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17 Febrero

Gas lacrimógeno y spray de pimienta: la química que arde en los ojos

Por Quique Royuela

Desafortunadamente, hemos podido ver recientemente, durante el gobierno de Donald Trump, como el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos —más conocido como ICE; la Gestapo de Trump—, ha utilizado gas lacrimógeno y spray de pimienta en redadas contra personas racializadas que han generado una fuerte controversia internacional. Las imágenes de familias expuestas a nubes irritantes no son solo un episodio político: son también un experimento involuntario sobre cuerpos humanos. Más allá del discurso oficial que los define como «medios no letales de control», la pregunta científica es directa: ¿qué hacen exactamente estas sustancias en nuestros ojos, pulmones y sistema nervioso?

Qué es realmente el gas lacrimógeno

El llamado gas lacrimógeno no es, en sentido estricto, un gas. Suele tratarse de compuestos químicos sólidos que se dispersan en forma de aerosol. El más común es el CS, un irritante desarrollado en el siglo XX que actúa sobre terminaciones nerviosas sensibles al dolor.

Cuando estas partículas entran en contacto con las mucosas —ojos, nariz, boca— activan receptores específicos del sistema nervioso. Esos receptores, como el TRPA1, están diseñados para detectar sustancias potencialmente dañinas. El resultado es inmediato: lagrimeo intenso, sensación de quemazón, tos, dificultad para respirar.

Desde el punto de vista fisiológico, el cuerpo interpreta la presencia del irritante como una amenaza química y responde intentando expulsarlo.

El spray de pimienta y la capsaicina concentrada

El spray de pimienta funciona de forma similar, aunque su principio activo es diferente. Contiene capsaicina, el compuesto que da el picante a los chiles. En altas concentraciones, la capsaicina activa el receptor TRPV1, el mismo que responde al calor extremo.

Por eso la sensación no es solo irritación, sino auténtico ardor. El cerebro interpreta la señal como si hubiera una quemadura térmica, aunque no exista una lesión visible inmediata.

En condiciones normales, los efectos desaparecen en cuestión de minutos u horas. Pero la duración y la intensidad pueden variar según la concentración, el tiempo de exposición, la ventilación del entorno y la vulnerabilidad individual.

Lo que dicen los estudios médicos

Investigaciones revisadas recientemente por Science News y publicadas en revistas médicas especializadas muestran que, aunque la mayoría de exposiciones no generan daños permanentes, existen casos documentados de complicaciones respiratorias, lesiones oculares graves e incluso hospitalizaciones.

Personas con asma, enfermedades pulmonares previas o condiciones cardiovasculares pueden experimentar respuestas más severas. En espacios cerrados, la concentración acumulada aumenta el riesgo.

Los estudios también han señalado que la repetición de exposiciones podría tener efectos acumulativos aún poco estudiados. La categoría «no letal» no implica necesariamente «inocuo».

Entre la química y la política

El debate sobre el uso de gas lacrimógeno y spray de pimienta suele situarse en el terreno político. Sin embargo, antes de cualquier valoración normativa, hay un hecho científico incontestable: son sustancias diseñadas para producir dolor e incapacidad temporal mediante mecanismos biológicos específicos.

La Organización Mundial de la Salud y distintos organismos médicos han advertido sobre la necesidad de protocolos estrictos en su empleo, precisamente porque su efecto no es uniforme ni totalmente predecible.

La historia de la ciencia está llena de ejemplos en los que la comprensión química precede a la regulación social. Ocurrió con los pesticidas, con el plomo en la gasolina o con ciertos fármacos. La pregunta no es solo qué hacen estas sustancias, sino cómo decidimos utilizarlas.

El cuerpo como sensor químico

El estudio de estos irritantes revela algo más profundo sobre la biología humana. Nuestro organismo está equipado con sensores moleculares extraordinariamente sofisticados. Los mismos receptores que nos protegen del humo o del fuego pueden ser activados deliberadamente por compuestos diseñados para provocar malestar.

Entender esos mecanismos no implica justificar su uso, pero sí desmonta la idea de que se trate de herramientas neutras. La química siempre interactúa con la fisiología de forma concreta, medible y, en algunos casos, imprevisible.

Una cuestión de conocimiento

Hablar de gas lacrimógeno y spray de pimienta desde la ciencia no es trivializar su impacto. Es, precisamente, lo contrario: reconocer que detrás del ardor en los ojos hay receptores iónicos, vías nerviosas, cascadas inflamatorias y respuestas sistémicas.

La etiqueta «no letal» puede ser jurídicamente útil, pero científicamente insuficiente. La biología no clasifica en categorías políticas. Responde a moléculas.

Y esas moléculas, cuando se dispersan en el aire, activan mucho más que lágrimas.