaeopteryx lithographica con el que comparte sala, uno de los fósiles más conocidos del planeta. Como sacado de un cómic de mutantes, el Archaeopteryx se describe a menudo como una mezcla de reptil y de pájaro, con dientes pero también con plumas, un ejemplo clásico de fósil transicional.

Oskar sale de su sala y da un respingo. En el espacio contiguo acechan unas rocas oscuras. Son restos de meteoritos y parecen inofensivos dentro de sus vitrinas. Pero a Oskar le han contado que, posiblemente, fue uno de esos el que acabó con su especie al caer sobre la Tierra y no puede evitar que un escalofrío recorra su larga columna. Sigue caminando y descubre la composición del planeta y del resto de los cuerpos que le rodean en el sistema solar. En una gran pantalla circular se proyecta una película que recorre los 13 700 millones de años del universo mientras baja acercándose hacia los visitantes.

Al cruzar a otra de las estancias del museo se queda pasmado. Enfrente se despliega una gran vitrina de cristal, casi tan larga como él, con más de 3000 ejemplares de animales disecados. Allí hay especies que nunca ha visto, peces de todo tipo, pájaros multicolor... claro que no hay ninguno como él, que para eso tiene su propia sala. A continuación, leyendo los paneles informativos es capaz de entender cómo han evolucionado los seres vivos y la conexión que existe entre ellos.

Oskar quiere salir a la calle pero para eso tiene que atravesar un lugar inquietante. Es un mundo frío y de color ámbar, casi surrealista, en el que su vista se pierde entre patas, colas y cabezas encerradas en tarros de cristal. Se trata del ala de las colecciones húmedas, una sala con un gran cubículo de paredes transparentes donde se conservan miles de ejemplares de animales en recipientes llenos de agua y alcohol.

Ya fuera del museo, el dinosaurio se dirige hacia una calle muy cercana, la Bernauer Strasse. Allí se topa con una fea pared de hormigón gris, un vestigio del muro que durante casi 30 años dividió la ciudad y a muchas familias. Oskar asoma su largo cuello por encima de esa mole y piensa que podría haber ayudado a quienes intentaban escapar del lado comunista buscando libertad o reunirse con sus seres queridos. Claro que en aquella época el muro estaba vigilado por soldados que tenían orden de disparar contra todo el que tratase de huir, como ha podido aprender en el Centro de Documentación del Muro que se encuentra allí mismo. Así que es posible que también la hubiesen tomado contra él, por muy alto y fuerte que sea... Ojalá ese oscuro episodio hubiese servido por lo menos para que algo así no se repitiese, reflexiona Oskar. Pero le han contado que se siguen construyendo vallas y muros para evitar el paso de inmigrantes, refugiados o pueblos indeseados.

Un poco abatido, continúa avanzando y llega hasta la Oranienburger Strasse, todavía en el barrio de Mitte. En el número 67 de esa calle vivió un hombre al que le habría gustado conocer. Es Alexander von Humboldt, un importantísimo naturalista alemán al que por desgracia casi se ha olvidado fuera de su país y de América latina. Nació en Berlín en 1769 y era un apasionado de la ciencia. En cuanto pudo disponer de su herencia se lanzó a viajar e investigar por Latinoamérica. Allí recorrió lo que ahora son Venezuela, Ecuador, Colombia, Perú, México, Cuba... y fue el primero en comprender que la naturaleza está interconectada y que la acción del hombre puede perjudicarla. Fue el científico más famoso de su época y sus escritos inspiraron a personalidades como Darwin, el escritor alemán Goethe o el revolucionario venezolano Simón Bolívar. 

Lentamente, Oskar atraviesa la espectacular Isla de los Museos, que se extiende junto al río Spree. Allí se encuentran los secretos del antiguo Egipto y la misteriosa Nefertiti en el Neues Museum, impresionantes muestras de arte helénico y babilonio en el Museo de Pérgamo o de la cultura bizantina en el Bodemuseum, que surge del Spree como si fuera la proa de un barco.

Su camino desemboca en la imponente Catedral de Berlín, con sus cubiertas verdes, y a su derecha, al fondo, se levanta la Torre de la Televisión en plena Alexanderplatz. No es que esa torre sea especialmente hermosa, pero Oskar no puede dejar mirarla, rematada por esa enorme bola y una larga antena. Es como si ejerciera una extraña atracción sobre él que se despierta cada vez que la descubre entre los edificios o los árboles de los puntos más dispares de la ciudad.

Cae la tarde en el corazón histórico de Berlín. El cielo se tiñe de rosa mientras Oskar descansa junto al río. Ha sido un gran día y siente que muy pronto volverá a pisar las aceras de esa gran ciudad.

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