Un virus de Rota me visita

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Aquella mañana mi tripa rugía y de repente, desde la boca del estómago, se propagó una onda que sacó de mi pequeño cuerpo toda la cena. Eran las dos de la mañana y mis padres ya se anteponían a la situación.

TEXTO POR JULIA ÁVILA
ILUSTRADO POR MÓNICA GRUSZCZANSKI
PRINCIPIA KIDS
INMUNOLOGÍA | VACUNAS | VIRUS
2 de Noviembre de 2017

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Acaba de empezar el colegio y tenía unas ganas locas de asistir, pero… un virus de Rota —según dijo mamá—, se había alojado en mi cuerpo, movía mis tripas como cuando subes en una montaña rusa y mi boca se abría expulsando todo lo que llegaba a ella con más fuerza que el agua que sale de la Fontana de Trevi.

Sí, estaba enferma. Pero no os asustéis, tenía un poco de fiebre, molestias en el abdomen y unas ganas locas por ir al baño.

Tampoco entendía mucho, pero me tranquilizaba ver a mis padres calmados. Me cambiaban de ropa cuando era necesario y me hicieron una bebida color naranja que llamaron suero. Sí, creo que eso dijo papá: «suero para que no deje de ser tan salada». Supongo que se refería a que en el fondo soy bastante divertida y no querían que este virus de Rota me cambiase el carácter.

Pero lo cierto es que no me enteré muy bien de lo que pasaba, solo quería descansar y, por qué no decirlo, que me mimaran un poquito más de lo normal.

Tres días después de aquello decidí iniciar una investigación sobre lo que me había pasado y comencé buscando información de ese virus de Rota, que realmente se llamaba rotavirus porque tiene forma de rueda. Descubrí que es un virus que causa bastantes enfermedades en niños de mi edad (tengo cinco años) y en otros un poco mayores. También leí que la mejor manera de detenerlo es con una vacuna pero que una vez que lo pillas lo mejor es hidratarse. ¡Imaginad lo peligroso que es en aquellos países donde no tienen ni vacunas ni agua potable!

Un virus es algo raro de definir. Y más teniendo en cuenta que ahora mismo no está claro si es un ser vivo o no. ¡Menudo follón! Leí que son parásitos por obligación, es decir que viven a costa de otros, nuestras células a las que destruyen, porque es su única manera de sobrevivir.

Ahora que conocía a mi enemigo quería saber cómo había llegado hasta mí y por qué me había hecho aquello. El rotavirus pudo llegar por el aire o por contacto con algún compañero del cole que estuviese infectado. El caso es que llegó hasta mi intestino, ese tubo largo donde se forma la caca. Allí se activaría al perder su cubierta protectora y comenzaría a replicarse y a crear nuevos virus, como si de una peli de dibujos se tratase.

Mamá interrumpió mi investigación para explicarme que por suerte yo estaba vacunada y por eso el daño del virus fue menor. Aquí me surgió la duda de en qué consiste una vacuna. Mamá me explicó que en España vacunarse del rotavirus es voluntario, principalmente porque si enfermas normalmente no tenemos problemas para hidratarnos, que es el tratamiento efectivo. Esto hace que en muchas ocasiones vacunarse contra el rotavirus dependa de la economía de la familia. Una vacuna voluntaria con la que yo tengo la suerte de contar y me da mucha pena que no todos los niños del mundo puedan tenerla.

La vacuna se trata de un jarabe que contiene el virus pero con menor fuerza que el real. Es como un virus inventado. Así pues, cuando me la dieron, con apenas dos y cuatro meses de vida, mi sistema inmune, ese que lucha contra las enfermedades, combatió esos virus que estaban débiles y no eran capaces de desencadenar la enfermedad, pero lo más importante es que crearon un ejército con memoria para combatir ese virus cuando volviera a aparecer. Por eso, aunque estos tres días lo he pasado regular no ha sido muy grave.

Cuando volví a infectarme, esta vez con el virus de verdad, no con el inventado, se activaron mecanismos de lucha generales. En primer lugar se produjo una subida de la temperatura corporal: la famosa fiebre, que por encima de 37ºC dificulta que los virus sobrevivan. Por eso el médico dijo que solo me dieran medicación si la temperatura subía mucho. Por otro lado, gracias a aquella vacuna que bebí hace años mi cuerpo ya conocía al virus y sabía cómo librar la batalla para derrotarlo. Y así lo hizo.

He estado convaleciente tumbada en el sofá con los mimos de mis papis, he aprendido cómo funciona un virus y lo importante que son las vacunas. También he aprendido cómo evitar la transmisión masiva del virus, que es con una buena higiene (por eso mama me hacía lavarme las manos constantemente y no me dejó asistir al aula hasta que el virus parecía haberse marchado del todo). Los primeros días solo me daban suero, que no era porque yo fuera divertida, sino para que no perdiera las sales del cuerpo y lograr así que no me deshidratase, y luego empecé a comer normal, evitando cosas muy grasientas, qué tampoco me apetecían, la verdad. Papá se reía y se acordaba de que a él siempre le mandaban comer solo arroz y pescado hervido, pero hoy la ciencia ya ha demostrado que se puede tener una dieta un poco más variada.

Pero de estos días enferma lo que me ha quedado claro es que, sea cual sea la enfermedad, no es justo que mi salud dependa de que mis padres puedan pagar una vacuna. Por eso me gustaría pedir a quien lo tenga en sus manos que luche porque nos inmunicen a todos. Imagina que estas vomitando cada media hora y haciendo caca cada diez minutos. Ahora piensa en aquellos niños que no tienen ni vacunas ni agua y que no hubiesen sobrevivido a un simple rotavirus.

Y solo me queda una duda: si el virus es de Rota, ¿le gustará el pescaíto frito de Cádiz?

 

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