El Vaticano, Apolo y Apolonio

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Hay pocas cosas tan difíciles de explicar como el momento en el que te encuentras delante de algo que has querido ver desde que tienes la autonomía intelectual que te permite elegir entre lo que te gusta y lo que no. Stendhalazo, dicen unos. Paroxismo, lo llaman otros. En ese sentido, he de reconocer que los últimos años han sido abrumadores para mí. Disfrutar de cosas que crees conocer bien porque las has visto durante toda tu vida pero cuando llega la hora de la verdad te formatean todos los sentidos menos la vista. He vivido esa sensación de éxtasis contenido cuando después de décadas me he encontrado delante de alguna de ellas; y todavía me quedan bastantes, créanme.

TEXTO POR LEONARDO D'ANCHIANO
ILUSTRADO POR ANDY AMANECE
TURISMO CIENTÍFICO
ARTE | ROMA
13 de Febrero de 2017

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Como decía, de un tiempo a esta parte vengo experimentando algunos momentos de colapso sensorial. Lo mejor, que sigo vivo. Lo peor, el poco tiempo que te permiten en algunos lugares para asimilar que estás ante algo que llevas esperando ver desde hace mucho tiempo. Demasiado, quizás. Iconos que trascienden lo material. La piedra Rosseta (Londres), el Partenón y las Cariátides (Atenas), el David (Florencia), la piedra de la Sibila (Delfos), el autorretrato de Leonardo (Turín), «la habitación del trono» (Creta) o la Torre de Pisa, por citar algunos. Durante 2016 me ha tocado enfrentarme a una de las obras más conocidas de la historia: la Capilla Sixtina. De ella se ha oído de todo. Bueno y malo. Realidad y ficción. Ese es el precio que pagan las grandes creaciones por el mero hecho de serlas. Es más, en este caso, una creación que representa, entre otras muchas cosas, la propia creación según lo escrito en la Biblia. Por suerte, la gran cantidad de profesionales de historia y arqueología que hay en el mundo desgranan cada manuscrito, indicio o pieza encontrada, cruzando referencias para no dejar lugar a dudas sobre cosas que al resto de mortales nos pasan desapercibidas. A mí me tocó Vincenzo. Un romano de ojos claros y mediana edad que se fue a estudiar un par de años a Santander, donde mejoró su castellano mientras se enamoraba de una gaditana que le ha pegado cierto deje andaluz. O viceversa, solo él lo sabe. 

Detalle Cristo del Juicio Final. Capilla Sixtina. Créditos.

Vincenzo nos guió durante cerca de tres horas en una visita que comprende una explicación sobre la arquitectura de la cúpula de San Pedro, un paseo por delante de auténticas obras referentes de la escultura clásica, gigantes tapices y murales de distintas regiones para saber cómo era la Italia del Rinascimento, hasta llegar a la Capilla Sixtina y salir de ella para terminar en el interior de la apabullante basílica de San Pedro. Dentro de esos límites, cada uno establecemos nuestras preferencias. Pintura. Escultura. Amplitud. Emoción.

Nada que objetar. Disfruten lo que quieran, pero disfruten, que para eso han venido.

