Petite Curie

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El olor a pólvora mezclado con la sensación de humedad provocada por la niebla ensombrecía aún más el desolador paisaje del río Marne durante aquella mañana gris del mes de septiembre de 1914. Las tropas alemanas habían decidido realizar un movimiento envolvente por el oeste contra las fuerzas aliadas que, tras numerosas derrotas, habían sido obligadas a retirarse hacia París. Sin embargo, las tropas del Segundo Reich alemán no contaban con el contrataque del ejército francés que, junto al cuerpo de expedición británico, sorprendieron a los germanos en una sanguinolenta batalla que causó cerca de medio millón de heridos y de muertes.

TEXTO POR MANUEL SOUTO
ILUSTRADO POR CHOKE
ARTÍCULOS | MUJERES DE CIENCIA
16 de Enero de 2017

Mientras, en París, los ojos color ceniza de Marie Curie se consternan al contemplar los horrores de la guerra. Tras custodiar temporalmente las existencias de radio de su laboratorio en Burdeos, la profesora de origen polaco decide colaborar de algún modo con su país de adopción. No conforme con intentar vender las medallas de oro y de comprar bonos de guerra con el dinero de sus dos premios Nobel, toma la determinación de ayudar a los cirujanos y médicos en el campo de batalla. Consciente de la utilidad de los rayos X para revelar las lesiones internas de los heridos y de la carencia de servicios radiológicos en los hospitales, logra crear nuevas estaciones de radiología por todo París con la colaboración de voluntarios formados por ella misma. Sin embargo, la cabeza de Marie Curie no consigue descansar, pues sabe que todo aquello no es suficiente para satisfacer las necesidades en los alrededores de París. Tras pasarse la mano por su oscuro pelo dorado, le sobrevuela una idea que no le resulta del todo descabellada.

Tiempo después, Marie Curie circula en una camioneta Renault gris pintada con una Cruz Roja y equipada con un equipo radiológico rumbo a Amiens en medio del ruido de fondo de los cañonazos. Una vez en el hospital, la dinamo conectada al motor genera la electricidad que necesita el aparato radiológico por el que circularán numerosos hombres ensangrentados y embarrados. Antes de comenzar a examinar a los heridos, Marie Curie se ajusta los guantes y las gafas de protección. El cirujano se encierra con ella en la oscura habitación donde uno de los cuerpos heridos es colocado en una mesa de radiología. Entre la silueta de los huesos y órganos se distingue una mancha opaca que identifican como un trozo de metralla. El cirujano procede a operar ante la atenta mirada de Marie.

Durante los cuatro años que duró la Primera Guerra Mundial, Maria Skłodowska-Curie, con la ayuda de su joven hija Irène, dirigió la instalación de veinte vehículos radiológicos, doscientas unidades radiológicas en hospitales y formó a ciento cincuenta técnicos para tratar a más de un millón de heridos en sus unidades de rayos X. Quizá se trate de una de las facetas no tan conocidas pero igualmente admirables de una científica excepcional.

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Relato inspirado en el artículo ¿Mereció Marie Curie un tercer Nobel? de Fernando Gomollón-Bel.

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