En el caso de la Capilla Sixtina, y por exigencias de los japoneses, han de explicarnos toda esa deconstrucción de la obra por parte de los historiadores y arqueólogos, el detalle propiamente dicho, en el Cortile della Pigna. Un patio interior rectangular del Vaticano en el que los guías nos recuerdan sutilmente que nos lo explican ahí porque en el interior de la capilla, al considerarse lugar de culto, está prohibido hablar —en la medida de lo posible—. Grupos de turistas como el tuyo se arremolinan, se han arremolinado y se arremolinarán en los aledaños de tres carteles donde aparecen por separado el techo de la capilla con escenas del Génesis, el Juicio Final y la agrupación de las obras que decoran las paredes con pasajes bíblicos de la vida de Moisés y de Jesús (por supuesto, encargos del Papa de turno a los mejores de la época: Boticcelli, Perugino, Ghirlandaio, Rosselli…). Entre dientes, Vincenzo también nos dice que, debido al copyright que obtuvieron los japoneses que restauraron los frescos, está prohibidísimo sacar fotos. «Si te pillan, te echan» (por alguna extraña razón, siempre que comentan esto hay alguien, da igual la nacionalidad, que lo intenta. No seáis de esos, por favor…). Nos cuenta muchísimas curiosidades y anécdotas sobre cada uno de los carteles, haciendo hincapié varias veces en que Miguel Ángel no era pintor. Hacía ya media hora que mi enfoque de lo que quería ver allí dentro había cambiado, porque la primera vez que lo dijo fue apenas cinco minutos después de haber pasado mi culo bajo el detector de metales de la entrada. El ideal de la archifamosa imagen de Dios tocando a Adán casi se había volatilizado de mi cabeza, porque como por arte de magia, algo había distraído mi atención. Acabábamos de entrar y ya estaba aprendiendo. «Empieza bien la cosa», pensé. Nos lo había dicho mientras estábamos parados ante una réplica en yeso del Torso del Belvedere. Miguel Ángel no era pintor. Era escultor… y por eso se enamoró de la expresión de ese torso sin brazos, piernas, ni cabeza. Bueno, de ese no, del original que está dentro del museo. Tanto fue así que, ante el reto de representar a Cristo en el mural del Juicio Final, el genio de Caprese decidió usarlo como modelo en lugar de modelos de carne y hueso. 

La escultura datada en el siglo I a. C., fue descubierta en el Campo de’Fiori y expuesta por primera vez en el Cortile del Belvedere y se cree que representa al dios Ayax Telamonio meditando su suicidio. Fue hecha —y firmada— por Apolonio de Atenas, probablemente a partir de una obra de bronce datada en el siglo II-III a. C. Un mármol blanco glorioso, cuyas piernas presentan trazas difusas, como si el artista hubiera querido dejarlas en un segundo plano. Nada que ver con la rudeza plástica que te abofetea cuando la miras de cintura para arriba, donde la contractura abdominal parece hacerla retorcerse, y la musculatura dorsal presenta la tensión justa para complementar al anverso. Te atrapa. Durante los escasos tres o cuatro minutos que estuve a su alrededor, bloqueé mis sentidos para centrar mi cerebro en mirar y viajar en el tiempo hasta ponerme en la piel de, en este caso, Miguel Ángel. Con el tiempo he adquirido la capacidad de abstraerme al 99% de lo que me rodea cuando me encuentro en situaciones como esa. Es para mear y no echar gota: ¡el mismísimo Miguel Ángel estuvo alguna vez plantado a la misma distancia de ella que la que yo estaba ahora! De hecho, el otro 1% lo utilizo a partes iguales para controlar mi esfínter y para ver de reojo si se aleja el pañuelo que el guía lleva atado en el extremo de su stick plegable.

Minutos antes de llegar a ese punto, la voz rasgada de Vincenzo había aprovechado para añadir que, por culpa del desmembramiento del torso, Buonarroti se vio en la necesidad de buscar un rostro para el Cristo… aunque no tuvo que ir demasiado lejos, ya que veníamos del Patio Octogonal, donde cada lado al que miras desprende un aura que te congela. Es como si pasaras las páginas de cualquier libro de texto de historia: Perseo con la cabeza de Medusa y Laocoonte y sus hijos, entre otras piezas. Allí se encuentra también la estatua del Apolo del Belvedere (una copia romana de la estatua del griego Leócares, siglo IV a. C.). Resulta asombrosa la facilidad de los escultores clásicos y/o renacentistas para trabajar moles tan grandes como Pau Gasol y dotarlas de un movimiento invisible, pero tangible, como el de la túnica sobre su brazo izquierdo. Apolo avanza decidido hacia la serpiente Pitón, fijando su objetivo con la mirada mientras coge sin mirar una flecha del carcaj que ya ha posado en el suelo. El Renacimiento había llegado para rememorar los ideales de belleza de griegos y romanos, y esa obra del hijo de Zeus y Leto era una estampa incompleta al igual que la de Apolonio, a la que casi con total seguridad le falte el arco en la mano izquierda y una flecha en la derecha, pero que conserva la cabeza con una mirada altiva que, a pesar de lo incompleto de la estatua, Miguel Ángel decidió fusionar con la magnética geometría del torso mutilado.

Perseo
Laocoonte
Apollo. Créditos
Crédito: Livioandronico2013

Si algo bueno tiene noviembre en Roma es que apenas hay turistas. Al contrario que en primavera o verano, cuando hasta 35 000 personas pasan al día por donde nosotros estábamos pasando aquel miércoles. Por eso, una vez que cruzamos la puerta en la Capilla Sixtina, el tiempo se detuvo. Otra vez. En temporada baja, los guardianes no te apremian a salir, sino que te avisan del pequeño escalón que hay a dos metros de la puerta porque tú ya estás boquiabierto mirando hacia el techo. Nos esperaban quince minutos para cristalizar en la retina cada detalle que Vincenzo nos había comentado antes de entrar. El error de bulto que cometió el artista con los hombres que fueron pintados los primeros en el techo —demasiado pequeños vistos desde el suelo—, las magistrales perspectivas de los murales laterales, la ausencia de la misma en el Juicio Final —porque el autor no controlaba la técnica—, imaginar el andamiaje de madera desmontable para que pudieran oficiarse misas, o el detallado rostro del guardián del infierno, ¡ah! y Dios y Adán, o la inusitada musculatura de las féminas —otra influencia del arte de la escultura—… Así como los detalles de las pinturas retocadas por Papas posteriores para no mostrar genitales en la obra.

La creación de Adán. Créditos

Antes de terminar, os comento el itinerario que seguimos, para que vosotros mismos busquéis información sobre lo que gustéis (o me preguntéis cualquier duda sobre cómo llegar a ellas).

Día 1

—Mañana: San Pietro in Vincoli y su Moisés, Santa Maria Maggiore y un agradable paseo por los exteriores de Coliseo y Foro.
—Tarde: Basílica de San Pablo, Monumento a Garibaldi y Faro del Gianicolo (vistas espectaculares de Roma).

Día 2

—Mañana: Fontana de Trevi, Panteón, Columna de Trajano, Plaza Navona, San Luigi dei francesi, Plaza España, Plaza del Pueblo y Castel Sant´Angelo.
—Tarde: visita guiada al Vaticano (Museos vaticanos + Capilla Sixtina + Basílica de San Pedro).

Día 3

—Mañana: visita guiada Coliseo + Foro + Palatino.
—Tarde: Catacumbas de San Calixto, Circo Massimo y Orti di Cesare.

Por supuesto, por las noches es obligada una visita al Trastevere y cenar si se presta (recomendación personal y de TripAdvisor): las porciones del I suppli, comida para llevar).

Realmente, en Italia casi todo merece la pena. La historia envuelve Roma como lo hace en pocos lugares, porque el formidable legado del Imperio Romano y el Renacimiento prevalece. Sí, de manera distinta a lo que fue, pero al menos sigue en pie. Disfrutemos de esa barbaridad artística dentro y fuera de los edificios. Yo, de todo lo aprendido en este viaje, me quedo con el Cristo magistralmente concebido por Miguel Ángel en la unión del más bello torso incompleto y el ideal de belleza de la época. De Apolonio y Apolo. Si vais a la Ciudad Eterna, recordad que siempre hay que dejar algo sin ver para volver, y que debes ser consciente de que lo que tú aprecias en diez o quince minutos a Miguel Ángel le costó años de vida encerrado solo en esa capilla (por voluntad propia) hasta conseguir el resultado que tienes ante tus ojos, a pesar de que hiciera el techo y el frente en diferentes épocas de su vida; aprendiendo de los errores sobre la marcha, porque como ya dijo Vincenzo: «Miguel Ángel no era pintor». Por todo eso, no perdáis la oportunidad de visitar el Vaticano y hacedme el favor de darle recuerdos al Torso del Belvedere, porque yo también me enamoré.

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